Detrás de un sueño 5. El sapo #4
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5. El sapo #4

Joseán vuelve a acercarse mas de la cuenta. Yo sigo sentada en la silla del escritorio y él está recargado frente a mí, así que tengo que levantar la mirada para verlo a los ojos.

Sus ojos se ven cristalinos, ligeramente entrecerrados, pero ahora hay algo distinto en ellos.

¿Deseo?

Se inclina un poco más. Noto cómo su mano se dirige a la mía.

Y entonces, algo se rompe.

Un estruendo de cristal revienta el silencio de la casa.

Joseán cierra y aprieta los ojos. Al abrirlos, se ve confuso y alarmado.

—¡Chingada madre! —exclama, asando la voz, y sale corriendo del cuarto, dejándome ahí.

Inmediatamente voy tras él. No sé si despertar a Denisse o si ella ya escuchó el golpe y está por salir de su recámara en cualquier momento. Su puerta sigue cerrada, pero me gana la preocupación de seguir a Joseán, que entra directo al cuarto de sus papás.

Al llegar al umbral, suelto un grito ahogado.

La mamá de Joseán está en el suelo, de rodillas, con la cabeza inclinada hacia abajo. Tiene las manos pegadas al cuerpo y la sangre le escurre desde las muñecas. Se balancea como una niña, mientras solloza y repite una y otra vez:

—Ya no, ya no, ya no…

Joseán está hincado junto a ella, con el celular en una mano y una toalla en la otra. El espejo del tocador está completamente destrozado y hay pedazos de vidrio regados por todo el suelo.

Joseán voltea y me ve ahí, paralizada, sin saber si acercarme o salir corriendo. La expresión en su rostro —angustia, desolación, remordimiento y rabia mezclados en una sola mirada— se me queda grabada.

Estoy segura de que la recordaré durante mucho tiempo.

—Vete —dice primero, como si no pudiera sacar la voz—. Por favor, vete.

—Pero…

No puedo terminar.

—Es en serio, lárgate. Ni siquiera deberías estar aquí. ¡Puta madre, soy un pendejo! —exclama, negando, no sé si por frustración, culpa o desesperación.

Abraza a su mamá mientras intenta marcar por teléfono. Ella ni siquiera se inmuta; parece no darse cuenta de nada de lo que pasa a su alrededor. Joseán pone la toalla sobre las heridas y presiona. Ella sigue repitiendo la misma frase, incesantemente, sin dejar de moverse.

Hago a un lado el dolor que me provocan sus palabras. No puedo irme. No así. No con Denisse dormida a unos metros sin saber lo que está pasando con su mamá. Corro a su cuarto. Tengo que tomar mi bolsa y salir de ahí.

Es demasiado.

Quiero ayudarlo e irme al mismo tiempo. Quiero regresar y decirle que está loco si cree que voy a dejarlos solos con ese problema, pero ya no sé qué puede empeorar las cosas.

La puerta del cuarto de Denisse sigue cerrada. Aparentemente, mi amiga duerme como los muertos, porque no se ha despertado ni con el escándalo. Coloco una rodilla sobre la cama y empiezo a sacudirla con las manos.

—¡Denisse! ¡Denisse, despierta! —la muevo frenéticamente.

—¿Qué pasa? —exclama, levantándose de golpe, sobresaltada.

—¡Tu mamá! Algo le pasó a tu mamá —digo, casi sin aire.

Denisse avienta las cobijas y el edredón con un solo movimiento, se para de la cama y sale corriendo del cuarto. Solo lleva una camiseta de tirantes y ropa interior. Corro tras ella hasta la recámara de sus papás y la veo quedarse en la entrada, inmóvil, asustada, mientras las lágrimas empiezan a correrle por las mejillas.

Joseán acaba de colgar la llamada. Cuando me ve llegar detrás de Denisse, algo en su cara se rompe.

Su mamá ya está recostada en la cama, en posición fetal, con la toalla envolviéndole ambas manos y muñecas. No dice nada. Parece dormida o catatónica. La tela ya empieza a mancharse de sangre.

—¡¿Qué parte de “vete” no entendiste?! ¡¿Por qué fuiste por ella?! —me grita Joseán, con una rabia que me atraviesa—. ¡Fue un milagro que no se despertara con el desmadre y tú fuiste a buscarla!

Denisse no dice nada. Solo llora.

Joseán deja de verme, parece que de pronto ya no puede sostener ni su propio enojo. Me ignora por completo, se encorva derrotado y abraza a su hermana para intentar tranquilizarla.

No entiendo qué hice mal. Solo quería ayudar.

Al salir, alcanzo a escucharlo decirle que ya vienen a ayudarla, que no pasa nada, que más tarde le va a explicar todo.

—Perdóname… Te voy a explicar, te lo prometo —le dice a Denisse con una voz suave, lejana ya del tono furioso que acaba de usar conmigo.

Tomo mi bolsa del suelo en la recámara de Denisse y salgo de la casa corriendo. Necesito irme de aquí. Estar sola. Procesar todo lo que acaba de pasar, todo lo que acabo de presenciar.

Camino algunos minutos sin saber hacia dónde. Entonces empieza a llover.

Y es hasta ese momento, cuando el agua me cae en la cara, que por fin me rompo.

Las lágrimas salen de golpe y se mezclan con la lluvia. Camino más rápido, abrazándome a mí misma, como si eso pudiera contener algo de lo que acabo de ver.

La sangre.

El espejo roto.

La voz de ella repitiendo “ya no”.

La mirada de Joseán cuando me grita que me vaya.

No sé qué hice mal. No sé si debí quedarme, correr, llamar a alguien, abrazar a Denisse o desaparecer desde el primer grito.

Solo sé que quería ayudar.

Y, aun así, termino sintiéndome como si hubiera arruinado algo que ni siquiera entiendo.