Detrás de un sueño 7. La verdad #2
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7. La verdad #2

—Gracias por contarme —digo al fin—. En serio lo aprecio. Y lo de tu mamá… me da muchísima pena. Pero no puedes cargarlo como si hubiera sido culpa tuya, Joseán. Está enferma. Eso no se controla con ganas ni con estar más atento.

—Mmm… puede ser —responde con inseguridad.

Su cara muestra una angustia que no intenta esconder. Se queda pensativo un instante y yo no digo nada, porque entiendo que si necesita tiempo para decidir continuar hablando.

—Mi punto es que soy un wey muy cerrado —continua—. No tengo muchos amigos. De hecho, son dos: uno vive en Estados Unidos, se llama Mateo, a ese wey lo extraño un chingo y, el otro anda en friega todo el tiempo trabajando, casi ni lo veo. El caso es que contigo… no sé. Es algo raro. Como una conexión. En fin, ya ni sé qué chingados estoy diciendo.

Se pasa la mano por el cabello, frustrado, y luego cierra el puño, jalándolo un poco hasta quedar más despeinado de lo normal.

El reflejo del sol le ilumina la cara y yo me derrito por dentro al verlo así, hablando desde un lugar tan vulnerable.

Me dan ganas de abrazarlo. De decirle que yo siento exactamente lo mismo. Esa conexión extraña que nos atrae como la gravedad. Que no dejo de pensar en él. Que muero por tocarlo, por besarlo, por imaginarme en sus brazos.

Pero no puedo.

Porque entiendo lo que me está pidiendo. Y, aunque una parte de mí quiere otra cosa, también quiero darle eso. Así que me pongo de pie y me acerco a él.

Joseán levanta la cabeza y me observa, expectante.

Le extiendo la mano derecha.

—Hola. Natalia López Govea. Un placer conocerte.

Toma mi mano sin dejar de verme fijamente.

—José Ángel Cuén Garay. Y el placer es mío —contesta, sonriendo.

Luego me guiña un ojo.

Y, por supuesto, ambos nos soltamos riendo al mismo tiempo.

***

Extrañamente, Denisse se mostró muy tranquila con la forma en que se dio todo. Con el paso de los días me enteré de más cosas: Denisse y Joseán habían hablado, muchos malentendidos se habían aclarado y, aunque seguía dolida porque la mantuvieron al margen de la enfermedad de su mamá, en parte logró entenderlo. Creo que por eso parecía ya más cómoda con la atención que su hermano empezó a mostrarme.

Tan es así que el sábado pasado los tres fuimos al Centro de la Ciudad. Aparentemente decidieron que era necesario llevarme a turistear y, por supuesto, me encantó la idea. Eso sí, antes les advertí que, si íbamos a ir, tenía que ser en transporte público.

Era mi oportunidad de darle a Denisse su prometido baño de humildad. Sabía que Joseán me iba a hacer segunda y que Denisse no se podría negar.

La pasamos increíble.

Caminamos por el Zócalo, el Templo Mayor, vimos Palacio Nacional, paseamos por Correo Mayor y compramos cuanta cháchara se nos antojó. Mis ojos no podían creer todo lo que vendían: pulseras, inciensos, juguetes, plumas, bolsas, santos, playeras, estampitas, cosas útiles, cosas inútiles y cosas que ni siquiera sabía nombrar. El ruido de los vendedores, las manifestaciones en la explanada, la gente entrando y saliendo de Catedral, las campanas, los olores, la cantidad absurda de personas en un solo lugar.

A veces, mientras caminábamos, Joseán aprovechaba para tomarme de la mano. Yo hacía como que no le daba demasiada importancia, aunque por dentro estaba a dos segundos de perder toda compostura. Denisse se nos quedaba viendo raro, pero hasta ahora no me ha dicho nada, y eso me intriga de sobremanera.

Regresamos tarde, en Uber Black, por supuesto. Dejamos a Denisse en su casa, pero Joseán no se bajó. Decidió, como todo un caballero, acompañarme para que no me fuera sola. Sin duda esa era la razón.

Sin duda. Claro.

Al llegar a casa de Rosa, ni siquiera me dejó abrir la puerta. Me tomó del brazo y comenzó a guiarme hacia la cochera, que abrió con el control que traía en el llavero. Una vez dentro, entendí sus negras intenciones al verlo tomar dos cascos del estante y acercarse a mí, extendiéndome uno.

—Acompáñame a cenar —dijo, como si no acabara de secuestrar mi voluntad con un casco de motocicleta.

