Detrás de un sueño 5. El sapo #3
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5. El sapo #3

—Está bien —digo, derrotada, girando los ojos.

Me sonríe y abre la puerta.

—Después de usted, princesa —indica, haciéndose a un lado en una reverencia exagerada para que pase.

Entré a su recámara sonriendo ante el gesto que hizo para darme la entrada. El cuarto estaba oscuro; Joseán entró detrás de mí, cerró la puerta y prendió la luz.

Asombro total.

Ese cuarto no tiene nada que ver con el resto de la casa. Y no porque este desordenado o sucio; al contrario, está lleno de cosas, pero todo se encuentra sorprendentemente bien acomodado. Me impresiona ver tantos posters de películas clásicas y recientes colgados en las paredes: algunos enmarcados, otros sostenidos con alfileres en un corcho enorme que hace las veces de cabecera. Su cama es matrimonial, con sábanas azules y un edredón de rayas muy masculino. Esta destendida, sí, pero es lo único que no parece perfectamente en su lugar.

En la pared izquierda tiene un librero que la cubre por completo. No puedo ocultar mi asombro; me quedo boquiabierta al ver la cantidad de libros albergados en los estantes e inmediatamente me acerco para revisar los títulos. Hay libros de todas las épocas, algunos en español, pero la mayoría en inglés. Hay tragedias griegas, clásicos empastados, novelas de suspenso, fantasía, policiales y varios autores que no esperaba encontrar en el cuarto de alguien como él: Shakespeare, Dickens, Lorca, Rulfo, Edgar Allan Poe, Tolkien, George R. R. Martin, John Katzenbach, Lee Child y, para mi sorpresa absoluta, Nicholas Sparks.

Era una pequeña biblioteca con literatura para todos los gustos.

Los estantes más bajos están llenos de DVDs y Blu-rays, tantos que parecían estar peleando por espacio. Unos están acomodados de lado, otros apilados encima de los demás, y aun así se nota que no están ahí por descuido. Me da un poco de ternura verlos; para cualquiera estos son objetos pasados de moda, cosas que ya casi nadie usa teniendo todo a un clic de distancia. Pero en su cuarto se sienten distintos, como una colección cuidada, casi sagrada. No son solo películas: son pruebas físicas de que Joseán no ve el cine como entretenimiento de domingo, sino como algo que se estudia, se guarda y se vuelve a mirar hasta aprenderlo de memoria.

En la pared derecha hay una pantalla enorme, una consola de videojuegos y otros dos aparatos que no tengo idea para qué sirven. Es una recámara que grita “soy hombre” a todo lo que da, pero al mismo tiempo resulta acogedora, como un santuario. Algo especial.

—Esto es lo que te quería enseñar —dice—. Cuando quieras un libro o una película, puedes venir y tomar prestado lo que quieras. Nada más no te los vayas a clavar porque soy un poco intenso con el acomodo y tendría que reorganizar todo el librero. —dijo sonriendo—. Y ahí está otra vez esa expresión burlona que, contra todo sentido común, estoy empezando a adorar.

—Además, te quería dar esto —continúa mientras abre un cajón del escritorio.

Saca una funda rectangular y, de ella, un iPad blanco.

No pretende darme un iPad. Es demasiado.

—Úsala. En la funda está el cargador y el cable.

—No, no, no. ¿Cómo crees? No puedo aceptar esto.

—Tranquila, no es gran cosa; tengo dos, esa es la primera que compré y no la uso. Sé que no tienes una, que te gusta leer y que obviamente no tienes mucho espacio para guardar libros. Con esto resuelves ambas cosas. Yo llevo un buen rato comprando libros electrónicos porque como puedes observar ya no caben. Cuando te compres la tuya me la regresas y ya.

—¿Es en serio? –lo cuestioné con aprensión.

—Sí, claro. – asintió.

¡Qué onda! Si me quedé boquiabierta hace unos segundos, ahora estoy estupefacta. Se me hace que me lo cambiaron.

—¿Dónde está Joseán y qué hiciste con él? —pregunté, sarcástica.

Me acerco más de lo debido y lo noto muy tarde, justo cuando sus manos encuentran mi cintura y se inclina hasta quedar a la altura de mi oído. Siento su respiración de inmediato. El calor de su aliento, tan cerca de esa zona que para mí es absurdamente sensible, me provoca un escalofrío que me recorre entera. Las piernas me tiemblan y, por un segundo, soy bastante consciente de mi cuerpo: de la sangre corriéndome por las venas, del calor acumulándose donde no debe, de esa reacción involuntaria que me deja helada.

