Detrás de un sueño 4. Cruda realidad
10%

4. Cruda realidad

Justo ahora estoy tirada en una cama que no es la mía, con la boca seca, la cabeza partiéndose en dos y la sospecha terrible de que, por primera vez en mi vida, puedo decir que estoy cruda y no me gusta, me siento fatal.

Para ser justa, las últimas tres semanas tampoco han ayudado. Han sido intensas las clases y ya estoy muerta de cansancio. No ese cansancio que disfrutas, y que se arregla con una siesta. Cansada de verdad.

Mi horario quedó por la mañana tal y como lo acomodé antes de llegar. A la una de la tarde ya estoy libre, lo que me permitió buscar un trabajo de medio tiempo por las tardes, de lunes a viernes.

Mis días comienzan a las cinco treinta de la mañana. Hay días en que siento que amanezco antes que la ciudad. Entro a clase a las siete y, cuando pasa Denisse por mí, tenemos que estar mínimo veinte minutos antes porque la fila del estacionamiento es un verdadero infierno. Para acabarla de fregar, el maestro que me tocó en Teoría de la Comunicación es un intransigente que no deja entrar a nadie ni con treinta segundos de retraso.

Y sí, es de esas clases que son todos los días, sin falta.

Apenas me da tiempo de comer algo de volada y debo llegar a trabajar en la cafetería frente a la escuela a las tres. A esa hora ya huele a espresso quemado, pan dulce recalentado y estudiantes fingiendo que un frappe cuenta como comida. No es el trabajo mejor pagado del mundo, pero es divertido.

En los doce días que llevo ahí ya aprendí a hacer cafés de todo tipo y a descifrar pedidos que parecen conjuros: deslactosado, extra caliente, sin espuma, con hielo aparte, dos pumps de no sé qué y leche que no sabe a leche.

No dejo de preguntarme por qué no pueden pedir un café negro o con leche y ya.

Pero, en fin, eso también es culpa de la cafetería. Así han acostumbrado a los clientes desde siempre y aquí en la ciudad parece que no abrieron cafeterías, sino dulcerías disfrazadas, porque la gente paga lo que sea por un vaso de azúcar con complejo de café.

Mis dos compañeros de trabajo, Pablo y Javi, son una maravilla. Chistosos, adorables y expertos en hacer que un turno pesado se sienta menos miserable. Ambos son un poco más altos que yo. Javi tiene un piercing en la ceja, el brazo izquierdo tatuado con diseños tribales, el cabello casi a rape y los ojos azules. Es bastante guapo, aunque tiene una energía medio punk que contrasta rarísimo con el mandil de la cafetería.

Pablo es todo lo contrario. Ojos café con pestañas rizadas, moreno claro, cabello casi negro y muy abundante. Pero lo más impresionante es que, como hace muchísimo ejercicio, está súper fuerte. De esos que impondrían si se te ponen al brinco, pero en cuanto lo oyes hablar o convives con él, te das cuenta de que tiene el corazón en la mano y sería incapaz de hacerle daño a una mosca.

Me encantaría que esos dos terminaran juntos porque hacen una pareja divina. Ellos juran que no, pero yo ya les escribí una novela completa en mi cabeza, con miradas intensas, negación absurda y final de cuento de hadas.

Ojalá me inviten a la boda que ya les organicé.

El trabajo se vuelve más ameno cuando tienes alrededor gente con tan buena vibra. Ya van más de dos ocasiones que salgo con ellos después de trabajar y tienen una resistencia nocturna que yo francamente no entiendo. Hasta Denisse fue con nosotros una vez y acabamos en un lugar por la Zona Rosa, de esos que abren de madrugada cuando todos los demás cierran. Por supuesto, al sábado siguiente dormí hasta las cuatro de la tarde.

Ayer salí con Denisse a un antro que está cerca de aquí, en un centro comercial. No es un lugar que me guste mucho porque la gente que va ahí parece esforzarse demasiado en demostrar que pertenece. El lugar grita: aquí solo se acepta gente con lana y presumida, o gente sin lana, pero con talento para fingirla.

El típico lugar con gente rogando por entrar detrás de una cadena, mientras el tipo de la entrada se venga de todas las veces que seguramente lo batearon en lugares similares.

Acabamos ahí porque Denisse quería ir. Un tipo de la escuela, que estudia Economía, la invitó y, como soy una amiga ejemplar —y una metiche preventiva—, por supuesto no iba a dejar que fuera sola a un antro a verse con alguien que no conoce bien.

Cabe mencionar que, en efecto, Denisse y yo nos hemos hecho mejores amigas. En tres semanas descubrimos que somos muy distintas en la superficie: ella habla hasta dormida, yo pienso demasiado; ella se avienta, yo calculo; ella parece no tenerle miedo a nada, yo hago listas mentales para sobrevivir. Pero por dentro nos parecemos más de lo que imaginé.

Y en eso nos hemos convertido.

Ayer también fue la primera vez que entré a casa de Denisse. Había estado evitando ir deliberadamente para no toparme con Joseán. Cuando escucho que visita a su abuela —cosa que, por cierto, ha sucedido muy seguido— me quedo en mi cuarto y no bajo hasta que sé que ya se fue. He desarrollado oído de animal perseguido para distinguir su voz desde el pasillo.