—Estás completamente loco si crees que me voy a subir a esa cosa. Si quieres cenar, puedes comer algo aquí o ya cuando llegues a tu casa —exclamé, haciendo la mejor sugerencia que se me ocurrió para no ir con él.

—No. Quiero tacos al pastor y no me gusta comer solo, así que vas conmigo —contestó, muy quitado de la pena, encogiéndose de hombros.

—¿Y si no me gustan los tacos al pastor? ¿Y si no tengo hambre? ¿Te importa si te digo que estoy cansada y que no quiero ir? Y… esa cosa me da miedo —escupí las preguntas como merolico.

—Te puedes pedir otra cosa. Sé que tienes hambre porque hace rato lo mencionaste. Sé que estás cansada y aun así quieres ir. Y, por último, si no enfrentas tus miedos, nunca se van a ir.

Lo dijo con una seguridad tan irritante como acertada, porque la verdad sí me daba miedo subirme a la moto.

Pero me daba mucho más pánico subirme con él.

—No te va a pasar nada. Confía en mí. ¿Te late? —finalizó, extendiéndome la mano.

Soy débil. Lo sé. Soy débil.

—No tengo otra opción, ¿verdad? —pregunté, tomándole la mano.

—Siempre hay opciones, princesa. El tema aquí y ahora es que ya son las once de la noche y no te van a abrir la puerta sin llaves.

Levantó la otra mano y veo que mis llaves cascabelean entre sus dedos. Por supuesto, con esa sonrisa traviesa que me encanta.

—¡Qué poca madre! ¿A qué hora me las quitaste? —exclamé mientras intentaba alcanzarlas.

—Las voy a devolver en cuanto digas que sí.

—Eso se llama secuestro.

—Eso se llama negociación creativa.

—Eso se llama que te voy a patear.

—Pero después de los tacos.

No está de más decir que, por más que brinqué, no las alcancé.

Me sentí como niña de cinco años tratando de quitarle un dulce a su papá, así que, en un intento desesperado por no hacer más el ridículo, tomé el casco y me rendí.

—Está bien, tú ganas. Pero vas a ver que un día de estos me voy a vengar y ni cuenta te vas a dar.

No dejó de sonreír ni un instante.

Se veía tan contento que, por un momento, me sentí el centro de su universo.

Me ayudó a ponerme el casco, me explicó dónde colocar los pies, cómo subir y cómo bajar. Finalmente, al escuchar el estruendo del motor, Joseán volteó antes de ponerse el casco.

—No me vayas a soltar, princesa —dice, y luego, más bajo—: Nunca me sueltes.

Me guiñó un ojo y se colocó el casco.

Una vez más, decidí no darle importancia a todo lo que podía implicar ese comentario. Mejor me concentré en lo que sentía al abrazarlo por la cintura, en la batalla interna que me provocaba tener cada parte de mi cuerpo pegada al suyo, en ese cosquilleo tan característico que a gritos me pedía calmarlo solo con él y que cada vez me costaba más trabajo ocultar.

No tardamos en llegar a la taquería. El lugar olía a carbón, piña asada, cebolla y salsa de esa que pica desde que la ves.

La verdad es que el miedo se me quitó casi de inmediato porque, tengo que admitir que, maneja muy bien. Creo que el verdadero peligro está en los automovilistas que no respetan a quienes van en moto. Al decirle eso, Joseán me comentó que, después de su accidente, esa era una de las razones por las que casi no la usaba en la Ciudad.

Me comí cuatro tacos y tuve que soportar su burla incesante por haber dicho que no tenía hambre. Aunque me encanta reír y disfrutar estar con él a solas, también siento constantemente la necesidad de descifrarlo, de saber cómo piensa, de conocerlo más a fondo.

Así que no desaproveché el momento.

—¿Por qué estudiaste Administración? —le pregunté.

Se me quedó viendo medio raro, como si no le hubiera agradado la pregunta, y pasó los dedos por su cabello. Me he dado cuenta de que hace eso cuando está pensando qué contestar o cuando está nervioso.

—¿Quieres que te cuente la versión pública o la real?

—Definitivamente la real.

—De las opciones de carrera que me permitían seguir el legado de mi papá, Administración era la única que me gustaba —explicó, vago.

—¿O sea que quieres hacer lo mismo que él? ¿Administrar los negocios familiares? La neta no te veo ahí. No te va.

Sonrió de nuevo, cerró los ojos un instante y volvió a hablar.