Detrás de un sueño 4. Cruda realidad #3
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4. Cruda realidad #3

—Buena técnica, por cierto.

—Gracias. Defensa personal de provincia.

—Recuérdame no hacerte enojar.

—Ya deberías tenerlo anotado.

Sonrió de nuevo, pero esta vez diferente.

—Ven. No te voy a dejar aquí sola.

—No necesito guardaespaldas.

—No dije que lo necesitaras.

—Entonces, ¿qué estás haciendo?

—Estorbo preventivo.

No pude evitar reírme.

Eso fue un error, porque en cuanto me reí, se le puso esa cara de “ya gané”.

—Además —agregó, ladeando un poco la cabeza—, con ese vestido, cuesta trabajo fingir que uno no se distrae.

Lo miré mal de inmediato.

—¿Neta vas a salir con ese comentario?

—No dije que fuera tu culpa. Dije que yo me distraigo.

—El peligro es que los hombres crean que un vestido les da permiso de acercarse.

—Tienes razón —admitió sin discutir.

Eso sí no me lo esperaba.

—Pero también tengo razón —continua.

—No abuses.

—Te ves muy guapa, Natalia.

Me quedé callada.

Porque eso tampoco me lo esperaba.

Ni el tono.

Ni la forma en que me miró al decirlo.

—Gracias —contesté, más bajito de lo que pretendía.

—Anda, ven. Baila conmigo.

Se acercó para dejar el vaso en una repisa, luego extendió la mano.

—¿Eso fue una invitación o una orden?

—Una oportunidad.

—Qué humilde.

—Estoy trabajando en eso.

No sé si fue por el alcohol, por el susto o por la manera en que esa noche parecía mirarme distinto, pero tomé su mano. Estaba tibia. La mía, consciente en exceso de estar ahí.

Al llegar a la pista, la música cambió. En lugar de pop comercial, empezó a sonar una cumbia de esas que todo mundo conoce, aunque jure que no. Una que me encanta.

Nos quedamos inmóviles por un instante.

Fue entonces que Joseán se movió primero.

Con esa expresión de “sé exactamente lo que hago”, se acercó para tomarme de la cintura y de la mano. Me marcó el paso con un ligero empujón en la cadera.

Y vaya que sabía lo que estaba haciendo.

El baile fue fluido. Fácil. Como si mi cuerpo hubiera entendido algo antes que yo.

No me costó trabajo seguirlo y no dejamos de sonreír ni un minuto. En las vueltas me tambaleaba y más de una vez me detuvo pegándome a su cuerpo, dejándome con las manos en su cintura, sabiendo que esa es la única opción lógica.

Seguimos bailando al ritmo de una cumbia que parecía hecha para meterse debajo de la piel. La letra hablaba de querer, de arrepentirse, de dejarse llevar ahí mismo, sin importar el lugar. Y con Joseán moviéndose tan cerca de mí, guiándome con una seguridad irritante, cada palabra sonaba menos como canción y más como provocación.

Cuando la canción terminó, acabé en los brazos de Joseán.

Y no me soltó

Simplemente se limitó a verme a los ojos con esa intensidad que parece ocupar espacio, aunque no diga nada. Ambos teníamos la respiración agitada. Sentía su pecho expandirse contra el mío, igual que el mío contra el suyo. Gotas de sudor nos corrían por la frente y, por un instante, me perdí en sus ojos.

No pude contener las ganas de tocar su cara, de delinear cada parte con mis dedos, de tomarlo del cuello y alzarme para darle un beso.

—¿Quieres algo de tomar o seguimos bailando? —me dice, con la voz más baja de lo normal, e interrumpiendo mi tren de pensamiento. Un tren que ya se andaba cambiando de carril.

Sonaba una canción que no me agrada mucho, así que opté por tomar algo.

Claro que mi decisión tuvo más que ver con el hecho de que, si me quedaba un segundo más ahí parada, las cosas podían escalar. Y no era buena idea, por más que mi cuerpo pidiera a gritos otra cosa.

Nos acercamos a la barra y pedí un shot de tequila. Él solo pidió una botella de agua y decidimos regresar a mi mesa.

Los dos borrachos ya se habían ido, así que nos sentamos con Mario y Denisse. Al llegar, Joseán me dejó pasar primero y jaló la silla para que me sentara. Como todo un caballero, aclaro. Después se colocó a mi lado en un banco más bajito.

Denisse me hizo una cara de “luego hablamos” que no pudo ocultar.

La verdad es que estuvimos platicando muy a gusto de cosas totalmente triviales. Joseán no dejó de darme lata con mis palabras domingueras, y al final creo que ya no tanto eran las palabras, sino la forma en que las decía. Porque al quinto trago de la noche ya me sentía algo jarra.

No me acuerdo muy bien de la salida. Solo tengo flashes: Denisse riéndose, Joseán quitándome el vaso de la mano, el aire frío de la calle y la puerta de su coche abriéndose frente a mí.

Recuerdo haberme quedado dormida en el camino. Pero nada más.

La alarma interna se me prende de golpe y por fin abro los ojos.

Observo con detenimiento dónde estoy y sin lugar a dudas esta no es mi cama.

Logro sentarme y todo me da vueltas. Mi boca pide a gritos un vaso de agua y el cepillo de dientes.

No tengo puesta mi pijama, solamente una camiseta que no reconozco, mi tanga y nada más. La camiseta es rosa, me queda bien y huele a detergente limpio, no a un antro. Eso, por alguna razón, me tranquiliza apenas un centímetro.

Respiro para relajarme.

No estoy sola en la cama.

Es un hecho: ayer no me llevaron a casa de Rosa para dormir en mi cuarto.

Pasé la noche en casa de Denisse.