Detrás de un sueño 4. Cruda realidad #2
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4. Cruda realidad #2

Sigo sin saber exactamente qué hace su papá. Lo único que sé es que es empresario y tiene varios negocios como bares o algo así.

—¿Cómo ves este? —me pregunta, mostrándome un vestido rojo bastante bonito pero muy corto.

—Pues… si lo vas a usar con pantalones o algo abajo, sí. Porque se ve muy cortito.

—No manches, Nat. Ya estás peor que mi papá. Aunque últimamente ni se fija muy seguido qué me pongo para salir —dice, acercándose el vestido al cuerpo para medir a qué altura le queda—. ¿En serio se te hace muy corto?

—Es que eres altísima, amiga. Cualquier vestido que ya es corto en alguien de estatura promedio, en ti parece blusa larga.

—Qué mensa eres, wey. Entonces este te lo pones tú y yo me pongo unos shorts de vestir con una blusa. Mira, estos están padrísimos y se me ven las piernas larguísimas con ellos.

Me avienta el vestido rojo mientras saca unos shorts color verde militar.

Muy obediente, me pongo el vestido. Es de algodón, suelto, con un ligero amarre en la cintura para darle forma. Me llega a medio muslo y tiene un poco de escote en la espalda. La verdad, se me ve súper bien. Sexy sin ser demasiado revelador.

Opto por ponerme unas sandalias color arena de tacón corrido algo altas y me dejo el cabello suelto.

Denisse tiene todos los aparatos necesarios para hacerte lo que sea en el pelo, así que me ondulo un poco las puntas con una tenaza para no traerlo tan lacio. Mi amiga se decide por los shorts y se los pone con una blusa beige que le cae a un hombro y unas sandalias color café, no tan altas como las mías, pero sí con tacón.

—Te ves súper guapa, Nat. En serio, el rojo te queda bien, sobre todo con el tono de piel que tienes. Deberías usarlo más seguido.

Solamente le sonrío.

La verdad es que sí me veo algo bien, así que decido dejar la modestia guardada en un cajón y divertirme. Y por qué no, tal vez hasta coquetear con quien se deje.

Salimos de su cuarto para ir a la cochera y sacar el coche cuando, al pie de la escalera, nos está esperando Joseán recargado en la pared, con los brazos cruzados. Parece papá a punto de dar el sermón de seguridad a sus hijas antes de salir por primera vez.

De inmediato siento su mirada recorrerme de pies a cabeza, lenta, con el aire de alguien que no tiene prisa.

No dice nada, pero su mirada me deja la piel despierta.

—¿A dónde van? —pregunta.

—De antro, hermanito. ¿A dónde más? —contesta Denisse, exasperada.

—¿Y van solas? —pregunta, mirando primero a Denisse y luego a mí—. ¿Vestidas así?

—¿Es en serio? ¿Ahora ya eres mi papá o desde cuándo te importa que me pongo? —reclama Denisse.

—Siempre me ha importado, Denisse. Que no lo quieras ver es otra cosa. Y si nuestros papás no están, mínimo alguien te tiene que decir que ese antro está lleno de imbéciles.

—No seas exagerado. Como sea, nuestros papás me tienen confianza porque yo nunca he dado de qué hablar. No es como que voy al antro para organizar una orgía, ¿no crees? —contesta con sarcasmo.

—Denisse, por favor no empecemos.

Joseán ya se ve exasperado. Tiene las cejas enarcadas y esa tensión en la mandíbula que, por alguna razón absurda, me cuesta trabajo dejar de mirar.

—Ya, ya. Cualquier cosa te llamo. No te agobies, ¿sale? —puntualiza Denisse, en afán de olvidar el tema.

—Okey —asiente, derrotado.

Por supuesto, me quedé calladita durante toda la conversación. En estas situaciones prefiero mantenerme al margen porque es un tema familiar. Lo que no pasé por alto fue el tono con el que le habló a Denisse. Se notaba realmente preocupado por saber a dónde íbamos.

Denisse se adelanta un poco para tomar las llaves de la cocina y Joseán aprovecha para acercarse.

—Dame tu celular —dice, extendiendo la mano.

—¿Qué? ¿Me lo vas a quitar o qué onda?

—Que me des tu celular, apúrate. Te voy a anotar mi número. Si necesitan algo, lo que sea, me mandas un mensaje o me llamas, ¿sí?

Lo explica rápidamente.

Busco el celular en mi bolsa y, al sacarlo, lo toma rápidamente. Empieza a presionar botones con toda la confianza del mundo.

—Listo —finaliza, regresándome el aparato.

Escucho que su celular suena una vez y lo apaga.

Se envió mi número también.

Muy listo.

Le sonrío.

¡Tengo su número!

Saliendo lo voy a guardar en mis contactos.

—No sonrías tanto, Nat —murmura, inclinándose un poco hacia mí—. Se supone que este es un momento serio.

—¿Ah, sí? Perdón. Es que te salen muy mal.

—¿Mis instrucciones?

—No. Tus intentos de parecer serio.

Se le escapa una mueca.

