Detrás de un sueño 5. El sapo
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5. El sapo

—Denisse, Denisse, despierta, por favor.

La estoy moviendo del hombro, pero no logro que abra los ojos. Solamente me avienta la mano, torpe y pesada, como cuando espantas un un mosquito.

—Muero de sueño, amiga. No me despiertes. Me subí a dormir como a las cinco —contesta finalmente con la voz adormilada, girándose hacia el otro lado para acomodarse y seguir durmiendo acurrucada.

Me quedo sentada en la cama y llevo las manos a mi cara para tallarme los ojos. La cabeza me late fuertísimo, parece que me están martillando.

Recuerdo que salimos del antro como a las tres de la mañana. Denisse y yo nos regresamos en el coche de Joseán; yo iba en el asiento de adelante y ella atrás, medio dormida y riéndose de quién sabe qué. Mario manejó el coche de Denisse.

Qué horror.

Denisse seguramente me ayudó a ponerme la camiseta porque claramente es de ella. Supongo que después se quedó haciendo algo hasta las cinco y se durmió tarde. O temprano, más bien.

Por eso me choca tomar alcohol. Me he puesto jarra tres veces en mi vida —bueno, cuatro contando la de ayer— y no me agrada en lo más mínimo. Me siento fatal, me quedo dormida como tronco y, para colmo, la memoria me falla mal plan.

Entre la cruda, la sed y el hambre, decido pararme de la cama. Apenas son las nueve de la mañana, lo cual significa que ya dormí suficiente. Tomo un cepillo de dientes nuevo —por supuesto Denisse tiene de todo en el baño—, me lavo los dientes, me lavo la cara y busco los pantalones que traía ayer antes de arreglarme.

Están un poco arrugados, pero no importa.

La camiseta que traigo está perfecta. Nada más me falta encontrar mi bra porque no pienso salir del cuarto sin él. Si hay algo que es un no rotundo en mi vida es andar por ahí con todo volando. Además, plana no estoy. Una copa C amerita soporte suficiente.

Salgo de la recámara aún riéndome de mi debate interno, rogándole a los dioses de la cruda no encontrarme a los papás de Denisse y, obvio, mucho menos a Joseán. Seguro sigue dormido si se acostó a la misma hora que su hermana.

No hay ruido.

Al parecer no hay nadie en el primer piso. Entra suficiente luz por los enormes ventanales y el cielo se ve despejado. Ha llovido tanto que el aire se siente más limpio, casi frío. Me abrazo para tallarme los brazos y crear algo de calor mientras camino hacia la cocina, con la boca seca y la cabeza todavía me flota fuera del cuerpo.

La elegancia y la opulencia de la casa no deja de sorprenderme, pero el ambiente no es como el de la casa de Rosa. Aquí no se siente que estás en un hogar, sino más bien en un museo modernista donde tocar cualquier cosa te puede costar carísimo.

Hoy es domingo, así que supongo que todos duermen hasta más tarde. Eso, para mí, está perfecto. Solo necesito jugo, algo de comer y salir de ahí antes de toparme con alguien. Tengo tarea que hacer y además necesito lavar mi ropa.

Finalmente encuentro un vaso grande, me sirvo jugo de naranja, tomo un paquete de galletas saladas de la alacena y me siento a comer en uno de los bancos que rodean la enorme barra de la cocina. Mientras como lentamente, observo todos los electrodomésticos. Me pregunto para qué sirven algunos de ellos, totalmente desconocidos para mí. Es ridículo estar en una cocina capaz de alimentar a un hotel entero y desayunar galletas saladas como náufraga.

Me cae que es una exageración.

No quiero imaginar cuánto cuesta todo esto.

—Buenos días. ¡Por fin despertó la bella durmiente!

La ya tan característica voz juguetona de Joseán me provoca un brinco en la silla. No lo escuché aproximarse y está justo detrás de mí, invadiendo, bastante cerca para alguien que no anuncia su llegada.

—Buenos días —contesto con voz somnolienta.

Volteo para verlo y me sorprendo al darme cuenta de que, aparentemente, viene de hacer ejercicio. Trae tenis, pants negros de lona con dos rayas blancas a los lados y una camiseta blanca.

Pero lo que realmente me deja sorprendida es que viene todo sudado, con el cabello escurriendo y la camiseta pegada al cuerpo. Se le marca el abdomen como si lo hubieran dibujado ahí nada más para arruinarme la paz mental. Me concentro en mi vaso de jugo con una disciplina que debería darme puntos extra en todas mis materias.

O sea, insisto: este hombre no coopera con mi estabilidad emocional.

Es obvio que me lo acabo de comer con los ojos porque me muestra su familiar sonrisa y camina para acomodarse del otro lado de la barra. Se inclina frente a mí, nuevamente más cerca de lo recomendable.

—¿Estás desayunando galletas saladas? ¿Es en serio? Tenemos el refri atascado de comida y ¿nada más vas a comer eso? —me pregunta, reclamando.

—Mmm. Las galletas son para quitarme la náusea. Estoy cruda —contesto, metiéndome otra galleta a la boca.

—¿A poco? Eso pasa cuando mezclas mezcalitas, tequila y quién sabe qué más en una sola noche.

Qué chistoso.

Me cae.

Además, fueron cinco bebidas nada más.

—Solo fueron cinco, así que no me vayas a levantar falsos.

