6. Patrimonio histórico
La gente no deja de entrar. La puerta abre y cierra tantas veces que el tintineo de la campanita ya me está taladrando el cerebro. Llueve a cántaros y, aparentemente, todos los oficinistas —o Godínez, como les dice Javi— decidieron refugiarse en los restaurantes y cafés de la zona.
Este no es la excepción.
No hemos tenido tiempo ni de respirar. Nos turnamos para atender las filas eternas, preparar cafés, calentar sándwiches y rescatar panes del horno antes de que se carbonicen. Hace muchísimo calor aquí adentro; el vapor de la máquina me pega en la cara y siento la playera pegada a la espalda.
Tengo mucho que estudiar. A un mes de haber empezado clases, algunos catedráticos ya decidieron aplicarnos examen mensual, como si siguiéramos en la primaria. Para colmo, tengo dos proyectos en equipo y, por el trabajo, solo puedo reunirme en las noches, cosa que a mis compañeros ya demostraron que no les encanta.
Ha pasado una semana desde el incidente y aún hay momentos en los que el sonido del vidrio rompiéndose me regresa de golpe.
Denisse no fue a la escuela y, por lo mismo, su hermano tampoco. Pude hablar con ella brevemente dos veces por celular, pero solo me comentó que todo estaba bien. Su voz sonaba cansada, como si estuviera hablando desde otro cuarto de su propia vida. No sé qué pasó ni qué tiene su mamá.
Nada.
Me repito que son situaciones familiares y que no tiene por qué contarme si no quiere. Me lo repito porque entenderlo no significa que deje de dolerme estar afuera.
Tampoco he podido sacarme de la mente a Joseán: el desayuno, su cuarto, el iPad que dejé sobre su escritorio porque salí corriendo, la forma en que me pidió que lo viera a él y no a la imagen que me habían pintado. Cada vez que lo recuerdo se me hace un nudo en la garganta.
No por lo que casi pasó, sino por la forma en que terminó.
Por fin, Denisse fue hoy a la universidad.
Estuvo muy seria y trataba de poner atención, pero fue en vano. La vi distraída, pensativa, cabizbaja. Se mordía la uña del pulgar mientras el maestro hablaba y no tomó apuntes en toda la clase. En uno de los recesos solo se disculpó conmigo por no haberme podido dar aventón durante la semana; por supuesto le dije que no importaba.
Respecto a lo demás, se limitó a decirme que las cosas ya estaban en orden, que le daba mucha pena la forma en que me había tratado Joseán y que sabía que él también estaba muy apenado. Me dijo que no podía hablar del tema con nadie; aparentemente, su papá lo había ordenado así. Lo dijo bajando la voz, como si su papá pudiera escucharla desde cualquier lado.
Durante la semana pasé mucho tiempo con Liliana Valdez, una compañera de clase que también es de provincia. Vivía en Mérida y hace algunos meses se mudó con su familia a la Ciudad de México. La morra es una botana. Si yo hablo raro, ella me da dos vueltas y media. La molestan cañón con eso de las bombas yucatecas y, la neta, a ella le vale. Se ataca de la risa y nunca la he visto enojarse.
Hemos hecho buena mancuerna y a Denisse también le cae muy bien. Liliana estaba preocupada por ella, pero solo le dije que se había enfermado de rotavirus, porque esa fue la excusa que Denisse dio para no asistir a clase.
Liliana empezó a andar con Luis, otro compañero que es igual de pandroso que ella. Hacen una pareja rarísima y perfecta. Me da gusto por ella porque, desde que nos empezamos a llevar, me confesó que moría por él desde el primer día.
Claro que eso fue como una pedrada en la cabeza porque, aunque trate de negarlo, yo estoy exactamente igual. Solo que yo no tengo novio; tengo un problema con un chilango fresa en moto.
—¡Ay, Virgen Santísima! Me morí y me fui al cielo —escucho exclamar a Javi en voz baja, interrumpiendo mis pensamientos.
Estoy dándoles la espalda porque me puse a lavar las jarras de las licuadoras. Él está atendiendo la caja, mientras Pablo prepara los cafés.
—En esa cola sí me formo, sin importar que sea machito —contesta Pablo.
Me cae que este par son unos corrientes de lo peor, pero cómo me hacen reír.
Termino de lavar las jarras y se las paso a Pablo porque tiene que preparar tres frappés. Estoy a punto de seguir ayudando con las bebidas calientes cuando me doy cuenta de que el objeto de su admiración es Joseán. El estómago se me cae al piso y, por desgracia, no se queda ahí.
Está formado en la fila, esperando turno.
No me ha visto porque la máquina del café me tapa un poco.
Gracias a los dioses de los chaparros y la gente chiquita.
No puedo esconderme mucho tiempo porque tengo dos nombres que gritar para que vengan por sus vasos, así que ni modo. Volteo y nuestros ojos se encuentran.
Ninguno de los dos sonríe.
Solo nos vemos.
Ninguno baja la mirada.
El ruido del café sigue igual, pero para mí se apaga un poco.
Me quedo inmóvil cuando caigo en cuenta de que, a su lado, colgada de su brazo como si estuviera marcando territorio, viene la misma mujer con la que lo vi hoy en la escuela. Toda la sangre se me sube a la cabeza.
Veo cómo Joseán la suelta y trata de hacerse un poco a un lado, como si con eso pudiera restarle importancia.
