Detrás de un sueño 5. El sapo #2
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5. El sapo #2

No puedo evitar sentir un poco de tristeza. Yo jamás hablaría así de mi papá, pero algo en la cara de Joseán me dice que sus razones tiene. No sé qué pasó entre ellos, pero por primera vez la arrogancia se le ve menos como actitud y más como defensa.

Extrañamente me pregunto:

¿Por qué me preocupa?

Por supuesto, en lugar de quedarme ahí esperando, corro a la recámara de Denisse y también me meto a bañar. Termino en tiempo récord y hasta me da tiempo de darme una manita de gato: un poco de maquillaje, rímel y el cabello amarrado sin apretarlo mucho.

Salgo del baño y Denisse sigue dormidísima, así que no pienso molestarla. Me imagino que desayunará o comerá cuando se levante.

Salgo de la recámara hacia la escalera y alcanzo a escuchar movimiento en la cocina. Obviamente Joseán me ganó. Al bajar y acercarme, lo veo sacando un recipiente del refrigerador; ya tiene un sartén grande sobre la estufa.

Está recién bañado, con el cabello aún mojado y despeinado. Se puso unos jeans baggy deslavados, camiseta gris de manga larga y anda descalzo. Preferiría verlo con calcetines porque así, sin zapatos, caminando de un lado a otro por la cocina, se ve peligrosamente doméstico. Y eso, por alguna razón, es peor.

—Perdón por no esperarte, pero consideré necesario darme un baño también. ¿Te ayudo en algo? —le pregunto, acercándome a la estufa para pararme a su lado.

Huele a tierra mojada, jabón y él.

Como el día que lo conocí, pero sin la loción.

Voltea a verme, ladeando un poco la cabeza. Sus ojos cristalinos y expresivos prometen algo que no se nombrar, pero que mi cuerpo entiende antes que yo.

—Me sería muy útil, señorita galletas saladas, si puedes ser tan amable de pasarme la bolsa de totopos que está en la alacena —me dice, enseñando esa sonrisa retorcida y traviesa.

Sabe perfecto que, como suele ser su costumbre, se está burlando de mí por mi formalidad.

Evitar reírme resulta imposible. La verdad, sus burlas no me molestan. Más bien me causan gracia y, al mismo tiempo, he de confesar que me emocionan.

Cuando era pequeña y le contaba a mi mamá que un niño me había molestado en la escuela o los acusaba por jalarme las trenzas, ella siempre me decía que los niños así se defienden contra la belleza y que, si un niño me molesta, es con el fin de esconder la atracción que siente por mí. Sé que esa teoría materna es cuestionable y probablemente responsable de muchas malas decisiones románticas en la historia de la humanidad, pero en este momento decido creerla.

Así que prefiero pensar que Joseán me da lata porque se siente deslumbrado por mi belleza y mi extraña personalidad, en lugar de pensar que lo hace porque soy la poco convencional y pequeña amiga de su hermana.

Abro la puerta de la alacena y saco la enorme bolsa de totopos.

—Aquí tienes —le digo, entregándosela—. Veo que no requieres mucha ayuda porque ya tienes ahí todo lo necesario.

—Ah, no sabes. La salsa ya estaba preparada y guardada en el refri. Dulce, nuestra cocinera, siempre la hace el viernes y me la deja porque sabe que me encanta. Durante el fin de semana siempre se ofrece, así que solo tengo que calentar, mezclar y listo. Ahora, si los quieres con huevo, te lo puedo hacer, pero no respondo si lo quemo.

Me puedes dar lo que sea y me lo como.

¡Ay, wey!

Eso hasta en mi mente sonó mal.

—¡Aaah! Entonces me engañaste. Y yo que pensé que el sapo sabía cocinar —comento con tono de indignación, pero en son de burla.

—Disculpe, pero yo no engañé a la princesa. Solo le dije que se iba a comer los mejores chilaquiles de su vida, y eso es porque Dulce hace la mejor salsa del mundo. Pásame los platos, por fa. Hay que servir esto antes de que se aguaden. Me caga comer chilaquiles cuando ya se hicieron aguados los totopos.

—A mí también me choca. En los restaurantes siempre acabo exasperando a los meseros porque, cuando no me los traen crujientes, los regreso —coincido, al tiempo que le entrego los platos.

Meto las manos en los bolsillos traseros de mi pantalón mientras espero a que Joseán sirva la comida. Me balanceo sin cesar sobre los pies al observar cómo, con mucha paciencia, les pone cebolla, cilantro y un poco de queso y crema a cada porción.

Sé que lo hago porque me siento nerviosa.

Estar con él así me gusta.

Solos, platicando, riendo, a punto de compartir un desayuno que, aun cuando solamente consistió en calentar y servir, él hizo para ambos.

Eso me altera más de lo que debería.

—Listo. Ya se puede sentar la princesa a desayunar porque el sapo está a punto de brincar de desesperación de verla ahí parada columpiándose —comenta, balanceando ambos platos en la palma de cada mano como todo un mesero.

Nos sentamos en la barra.

Mi zona de confort queda amenazada porque Joseán deliberadamente acerca su banco hacia mí, quedando más cerca de lo normal. Tan cerca que nuestras rodillas se alcanzan a rozar si alguno mueve las piernas.

Tomo el tenedor para probar mi desayuno. Joseán solo me observa, esperando sin decir nada.

Me llevo el cubierto a la boca y noto cómo exhala, como si hubiera estado aguantando la respiración.

No puedo evitar cerrar los ojos y dejar escapar un sonido de placer al probar los chilaquiles. En efecto, la salsa está fuera de este mundo.