—Como sea. El caso es que la cruda se cura mejor con unos chilaquiles, menudo, unas quecas con salsa bien picosa o algo por el estilo —dice, riendo.

—Sí lo creo, pero no tengo una varita mágica para hacer aparecer un desayuno espectacular —respondo con sarcasmo.

—Haberlo dicho antes, princesa. Dame veinte minutos y te prometo que vas a probar los mejores chilaquiles verdes de tu vida.

Lo dice entusiasmado.

Eso de princesa no se si es burla u otra cosa.

—Vengo de correr, así que me urge un regaderazo. Me baño en chinga y bajo, ¿va?

Lo dice con su característica arrogancia, pero se nota emocionado.

—Okey —me encojo de hombros.

En ese momento, Joseán levanta la mirada hacia un punto detrás de mí y su expresión cambia por completo. Aprieta la mandíbula, igual que anoche en el cuarto de juegos, y de inmediato siento tensión en el ambiente. Como cuando el aire se seca justo antes de que caiga una tormenta.

—Buenos días, hijo. No sabía que tenías compañía —expresa una voz masculina, madura, con un tono que deja demasiado claro el sentido de su comentario.

Me lleva la que me trajo.

¿En serio su papá creerá que me quedé aquí con él?

¿Pues qué tan seguido sucede? De pronto soy muy consciente de la camiseta ajena, los pantalones arrugados y mi cara de cruda

Joseán tuerce los ojos con molestia y endereza la postura. No me queda de otra más que voltear con la expresión más elocuente que pude conjurar para conocer al señor de la casa.

Detrás de mí está un hombre como de cincuenta años, muy alto, más o menos como su hijo, con el cabello oscuro, algunas canas y considerablemente bien parecido. Viste ropa deportiva y lleva una mochila en el hombro. Se conserva bastante bien, pero lo engreído se le nota a mil por hora.

Es como ver a Joseán en veinticinco años.

Su expresión seria, casi de desdén, al verme sentada en su cocina, me incomoda.

—Papá, no es compañía. Es Natalia, la amiga de Denisse. ¿Te acuerdas? La ha mencionado mil veces estas semanas. Ah, no, espera. No has visto a tu hija desde que entró a la universidad, ¿verdad? —expresa Joseán con molestia.

La amiga de Denisse.

Técnicamente es verdad. Soy la amiga de su hermana, no de él.

No entiendo por qué ese comentario me molesta.

Y por lo que escucho, al parecer la relación padre-hijo no es muy buena que digamos.

—No empieces, Ángel. Te lo advierto. Sé que estás molesto, pero no hagas escenas frente a las visitas.

Ah, ahora soy la visita.

—Efectivamente, señor. Soy Natalia López Govea, estudio con su hija. Nos conocimos en casa de su mamá porque rento uno de los cuartos —digo, intentando sonar tranquila.

Ay, así o más bruta.

La casa de su mamá.

—Así que eres de provincia —contesta afirmando, levantando un poco las cejas, sin mostrar la más mínima emoción.

Eres de provincia.

Madre santa, qué viejo más mamón.

Espero que no sea así siempre. Pobre de su esposa.

—Sí, señor. Soy de Aguascalientes —respondo, sonriendo y asintiendo.

—¿Tus papás a qué se dedican?

¡Qué le importa!

O sea, ¿qué onda con las preguntas? ¿Cree que soy delincuente o qué diablos? Me enderezo en el banco antes de contestar, para lidiar la entrevista con más dignidad.

—Mi papá se llama Ricardo. Es abogado y tiene un despacho jurídico —contesto.

Nada más falta que me pregunte cuánto gana y le voy a tener que decir que mi padre, por ser tan buen samaritano, usualmente toma muchos casos sin cobrar y no gana mucho que digamos.

—Mi mamá es maestra de primaria. Se llama Silvia, señor —concluyo.

Y muy bien educada, fíjese.

—Mucho gusto, Natalia. Salvador Cuén. Puedes decirme Chava, nada de señor porque me siento viejo —responde finalmente con una sonrisa, extendiendo la mano para saludarme.

—Igualmente. Un placer conocerlo.

Tomo su mano y le doy un firme apretón.

Bueno, creo que pasé la prueba.

Pero si soy honesta no me cayó nada bien. A leguas se le nota lo falso. Hasta parece político.

—Ángel, no se te olvide. Mañana te quiero ver en mi oficina en cuanto salgas de clases —le recuerda.

—Sí, pa. Yo le caigo —contesta Joseán, agachandose un poco.

—Voy a estar toda la mañana en el club. Tu mamá, como de costumbre, sigue dormida. A ver si hoy se levanta antes de la comida.

Lo dice antes de darse la vuelta y comenzar a caminar sin despedirse.

En silencio sigo a Chava con la mirada hasta que sale por la puerta que da a la cochera. Joseán se queda inmóvil, haciendo lo mismo. Poco a poco, la tensión en el ambiente se disipa, pero la incomodidad de la conversación sigue en el aire.

—Tu papá se ve que es… interesante —menciono con tal de romper un poco la tensión.

—Interesante no es la palabra que mejor lo describe, créeme. Yo usaría una menos educada.

—Estoy cruda, no me hagas adivinar.

—Idiota.

Lo dice tajantemente.

—Pero, en fin —continúa, queriendo cortar el tema de tajo—. No te vayas. Te juro que en menos de diez minutos bajo y desayunamos.

Avanza hacia la escalera.