Me invade el pánico al darme cuenta de lo que puedo sentir con un gesto tan simple.

Y entonces noto que Joseán también se tensa.

—Este soy yo —susurra—. Solo yo. Y quiero que me veas nada más a mí, no a la imagen que te pintaron. ¿Sale?

Hace énfasis en cada “yo”, como si necesitara asegurarse de que no me quede duda.

Levanta la cabeza lentamente y me mira a los ojos con una intensidad que termina de desarmarme. Entro en pánico. No sé qué hacer con esa cercanía, con la forma en que me observa sin disimulo ni con todo lo que me está pasando, así que hago lo único que se me ocurre: me lanzo hacia él y lo abrazo.

—¡Gracias! —exclamo, rodeándole el cuello con los brazos.

—De nada, princesa —contesta, apretándome un poco más por la cintura.

Siento su risa ahogada contra mi hombro y yo también empiezo a reírme al darme cuenta de que lo jalé hacia abajo de más.

Quién le manda estar tan alto.

Lo suelto y doy dos pasos hacia atrás. Necesito espacio. Me siento abrumada por demasiadas sensaciones al mismo tiempo: la vergüenza, la gratitud, las ganas de acercarme otra vez y la certeza de que eso sería una pésima idea.

Sé que la mejor opción es salir de aquí e irme a mi casa, pero ahora quiero saber más. Descifrarlo. Entender qué hay detrás del tipo arrogante que todos parecen conocer y este otro que guarda libros, películas y un iPad viejo para prestársela a alguien que apenas conoce.

No sé si esto es atracción, curiosidad o una mezcla peligrosísima de las dos. Pero sí sé algo: quiero ser su amiga de verdad. Sin interés, sin juegos, sin la versión que Denisse me advirtió que debía evitar.

Tomé la silla del escritorio y me senté, comenzando a guardar el iPad nuevamente dentro de la funda para llevármela. Joseán sólo me observa; seguramente nota mi desconcierto, pero no dice nada al respecto.

—¿Por qué tu familia te dice Ángel y no José o José Ángel así completo? — pregunto rompiendo el silencio incómodo.

—No sé. Mi mamá me dice Josa, igual que Denisse. Mi papá, como pudiste escuchar, me dice Ángel, igual que la Abuela. Aunque, pensándolo bien, mi mamá también me dice Ángel cuando se enoja conmigo.

—A mí la neta me da igual, aunque decir los dos nombres cada vez es de hueva, así que ya me acostumbré a los apodos. —aclara encogiendo los hombros. —Lo que sí te puedo decir es que el que más me gusta es el tuyo. —recalca mientras se recargaba en el escritorio frente a mí.

Chingado que no empiece. En serio Denisse me va a matar, pero cada vez veo más seductora la idea de hacerla mi cuñada.

—¿De verdad? No creo que sea la única que te dice así.

—Pues sí, solamente tú me dices así; es más ayer me dijiste que así me bautizaste cuando te conocí en casa de la Abuela. —aclara sonriendo, como si el recordarlo le causara gracia.

Uta, ni me acuerdo, ¿A qué hora le dije eso?

—Claro que no, yo no te dije eso. –afirmo.

—Anoche. No te acuerdas, ¿verdad? —pregunta con curiosidad, sin dejar de mirarme a los ojos.

—Pues no, la neta no me acuerdo.

—Mmm que lástima, porque estabas muy platicadora y fue bastante entretenido y digamos que… algo enriquecedor. —Continuó, inclinando su rostro al bajar el tono de voz. Mostrándome su sonrisita traviesa.

—Me estas cotorreando, recuerdo que me quedé dormida de volada, no me puse a platicar, ni nada de eso.

—Ah, pues te quedarás con la duda para siempre, porque ni siquiera Nisi te escuchó. Pero no te preocupes, tal vez cuando la princesa decida convertir al sapo en príncipe te darás por enterada.

¿Qué quiere decir con eso?

Pero, más importante todavía: ¿qué habrá salido de mi boca durante mi estado de embriaguez?

Quiero preguntarle más, sacarle la sopa a como dé lugar, pero no creo que sea buena idea mostrar tanto interés. Total, lo que haya dicho, pues ya lo dije y ni modo.