—Tú sí entiendes que el chiste de no contestarle a Charlie era no coquetearle, ¿verdad?

—Yo no le coquetee.

—Le dijiste que no te interesaba como si no supieras perfectamente lo que estabas haciendo.

—Soy educada.

—Eres peligrosa.

—No. Soy dominguera. ¿No era ese el diagnóstico?

Joseán baja la mirada a mi vestido rojo y luego vuelve a mis ojos.

—Hoy no.

No sé si fue la forma en que lo dijo o la manera en que me miró, pero siento que el aire se me atora.

Denisse aparece de nuevo con las llaves y nos interrumpe justo a tiempo.

—¿Nos vamos o qué?

—Sí —le contesto, por demás rápido.

Un rato después, Mario, el chico con el que quedó de verse Denisse, se portó muy buena onda con nosotras. Iba con otros dos amigos y estábamos sentados en una mesa de la zona VIP, intentando platicar pese al escándalo, comiendo botanas y tomando.

El antro estaba muy lleno y el aire olía a perfume caro, sudor, alcohol y humo artificial. Apenas podías caminar. No sé cuántas leyes se violan en estos lugares, pero no entiendo cómo meten tanta gente a un espacio que definitivamente fue hecho para albergar a la mitad. La música súper fuerte y tocaban un poco de todo, sobre todo lo más comercial.

Denisse pidió un Aperol Spritz porque, según ella, el ron con Coca era de gente que ya se había rendido en la vida. Al rato se paró a bailar con Mario y yo me quedé en la mesa con los otros dos tipos. Si me preguntaban en ese momento sus nombres, no habría podido responder porque cuando me los presentaron no escuché nada. Honestamente, me daba igual cómo se llamaban. Ninguno me llamó la atención en lo más mínimo. Son bastante presumidos y están tomando alcohol a un ritmo que no me agrada.

Por supuesto, el hecho de estar sentada con ese par hizo que no se me acercara ni una mosca.

Así que, para abatir el aburrimiento, pedí una mezcalita.

¿Por qué no?

A la tercera mezcalita de la noche, ya me empezaba a marear. El piso no se movía, pero mi cerebro insistía en que sí. Casi nunca tomo y, cuando lo hago, siempre acabo probando bebidas raras que son las más traicioneras.

El par de tipos me llevaban mucha ventaja porque la botella que pidieron ya se había acabado. Uno de ellos me estaba jode y jode para bailar. Cansada de decir que no, y con tal de no soportar más la borrachera del tipo, decidí pararme al baño, no sin antes buscar a Denisse, que seguía baile y baile, para avisarle.

Ya en el baño, después de esperar casi diez minutos, por fin pude entrar. Aproveché para retocarme el maquillaje y comprar unos chicles de la tan afamada canastita de la señora que limpia el baño.

Cuando salí, cuál sería mi sorpresa al encontrarme con uno de los tipos de la mesa esperándome.

Me cerró el paso y me tomó de la mano para llevarme a bailar, según él.

El tipo ni siquiera podía caminar bien de lo pedo y, cuando estábamos casi saliendo del pasillo que lleva a los baños, se detuvo y me acorraló contra la pared.

—Dame un beso —me dijo, arrastrando la ese.

Inmediatamente puse mis manos sobre su pecho para empujarlo, pero fue inútil. No se movió. Sentí el estómago hundirse, pero mi instinto de supervivencia ganó. Por más que le dije que no, seguía acercándose, así que comencé a pensar en la mejor estrategia para salir de ese pequeño aprieto.

Si grito, no creo que me pelen. Hay tanto ruido que seguramente nadie va a escucharme.

Así que opté por levantar la pierna y darle un rodillazo en los huevos.

Inmediatamente me soltó, no sin antes acordarse de todo mi árbol genealógico.

—¡Pendejo! —exclamé, furiosa.

—Y la niña sí dice groserías.

Esa voz.

Sexy.

Rasposa.

Molesta.

A mi derecha, muy cerca, estaba Joseán, vestido todo de negro, con un trago en la mano y una sonrisa que se le fue borrando en cuanto vio mi cara. Me dieron ganas de hacerle lo mismo que al tipo que seguía retorciéndose en el suelo. Pero, al mismo tiempo, me sentí aliviada porque ahí estaba.

¿Hace cuánto que me vio?

¿Se dio cuenta del predicamento en el que me encontraba?

—Pues la ocasión lo amerita. No todos los días un borracho te acosa afuera del baño —contesté sarcásticamente.

El buen humor se le termina de borrar.

Lo suficiente para notarlo.

Sus ojos fueron al tipo que seguía insultando entre dientes, luego volvieron a mí.

—¿Estás bien?

La pregunta me agarró desprevenida porque venía sin burla.

—Sí.

—¿Segura?

—Sí. Estoy bien.

—Okey.

Se giró hacia el borracho, que intentaba incorporarse, y su tono cambió por completo.

—Lárgate.

El tipo lo miró pareciendo que va a decir algo, pero supongo que la diferencia de tamaño, de sobriedad y de intención lo hizo pensarlo dos veces. Se fue tambaleándose por el pasillo.

Joseán volvió a mirarme.