Detrás de un sueño 6. Patrimonio histórico #2
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6. Patrimonio histórico #2

No me interesa hablar con él. Mucho menos aquí, en mi trabajo, frente a tanta gente.

—¡Zaira! Chai latte —grita Pablo.

Volteo de inmediato porque sé que ahí viene una tormenta.

Zaira toma el vaso, camina hacia el sillón donde está sentado Joseán, le da un trago y, con una cara digna de fotografía, lo escupe. El problema es que no lo escupe discretamente. Lo escupe hacia un lado con tanto dramatismo que termina bañando a una niña de cabello negro que está justo frente a ella.

—¡Qué asco! ¿Qué le echaron a esta cosa? Está horrible —exclama Zaira.

—¡¿Qué te pasa?! ¡Me bañaste! —grita la otra niña.

Oops.

Creo que este no era el resultado esperado.

Se va a armar. Se va a armar.

Zaira voltea a ver a Pablo con una cara de odio imposible de describir. Yo trato de no reírme porque sería poco profesional de mi parte, aunque en este momento la profesionalidad me está costando la vida.

Pablo, con su mejor cara de “yo no fui”, está listo para recibir el reclamo, pero nos vamos a quedar esperando, porque la niña que acabó bañada se planta frente a Zaira y le bloquea el paso.

—Mínimo discúlpate —le dice, calmada.

—El que se tiene que disculpar es el idiota que hizo mi café —contesta Zaira, en un tono insoportable.

Ahora sí me dan ganas de brincar el mostrador. ¿Quién se cree para hablarle así a Pablo?

Me da más coraje del que debería, quizá porque Pablo, con todo y su cara de “yo puedo con todo”, no ha tenido una vida precisamente sencilla. No habla mucho de eso, pero lo suficiente para saber que viene de una familia donde cada peso contaba y donde salir del clóset no fue recibido con aplausos, precisamente.

Por eso me revienta verlo quedarse callado cuando alguien lo trata como si valiera menos.

Pablo podrá ser corriente, metiche y más dramático de lo que admite, pero también es de las personas más nobles que conozco.

—Mejor cálmate o vete —replica la otra niña, tranquila pero firme.

—Quítate —exclama Zaira, empujándola bruscamente hacia un lado.

Todo el café está viendo el show. Nadie interviene. Algunos se ríen, otros observan con cara de horror y otros siguen como si nada, porque aparentemente en esta ciudad una pelea a media tarde también forma parte del ambiente.

La niña la mira un segundo. Solo uno. Luego le arrebata el vaso y le vacía todo el contenido en la cabeza.

Definitivamente este no era el resultado que Pablo esperaba.

Era mejor.

Joseán se levanta del sillón, serio ahora, y toma a Zaira del brazo para sacarla. Ella sigue reclamando a todo volumen mientras él la conduce hacia la puerta. No puedo contener la risita nerviosa que se me escapa.

Antes de salir, Joseán voltea. Se me queda viendo, con esa sonrisa a medias que tanto me molesta y tanto me gusta, y mueve la cabeza de un lado a otro, como si no pudiera creer lo que acaba de pasar. Por primera vez desde que entró, parece que quiere reírse conmigo y no con ella

Y gracias a que estamos en una ciudad donde todo puede suceder, la gente vuelve a lo suyo casi de inmediato.

No dejo de sentir pena por lo que pasó, aunque muy merecido se lo tenía. Pablo solo quería hacerla pasar un mal rato. Sabía que preparar la bebida atascada de azúcar y vainilla iba a implicar doble trabajo porque después habría que hacerla bien, pero la idea de Pablo era únicamente sacarla de quicio con bebidas mal hechas. Nunca imaginamos que casi provocaríamos una pelea.

Javi, por supuesto, ya está pensando en organizar la revancha y vender boletos. Dice que muchos hombres pagarían por verla, sobre todo si incluimos un ring y mucho lodo.

Ese es Javi en todo su esplendor. Donde una persona normal ve un pleito de cafetería, él ve concepto, producción, boletaje y posibilidad de patrocinio. Dice que algún día va a tener un negocio propio, aunque aún no decide si será cafetería, salón, estudio fotográfico, bazar queer, barra de postres o todas las anteriores en un solo lugar, porque aparentemente la coherencia limita la creatividad.

Antes de la cafetería, según me ha contado, ya intentó ser estilista, fotógrafo de bodas y organizador de eventos, pero abandonó cada camino por razones muy suyas y muy dramáticas.

Aun así, cuando habla de poner algo propio, le brillan los ojos.

Yo le creo.