Abro los ojos y veo que Joseán me sonríe. Baja la mirada y se acomoda en el banco, parece que de pronto no sabe qué hacer con las piernas.

—Te lo dije. ¿A poco no son la neta? —pregunta con la voz un poco ronca.

—Honestamente, sí están buenísimos. Mejor que en cualquier restaurante.

Seguimos comiendo en silencio.

Cada vez que tengo oportunidad de que no lo note, vuelvo a verlo de reojo. Observo cada movimiento: la forma en que se lleva cada bocado a la boca, cómo mueve la mandíbula al masticar, cómo cierra los ojos intermitentemente disfrutando el sabor de lo que come.

Se da cuenta de que lo veo y me sonríe.

Me observa justo cuando su mano izquierda se mueve para hacer a un lado un mechón errante de mi coleta.

Inmediatamente subo mi mano para terminar de hacerlo por mi cuenta y acomodarlo detrás de la oreja

—Y cuéntame, ¿qué otras cosas te cagan? —pregunta al tiempo que se lleva otro bocado a la boca.

—¿Perdón? —pregunto– ¿O sea cómo? ¿Qué me caga?

—Sí… aparte de los chilaquiles aguados —explica.

—¡Ah ya! Mmm… muchas cosas. Se podría decir que soy un poco peculiar —le informo, enarcando las cejas

—Me intrigas. Ándale, confiesa. Pero hay una regla: cada vez que digas algo, tienes que empezar con ‘me caga’. Nada de ‘me choca’, ‘me desagrada’ o ‘me molesta’. Me caga. ¿Va?

Bueno, pero ¿cuál es su afán de hacerme decir palabras que normalmente pienso, pero casi nunca digo en voz alta?

—¿Se puede saber cuál es tu afán de hacerme decir groserías? —pregunto.

—Ninguno. Además, decir me caga no tiene nada de malo. Ándale, por favor, hazlo. ¿Sí? —suplica.

No, pues así sí. Con un por favor y esos ojitos de perro afuera de la taquería, no había forma humana de negarle algo a este hombre.

—Está bien, a ver… Me caga la gente que saca un palillo y lo usa en la mesa —dije, tratando de no reírme antes de terminar la frase.

—¡Ya sé! ¡Qué asco! O sea, se están sacando la comida de los dientes ahí, enfrente de todos, como si fuera deporte de exhibición. Peor los que usan el popote como palillo.

—¡Ew! Sí, me caga eso. Es de pésima educación —contesto, ya riéndome sin poder evitarlo.

—Otra. Ándale.

—A ver, espera, que no puedo dejar de reír —dije, llevándome las manos al abdomen—. Mmm… Me caga la gente que se va sacando los mocos en el coche.

—¡Guácala, no manches! A cada rato me toca ver eso cuando manejo. Y siempre me quedo pensando: ¿qué sigue después? ¿Dónde termina el moco? ¿En el pantalón? ¿En el asiento? ¿En el volante?

—¡Claro! ¡O se lo comen! —dije, soltando una carcajada—. Que, por cierto, ese sí debería ser motivo legal para quitarle a alguien la licencia.

—Totalmente. Examen de manejo, antidoping y revisión básica de modales nasales.

—Me caga que acabas de decir “modales nasales”.

—Pero te dio risa.

—Sí, pero me caga.

—Otra. Algo que de verdad te cague —pidió, aún riéndose.

—Me caga la gente que sabe perfectamente que es encantadora y aun así se hace la que no sabe.

Se queda callado un segundo. Solo uno. Pero es suficiente para que me arrepienta de haber abierto la boca.

—¿Eso fue indirecta, Nat?

—No. Fue cultura general.

—Ajá.

—También me caga la gente que dice “ajá” cuando sabe que tiene razón.

—Entonces hoy te estoy cagando bastante.

—No te emociones. Apenas vas empezando.

Nos seguimos riendo, aunque yo ya no sabía si me reía por lo que estábamos diciendo o porque no encontraba otra forma de disimular lo nerviosa que me había puesto. Recogimos los platos y los dejamos en el lavabo.

Pensé en ir a despertar a Denisse o subir a dejarle una notita; tenía que regresar a mi casa, terminar mis pendientes y dormirme temprano. Eso habría sido lo lógico. Lo responsable. Lo que una Natalia perfectamente funcional habría hecho. Pero estaba tan a gusto que no me daban ganas de irme, y eso, por alguna razón, me pareció algo peligroso.

—Ven, te voy a enseñar algo —dice Joseán, entrelazando su mano con la mía. Me da un ligero tirón y camino con él hacia las escaleras. Primero pensé que nos dirigíamos al salón de juegos, pero cuando pasamos la recámara de Denisse y empezó a disminuir la velocidad me percaté que íbamos directo a su cuarto.

—¿A dónde vamos? —pregunto, más tímida de lo que quisiera.

—A mi cuarto. Quiero que veas algo.

Dejo de caminar, lo que hace que nos detengamos justo frente a la puerta. Está loco si cree que me voy a meter a su recámara. ¿Qué tal que su mamá lo busca? ¿O Denisse despierta? Me mata si me encuentra aquí.

—No voy a entrar a tu cuarto. ¡Cómo crees! —protesto, mirándolo con reproche.

—No manches, no lo hagas raro. Eres mi amiga y solo van a ser unos minutos. Además, ya sé que tienes que irte a tu casa y todo eso. Ándale ya pasa por fa, te prometo que no muerdo. —replicó exasperado.

Su amiga, okey, bueno, por lo menos ya tengo título y dijo por fa, ¿ya había dicho que así no le puedo negar algo?