Las pocas veces que lo he llegado a ver en la escuela no pasa de un simple “hola” en el corredor o un saludo con la mano desde lejos. A veces, cuando estoy en los patios o en la cafetería, siento su mirada. Cuando volteo a buscarlo, ahí está, a veces solo, a veces con mas gente, pero con la atención puesta en mí. Cada vez que sucede, le sonrío y, sin mayor gesto, continúo con lo que esté haciendo en ese momento.

Como si no me importara.

Claro.

La casa de Denisse es como me la imaginaba y más. Ultramoderna, con un diseño contemporáneo en tonos blancos y madera oscura casi negra. Ventanales grandes, espacios abiertos, piso de madera y, en algunas zonas, mármol.

La cocina es la madre de todas las cocinas. Toda con utensilios y línea blanca de última generación, acero inoxidable por todas partes y un refrigerador enorme tipo industrial que casi me hace llorar de emoción. Si el amor tuviera electrodomésticos, serían esos.

Así o más opulento.

La sala tiene un seccional negro con blanco donde caben fácil veinte personas y una sala de televisión que me hizo considerar cancelar cualquier plan de salir con tal de quedarme ahí a ver una película. Pantalla enorme, sonido de cine, ni un cable a la vista.

Arriba hay cinco cuartos. Cuatro son recámaras y el quinto, al fondo, es un salón de juegos con mesa de billar, air hockey, una mesa para cartas y una cantina de madera llena de botellas.

Cuando entramos, mientras Denisse me daba el tour oficial, ahí estaba Joseán, jugando billar y tomando cerveza con uno de sus amigos. Creo que se llama Carlos, pero todos le dicen Charlie. Denisse también me leyó la cartilla respecto a este tipo.

En cuanto nos ve entrar, la cara se le ilumina. O eso quise creer. O eso vi. O eso, mi autoestima decidió no analizar en ese momento.

No sé si él se dio cuenta, pero nos sonrió de oreja a oreja. Supongo que hasta a Denisse se le hizo raro, por la cara de asombro que puso cuando su hermano se acercó a saludarnos demasiado contento.

—Hasta que por fin Nat se dejó convencer y vino a visitarnos —comenta, acercándose para saludarme de beso en la mejilla.

—Hola —lo saludé.

El beso fue rápido, casual, totalmente normal.

Excepto porque a mí no me pareció nada normal.

—Josa, no empieces a molestar. Estoy segura de que la única razón por la que no había venido era para no toparse contigo, hermano insoportable —expresó Denisse con evidente desdén.

—Pues la verdad es que no había podido venir por falta de tiempo, pero está padrísima tu casa y me da gusto por fin estar aquí —interrumpí, antes de que Joseán le contestara.

Honestamente no quiero quedarme a presenciar otra pelea familiar. Entre más rápido vayamos al cuarto de Denisse, mejor.

—Cuando quieras también te invito a conocer mi casa. Está mucho más chingona que esta —comentó Charlie, sonriéndome de una manera que me dio mucha flojera.

Ah, perfecto.

Nada más falta que este wey me eche los perros.

Porque si Joseán tiene mala fama, este le dice: quítate, que ahí te voy.

—Por más tentadora que suene tu invitación, me temo que tengo que declinar porque… la neta no me interesa —le contesto, sonriendo amablemente.

Joseán se echó a reír a carcajadas, con una mano en el estómago.

Yo también.

Charlie y Denisse no captaron mucho el humor, pero igual sonrieron viéndose el uno al otro.

—Esa estuvo buena, dominguera —me dijo Joseán, guiñandome el ojo—. Sigan con el tour, pero deja mi cuarto para el final, Nisi. Ese tour solo lo puedo dar yo.

—Eres un idiota, Josa, hasta crees que se me ocurriría entrar —le gritó Denisse mientras él ya nos daba la espalda para regresar con Charlie a la mesa de billar.

—No dije mentiras —contestó sin voltear.

—Vente, amiga. Vámonos a poner guapas para ver si conseguimos hombres de verdad —dijo Denisse con toda la intención de que él la oyera, tomándome de la mano.

No pude evitar voltear para ver la reacción de Joseán.

Y, efectivamente, me estaba observando detenidamente.

La sonrisa de hacía unos segundos había desaparecido. Tenía la mandíbula apretada y una expresión que no logré descifrar. No sé si me incomodó o me gustó. Tal vez las dos, que es peor.

Interesante.

El cuarto de Denisse, obviamente, estaba espectacular. Cama king, tocador largo con espejos grandes, dos cómodas con cajones y un ventanal con puerta que da a un balcón con vista al jardín. El clóset es más grande que toda mi recámara en casa de mis papás y, obvio, está atascado de ropa, zapatos, bolsas y accesorios. De hecho, parece una tienda. Una en la que yo tendría que pagar en abonos chiquitos por el resto de mi vida.

Mientras buscábamos qué ropa usar, estuve pensando en lo sorprendente que es Denisse. Aunque tiene muchísimo dinero, es súper sencilla. No es presumida, aunque obviamente que lo que tiene se nota. No tiene muchas amigas cercanas ni personas en quien confiar. Es precavida con su vida personal, muy sincera, y no le gusta que se le acerquen por interés ni que la traten como boleto de entrada a un mundo caro.