Aunque jamás se lo diría así de cursi.

Por fin dejó de llover y ya no hay tantos clientes. Me preparo para salir a descansar, pero Pablo me toma de la mano y me lleva al área de cajas, donde nos espera Javi. Solo hay cuatro clientes esparcidos en el local, todos ocupados con sus computadoras y teléfonos.

—Escupe la sopa, amix —me dice Javi.

—Sí, mamacita. De aquí no te vas hasta que nos cuentes qué traes con el bomboncito —agrega Pablo.

Ay, no. Ya llegó la Santa Inquisición.

—No traigo nada. No sé de qué hablan —contesto, intentando sonar inocente.

—No te hagas, Nat. Vimos perfecto las miraditas que se aventaron —dice Javi, cruzándose de brazos—. Tantito más y les prestaba la bodega para que resolvieran sus pendientes emocionales mientras nosotros distraíamos a la rubia intensa.

¡¿Qué, quééé?!

—Javier, ¡qué te pasa! ¡Claro que no! ¡Ni al caso! —exclamo, pegándole en el brazo con la mano abierta.

¿Este par por quién me toma? ¿A poco se me nota tanto con solo verlo?

—Pues si no hay nada, entonces explícame eso —dice Pablo, señalándome la cara—. Porque cuando lo viste se te reinició el sistema.

—Totalmente —agrega Javi—. Te quedaste como computadora de gobierno: trabada, lenta y sin respuesta.

—No es cierto —reclamo.

—Sí es cierto —dicen los dos al mismo tiempo.

—Ash, está bien. Ahí les va todo el show —accedo finalmente.

Les platico todo con lujo de detalle, excepto lo que no me corresponde contar sobre la familia de Denisse. Eso lo maquillo como ‘un problema familiar fuerte’ y nada más.

Obviamente, les recalqué que no había pasado nada de lo que ellos estaban imaginando, que las cosas no eran de esa manera, que yo no quería hacer nada sin sentirme segura y sin que hubiera sentimientos de por medio.

—Ay, amix —dice Javi, echándose aire con la mano—. Sí que estás hundida. Yo ya lo hubiera secuestrado emocionalmente y no lo dejaría salir de mi vida hasta nuevo aviso.

—Deja tú eso —interviene Pablo—. El problema aquí es que nuestra pobre amiga ve al bomboncito y se le olvida hasta cómo funciona la gravedad.

—No exageren.

—No exageramos —responde Javi—. Lo viste y casi se te cae el alma al piso.

—Y la dignidad también, pero esa alcanzaste a levantarla rápido —agrega Pablo, chocando la mano con Javi.

—¡Ay, no manchen! Ustedes dos son más corrientes que baño de gasolinera. ¿Qué parte de “estoy aquí parada frente a ustedes” no captan? Están hablando de mí como si yo no estuviera presente. De mí y de mi… de mi…

Me quedo titubeando, moviendo las manos, incapaz de terminar la frase sin morirme de vergüenza.

—¿De tu qué, amix? —pregunta Javi, levantando una ceja.

—De mi vida privada.

—Ay, qué fina —dice Pablo—. Hace tres segundos ibas a decir “calentura”.

—¡Pablo!

—¿Qué? Se tenía que decir y se dijo.

—¿De tu historial romántico sin estrenar? —concluye Javi.

—¡Sí, eso! ¿A ustedes qué les importa si ya, si no, si quiero o si no quiero? —respondo.

Normalmente soy muy abierta y puedo platicar de casi cualquier tema, pero discutir mi virginidad con dos hombres, por muy gays y adorables que sean, me da la peor vergüenza del planeta.

—Mamacita, que no te dé pena. Ser virgen no tiene nada de malo —dice Pablo, muy serio de pronto—. Pero si un día quieres dejar de serlo, mínimo avisa para aprobar al candidato. No cualquiera va a tocar patrimonio histórico.

¡Ay, wey!

—¿Qué? Están locos. Ahora resulta que van a hacer casting, ¿o cómo? —pregunto, indignada y asombrada.

—Obvio —contesta Javi—. Esto no es beneficencia pública. Aquí se revisan antecedentes, referencias, higiene personal y capacidad básica de no arruinar el momento.

—Y ortografía —agrega Pablo.

—¿Ortografía?

—Sí. Si escribe “ola hermosa” sin hache, queda automáticamente descalificado.

No puedo evitar reírme, aunque sigo queriendo que me trague la tierra.

Ahora resulta que estos dos ya están armando un comité para decidir quién merece acercarse a mi supuesta “vida privada”.