Pero obviamente, como buen hombre, no sabe que las mujeres tenemos radar integrado para detectar esas cosas.
La tipa me ve de reojo casi de inmediato y se da cuenta de que Joseán no deja de observarme.
Hoy, en la escuela, no me topé con él para nada. Por supuesto, ayudó el hecho de que hice todo lo posible por evitarlo como si tuviera una enfermedad contagiosa. Pero, para mi mala suerte, cuando ya me iba, lo vi en el estacionamiento junto a su moto.
Con ella.
Pegada a él.
Tenía una mano en su nuca, acariciándole el cabello. Ese cabello con el que yo había fantaseado pasar mis dedos exactamente de la misma forma. Por supuesto, no pude ignorar dónde andaban el resto de sus extremidades.
Nunca había sentido celos en mi vida, pero en ese instante entendí el concepto completo, con bibliografía, anexos y ganas de cometer un delito menor.
O peor.
De ser yo quien estuviera en su lugar.
La tipa estudia Diseño y tiene pésima reputación. Me dieron ganas de buscarla en Instagram, claro, pero mi cuenta existe prácticamente de adorno y no confío en mí misma para stalkear a nadie sin terminar dándole like a una foto vieja por accidente. Así que hice lo más seguro: pregunté. Sí, pregunté quién era porque ya la había visto con él durante los primeros días de clases.
La observo discretamente.
Tiene el cabello rubio, larguísimo, suelto y ondulado, casi hasta la cintura. Trae unos jeans tan embarrados que no entiendo cómo puede respirar, y unos tacones de plataforma altísimos, aunque ni así le llega a Joseán a la nariz.
Claro que mejor me callo, porque creo que yo menos.
Lleva una chamarra de piel cortita, con herrajes, y va maquillada como si viniera saliendo de una sesión de fotos. Es bonita, sí. De esa forma producida y segura que parece diseñada para hacerte sentir mal, aunque no te diga nada.
Están a tres clientes de llegar a la caja, así que me dispongo a seguir preparando cafés porque ni loca los atiendo.
—Lo conoces, ¿verdad? —me pregunta Pablo.
—Sí —contesto, intentando sonar indiferente.
—Oye, pues si todos tus amigos están así de buenos, deberías invitarlos más seguido. Comparte, mana, que nosotros también merecemos taco de ojo de vez en cuando —reclama.
No puedo evitar reírme.
—No es mi amigo. Es solo el hermano de Denisse.
Y decirlo me sabe peor de lo que debería
—¿Te cae que ese bombón es el famoso hermano incómodo de tu amiga? —pregunta, asombrado.
—El mismísimo —contesto, sonriendo.
Cuando les toca su turno, observo cómo Joseán le dice algo a Javi. Todavía no les toma la orden y Javi, exasperado, me llama para que me acerque. No los volteo a ver.
—Está pidiendo que tú específicamente les tomes la orden —me informa.
Perfecto. Precioso. Maravilloso.
Hay como cinco personas más en la fila y, si me rehúso, se va a armar. Conociendo a Joseán, no se va a mover hasta salirse con la suya. Asiento y tomo mi lugar en la caja.
—¿Qué van a llevar? —pregunto, cortés y amablemente.
—Un chai latte frío, grande, con leche deslactosada light y un toque de vainilla. Sin crema batida, porque eso engorda horrible —ordena la rubia, con un tono de niña fresa tan falso que casi me sube el azúcar.
Qué ridícula.
—Claro. ¿Cuál es tu nombre?
—Zaira —responde.
Hasta el nombre le queda. Lo anoto en el vaso.
—¿Y para ti qué va a ser? —le pregunto a Joseán, sin levantar la vista de la caja registradora.
—No te llevaste el iPad —contesta.
—¿Perdón?
Ahora sí me sacó de onda.
—Me escuchaste perfecto. No te hagas —responde, molesto.
—Si no va a ser nada más, el total es de noventa y cinco pesos —digo, eludiendo la conversación.
—Josa, ¿qué onda? ¿Quién es esta? —pregunta Zaira, mirándome de arriba abajo.
Tranquila, Nat. Respira. No vale la pena perder el trabajo por alguien con pestañas postizas y complejo de villana de telenovela.
—Dame un café de la casa, por favor —pide Joseán, sin hacerle caso.
—Okey. Serían ciento veinte pesos.
Joseán me da un billete de doscientos y le entrego su cambio. En ambos movimientos, nuestros dedos se rozan. Me estremezco con tan solo sentir su calor.
Esto no es normal. En serio.
Zaira, por supuesto, nota el intercambio y me lanza unos ojos cargados de veneno. Luego, como si yo no estuviera a medio metro, comenta que le daría flojera salir oliendo a café y que ella jamás podría trabajar atendiendo gente. Pablo voltea a verme, indignado, y con solo ver su expresión entiendo sus malévolas intenciones.
Le digo que no con un movimiento.
Él me contesta encogiéndose de hombros, en clara señal de: me vale.
Zaira se mueve al mostrador para esperar su bebida. Joseán se queda parado a un lado de la caja, frente al estante de comida, esperando la suya, porque el café americano se entrega ahí.
Lo sirvo rápido, dejando un poco de espacio para la leche, y lo coloco sobre el mostrador. Inmediatamente me doy media vuelta para seguir trabajando. Ni siquiera volteo a verlo ni espero a que me dé las gracias.