Detrás de un sueño 6. Patrimonio histórico #3
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6. Patrimonio histórico #3

—Ay, olvídenlo. Hagan de cuenta que no les conté nada —respondo—. No me interesa en lo más mínimo conseguir un galán solo para… para… eso.

—Bueno, amix, solo queremos ayudar —dice Pablo, levantando las manos en señal de paz—. No presión. Cero presión. Pero tampoco queremos que un idiota cualquiera llegue a traumar a nuestra provinciana favorita.

Insisto, este par es incorregible. Pero en serio, con todo y lo metiches que son, en tan poco tiempo he llegado a considerarlos buenos amigos y los quiero mucho. No puedo molestarme con ellos por esto. Al final, hasta cierto punto, tienen razón. No es que esté urgida, pero la idea del sexo —hacer el amor, coger, como quieran llamarle— ha estado rondándome más de lo que me atrevo a admitir.

Y todo se lo debo al portador de esa sonrisa que me incita sin siquiera esforzarse.

—Ya, no jodan porque me estoy enojando —digo, aunque no puedo evitar sonreír—. Dejen de exagerar. Hablan de mí como si estuviera ya bien vieja o fuera una solterona. Tengo dieciocho años, ¿qué esperaban?

—Ya, ya, Nati, tranquila —se burla Javi—. Sabemos que es difícil cargar con tanta pureza en estos tiempos modernos.

—En serio, ustedes dos deberían tener un podcast —respondo—. “Consejos no solicitados de dos metiches profesionales”.

—Yo sí lo escucharía —dice Pablo.

—Yo también —agrega Javi—. Pero solo si yo soy el conductor principal.

—Ay, claro que no. Tú serías la sección de chisme barato —responde Pablo.

—Y tú la de pésimos consejos sexuales.

—Ya me voy, muchachas —los interrumpo, antes de que esa conversación tome un rumbo aún peor—. Los quiero y fue todo un placer discutir con ustedes acerca de mi… de mi…

—¿Patrimonio histórico? —dicen al mismo tiempo.

Hasta sincronizados están.

—Sí, sí, eso. Y ya no les vuelvo a contar nada, así que se quedarán con la duda de ahora en adelante —finalizo mientras camino hacia la puerta.

—No te preocupes, nos vamos a dar cuenta y vas a soltar toda la sopita —me grita Javi.

Levanto la mano para despedirme sin siquiera voltear y pongo los ojos en blanco, exhausta por la conversación.

Qué pena, me cae.

***

Llego a casa más tarde de lo normal y estoy muerta. En cuanto entro me topo con Rosa, a quien tampoco había visto en la semana porque estaba en Cuernavaca.

Denisse me había contado que su Abu tiene una casa allá y le gusta escaparse por lo menos una vez al mes. Por supuesto, no dejo de notar que su ausencia coincidió casualmente con la de sus nietos.

Rosa me saludó cordialmente y honestamente me dio mucho gusto verla de regreso. La casa no es lo mismo sin ella.

La semana pasada llegaron las otras tres inquilinas. Sandra y Estela son primas, de Veracruz, y estudian Medicina. Son tan serias y aplicadas que casi siempre las veo pasar como fantasmas con bata, libros y cara de no haber dormido. Adriana, en cambio, es otro boleto.

Ella es de Querétaro y cada viernes que puede se regresa para pasar el fin de semana con su familia. Me la encuentro casi a diario cuando llego y nos hemos quedado platicando o viendo películas hasta tarde, a veces en su cuarto y a veces en el mío.

Es más grande que yo, tiene veintidós años y trabaja en el corporativo de un banco, en la misma zona de la Universidad. Es súper simpática y fuma como chimenea, así que pasa bastante tiempo en el jardín de la casa.

En el camino de regreso me llamó Denisse para avisarme que mañana sí pasa por mí. La noté un poco más entusiasmada, no como antes, pero sí más cerca de ella misma. Ojalá las cosas vuelvan a la normalidad, porque la extraño.

Tengo ganas de dormir, pero debo aprovechar el tiempo para estudiar. Realmente no tengo otra opción.

Me estoy poniendo la pijama cuando escucho el sonido de mi celular. Me acerco al buró de madera para tomarlo y el corazón me da un salto al ver el nombre de Joseán en la pantalla.

Joseán: Revisa debajo de tu cama.

Joseán: Pero no grites.

¿Es en serio?

Claro que yo, muy obediente, me agacho de inmediato para asomarme. Al levantar el rodapié, cuál va siendo mi sorpresa al encontrar, justo debajo de la cama, un sapo verde de peluche con manchas negras. Y, al lado del monito, el iPad que dejé en su casa.

Natalia: Ahora entiendo por qué no podía dormir.

Natalia: El sapo hace mucho ruido.

Espero que me conteste.

Un minuto después, vuelve a sonar el celular.

Joseán: Es que el pobre quería dormir contigo.

Joseán: Por eso no se callaba.

Ay, en la madre. Eso sí no me la esperaba.

Natalia: Listo. Ya quedó arropado.

Natalia: Gracias :)

Natalia: Me encantó.

Natalia: P. D. No quiero saber cómo llegó el sapo hasta acá.

Joseán: Sapo con suerte.

Joseán: Y sí, mejor no preguntes.

Joseán: Que descanses, Nat.

Fue una grata sorpresa, pero aun así no pienso bajar la guardia.

Me encantó el gesto.

También me inquieta un poco.

Las dos cosas pueden ser ciertas.

Después de esto voy a revisar el cerrojo de mi puerta. Si Rosa lo sorprende entrando a uno de los cuartos, lo mata.

Me quedo pensando en la cama, con mil cosas en la mente. Al final ya ni estudié.

Prefiero dormir con mi sapo.

Con el cerrojo puesto, eso sí.