7. La verdad
Los días siguientes pasaron más rápido de lo que esperaba, aunque por dentro todo seguía sintiéndose medio fuera de lugar. Entre clases, trabajo, tareas, mensajes de Denisse y apariciones estratégicas —y nada discretas— de Joseán en la cafetería, la semana se me fue como agua entre los dedos.
Para cuando me di cuenta, ya estaba haciendo una maleta pequeña para irme a Aguascalientes por el puente de Independencia, con una emoción rara: ganas de volver y, al mismo tiempo, una incomodidad nueva por irme. Y, por alguna razón que todavía no terminaba de procesar —o que no quería procesar,— Joseán había insistido en llevarme a la terminal.
—¿Estás esperando a Ángel, hija? —me pregunta Rosa desde el sofá de la sala, donde está sentada tejiendo algo que parece una bufanda medio torcida.
—Sí, ya no debe tardar. Quedó de pasar por mí para llevarme a la terminal de autobuses —contesto, sonriendo.
—Sabes, hija, me da mucho gusto que hayas entablado tan buena amistad con mis nietos —comenta Rosa, pausando el tejido—. Les haces bien. No te lo digo por compromiso. Eres una buena muchacha y, además, gracias a ti ahora los veo más seguido.
Me muestra un gesto sincero y tierno, con ese semblante maternal que tiene y que siempre me hace sentir un poco en casa. Siento orgullo al escuchar sus palabras. Rosa no regala elogios por quedar bien; cuando dice algo, una siente que lo dice de verdad.
—Gracias, Rosa. Significa mucho para mí. Y también me da gusto —respondo.
Rosa asiente sin dejar de sonreír y retoma su tejido. Y vaya que, en tan poco tiempo, esta casa ya se me metió debajo de la piel. Mientras espero a Joseán en la sala de Rosa, no puedo evitar repasar todo lo que ha pasado ultimamente.
A Denisse la he visto prácticamente a diario, incluso el fin de semana. En la escuela nos juntamos siempre con Liliana, y algunos maestros ya nos alucinan porque no paramos de platicar. En las noches, cuando llego a casa y no tengo que estudiar, suelo terminar en el jardín con Adri. Ella fuma; yo escucho. A veces hablamos de todo y a veces solo dejamos que los grillos, el olor a tierra mojada y el pasto hagan su trabajo. Claro está, siempre y cuando no sean interrumpidos por algún automovilista tocando el claxon.
A Joseán no termino de descifrarlo.
Sigo sin saber exactamente qué quiere. Somos amigos, o por lo menos eso establecimos. En la Universidad casi no lo veo por la diferencia de horarios y de área, pero las pocas veces que nos topamos invariablemente está con Zaira, Charlie o alguna otra niña que parece pertenecer más a su mundo que yo, y prefiero no acercarme. Sé que está trabajando algunas horas con su papá y me ha dicho más de una vez que no le gusta, pero nada más.
Después de que me dio el sapito, empezamos a mandarnos mensajes constantemente. Escribimos trivialidades, pero siempre me hace reír. A veces hace comentarios o insinúa cosas que me sacan de onda, cosas que van más allá de una amistad, pero nunca cruza la línea conmigo.
A veces siento que soy como una pieza azul en un juego de damas españolas: no combino ni encajo en el juego, pero aun así estoy dentro de la caja. Como si Joseán me tuviera al margen de su vida, suficientemente cerca para no soltarme, pero no lo bastante como para dejarme entrar por completo.
Todos los días se aparece en la cafetería a las tres de la tarde, pide un café y un panini, y a la media hora se va. Cuando tengo tiempo, a veces me acerco y platicamos unos minutos. Si no, solamente se sienta, come y lee un rato.
Javi y Pablo coinciden en que lo hace para estar cerca de mí. Tal vez tengan razón, porque antes ni se paraba por ahí, y esa es una de las tantas cosas que me sacan de onda.
Parte de lo que me hizo decidir intentar llevar una amistad con él fue Denisse.
Curiosamente, después del problema con su mamá, no la he escuchado hablar mal de su hermano ni una sola vez. Por el contrario, no dejó de insistir en que le diera la oportunidad de hablar conmigo porque, palabras de Denisse: “ya me tiene hasta la madre que siempre me pregunta por ti”.
Así que decidí que, entre el regalo, los mensajes y sus apariciones en la cafetería, ya era hora de dejar de hacerme la digna y hablar con él.
El jueves de la semana pasada lo abordé en la escuela, justo en uno de esos momentos en que Zaira, alias “la mono araña”, estaba con él.
Al ver que me acerco, su primera reacción fue sonreír de oreja a oreja y hacerse a un lado de la tipa, quien, como siempre, me hizo una cara de “te odio”, pero ni la pelé. Joseán se acercó a saludarme e inmediatamente me colocó el brazo alrededor de los hombros. Empezamos a caminar en dirección a la cafetería. Como si fuera lo más natural del mundo. Como si no acabara de dejar a Zaira hirviendo detrás de nosotros.
Ni siquiera tuve que decirle que quería platicar; lo supo desde que dije “hola”.
—Creo que tu… morra me odia —le dije muy casual, mientras nos sentábamos en una de las mesas pequeñas.
—¿Mi morra? ¿Zaira? —pregunta, como si la respuesta no fuera obvia
—Ajá.
—Nat, sabes perfecto que no tengo novia. Zaira es una… se podría decir que amiga, pero ni siquiera eso.
—Pues cuando están juntos demuestran todo lo contrario. Por eso supuse que salías con ella. Pero eso no es lo que quería platicar contigo —añadí, tratando de cambiar el tema.
—Antes de eso, déjame decirte algo yo. Después, si aún quieres decirme lo que venías a decirme, te escucho. ¿Te late? —propuso, sonriendo.
Pues qué otra.
Asentí sin dejar de mirarlo fijamente. Como de costumbre, su presencia me abrumaba, así que decidí concentrar toda mi atención en la plática.
—A ver… por dónde empiezo —dice, soltando el aire despacio—. Primero, tengo que pedirte una disculpa por correrte de mi casa. Estos días he tratado de encontrar la forma de explicarte sin poner todos los pinches problemas de mi familia sobre la mesa.
Se pasa una mano por el cabello antes de seguir.
—Mi papá es un imbécil y solo le preocupa su imagen. El simple hecho de que yo hable de las broncas de mi mamá lo encabrona de sobremanera.
Me quedo callada, porque entiendo que apenas está tomando aire.
—Mi jefa tiene depresión —dice, bajando la voz—. No tristeza. No bajón. Depresión de verdad. Hace seis años se puso muy mal. Yo acababa de salir de la prepa. Una noche regresé de una fiesta y la encontré… —hace una pausa, como si las palabras se le atoraran—. Se había tomado un montón de pastillas. Terminó en el hospital.
Se me apretó el pecho.
—Desde entonces está medicada. Va a terapia, tiene psiquiatra, todo. Hay temporadas buenas y temporadas de mierda, pero no había vuelto a intentar hacerse daño. No así. No hasta ese día.
Se quedó callado unos segundos, ojos fijos en la mesa.
—Y lo peor es que yo estaba ahí, en la casa, y no me di cuenta de nada —dijo al fin—. No vi las señales, no escuché el golpe a tiempo, no sé… Me quedé atorado pensando en otras cosas, en pendejadas, y cuando reaccioné, ya estaba todo hecho un desastre.
Sentí un nudo en el estómago.
No por culpa.
Por él.
Porque entendí, en ese instante, que no solo estaba tratando de explicarme lo que había pasado. Estaba castigándose.
—Nisi no sabía nada —continuó—.
Nunca se lo dijimos. Cuando pasó la primera vez estaba más chica y mi papá decidió que lo mejor era esconderlo. Le dijeron que había sido una descompensación, que se le había bajado la presión, no sé qué tantas pendejadas. Mi abuela y yo siempre pensamos que algún día tenían que decirle la verdad, pero mi papá… —soltó una risa seca, sin humor—. Mi papá cree que, si algo no se dice en voz alta, entonces no existe.
Agacha la mirada.
—Por eso me encabroné tanto. Porque se tuvo que enterar así. De la peor manera. Y yo descargué todo el coraje, la culpa y la frustración contigo. Fue injusto. No estuvo bien. Así que… perdóname.
Su voz sale más suave al final, casi rota.
Intenté hablar, pero no me dejó.
—La neta me caes muy bien, Nat. Nunca he conocido a alguien como tú. Normalmente soy muy cerrado y, aunque se escuche mamón, a las amigas de Nisi las evito como la plaga. Pero contigo es diferente. Me interesa tu amistad. De verdad. Y espero no haberla cagado demasiado.
Ante eso no se que decir. Es evidente que me está ofreciendo su amistad. No el juego, no el coqueteo, no la provocación.
Su amistad.
Y eso me desarma más que cualquier comentario bonito.
No deja de verme fijamente, con ojos que suplican, como si estuviera tratando de salir victorioso de su propia lucha interna.
Pero sigue hablando.
—Y sobre lo otro… lo que supongo que te contó Nisi. El desmadre con sus amigas —dijo, pasándose una mano por el cabello—. La neta es que ni siquiera supe bien cómo estuvo el pedo esa noche porque me puse hasta la madre. Lo que sí sé es que no estuvieron conmigo. Y sí, sé que estuvo de la chingada no decirlo antes.
Cierra los ojos unos segundos, como si estuviera ordenando las ideas.
—Fue Charlie.
—Nunca se lo dije a nadie porque, al final, nada de lo que pasó esa noche estuvo bien. Las dos estaban tomadas, igual o peor que yo, y Charlie se aprovechó de eso. Yo ni siquiera dormí en mi cuarto. Me quedé tirado en una banca del jardín hasta que me despertó el sol. Cuando subí, las encontré ahí. Estaban solas y me encabroné. Las corrí porque no suelo dejar que nadie entre a mi cuarto.
Hace una pausa y me mira.
—De hecho… eres la primera que ha entrado con invitación.
Wow.
Eso sí no me lo esperaba.
Y es lindo.
—Nisi salió de su recámara y las vio. El resto es historia. Ellas tampoco se acordaban bien de nada por lo tomadas que estaban, y lo más fácil fue decir que habían estado conmigo. Charlie me lo contó meses después y, para entonces, la neta ya me dio hueva aclarar las cosas con mi hermana. O tal vez no fue hueva. Tal vez me dolió que no me creyera. No soy un santo, Nat, pero tampoco soy ese tipo de cabrón.
Okey.
Bueno.
Eso me tranquiliza.
No voy a pensar en cuántas han desfilado por su vida porque se me encoge el corazón.