Detrás de un sueño 3. ¿Qué lees?
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3. ¿Qué lees?

Son poco más de las seis de la tarde y estoy tirada en uno de los sillones de la sala, leyendo una novela de suspenso que compré esta mañana.

Me urge comprar una Tablet. Leer en la laptop me desespera y en el celular siento que los ojos se me van a caer. Así que nueva misión financiera: ahorrar para una. Me urge poder comprar libros en línea, sobre todo en inglés. Me encanta la literatura contemporánea, la ciencia ficción, la fantasía y esas novelas románticas gringas que una empieza “nomás para distraerse” y termina leyendo hasta las tres de la mañana.

Sí, lo confieso: me encantan y no pienso pedir perdón.

Esa es una de mis rarezas, tal vez. Aunque el amor por la lectura viene de mi papá, que lee muchísimo. Como tiene parientes en Estados Unidos, siempre le mandan libros. Luego empezó a pedir algunos para mí, hasta que yo solita aprendí a encargarlos por internet. Supongo que de ahí también viene mi manía de usar palabras que, según ciertas personas maleducadas, nadie usa en una conversación normal.

El día se me fue volando. Quién diría que sobrevivir a mi primer domingo sola en la Ciudad de México iba a sentirse como desbloquear un nivel nuevo de adultez. Después de desayunar lo que Cristina muy amablemente me preparó, salí a caminar sin rumbo, repitiéndome que no tenía miedo, aunque revisé tres veces que la dirección de la casa estuviera guardada en mi celular.

Descubrí que, a tan solo dos cuadras, hay una zona que parece pueblito, con banquetas angostas, letreros de todos los colores y una cantidad inmensa de locales: abarrotes, florería, tlapalería, ferretería, comida corrida, tacos, hamburguesas de carrito, sushi, helados. La lista es interminable. Me gusta que, incluso en una zona tan elegante, haya esquinas que huelen a tortillas calientes, grasa, flores y pan dulce.

Por supuesto, encontré una estética pequeña —y bastante barata para la zona— donde me corté el cabello y me retocaron las luces. Tal vez suene tonto, pero salir de ahí con el pelo bonito me hizo sentir menos perdida. Me quedó muy bien, me lo dejaron justo debajo de los hombros y me sacaron algunas capas que enmarcan mi cara, lo cual hace que no se me vean tanto los cachetes. Eso me tiene muy feliz.

Además, me lo plancharon perfecto, así que no pienso lavarlo hasta el martes. Mi pelo es dócil, aguanta bien el planchado y así no se maltrata tanto.

El supermercado más cercano queda como a seis cuadras de la casa. Encontré un camioncito que me llevó directo a la puerta y me sentí ridículamente orgullosa de no haberme perdido. Aproveché para comer en una cafetería de esas donde venden enchiladas, café americano, gelatina y pastel de tres leches en la misma carta y, ahí mismo compré el libro.

Tuve que tomar un taxi de regreso porque traía varias cosas. Mi bolsillo volvió a sufrir, pero al menos llegué con todas mis bolsas y mi dignidad intacta. Al llegar, guardé todo en mis estantes y en el espacio del refrigerador con mi nombre.

La casa estaba sola. Supongo que Rosa pasa los domingos con su familia. Sin sus voces, los pasillos parecían más largos y cada crujido de la madera sonaba importante.

Me senté en uno de los sillones de la sala a descansar. De pronto, comprar shampoo, encontrar el súper y ubicar una estética me parecieron logros enormes. Ridículos, tal vez, pero míos. Me da miedo empezar la universidad. Siento que ahora sí las cosas van en serio, que ya no basta con haber llegado. Ahora tengo que demostrar que merecía venir. Que no me equivoqué. Que mis papás no se equivocaron al dejarme ir.

Estar afuera y conocer, aunque sea esta zona, no deja de ser imponente. Sé que, si no me cuido, si no estoy alerta, la ciudad me va a comer. Y lo peor es que no lo haría con maldad; simplemente seguiría avanzando, con o sin mí. Sé que está llena de peligros, pero también promete demasiadas cosas: lugares que conocer, comida que probar, calles que caminar, conversaciones que todavía no imagino y personas que quizá me cambien la vida.

Hay tanta gente que a veces siento que nadie se fija en ti. Y eso, para alguien que odia ser el centro de atención, se siente casi como un regalo.

Ojalá me alcance el tiempo para conocer todo lo que pueda: calles, cafés, librerías, parques, historias. Gente. Sobre todo gente.

Siempre que salgo observo a las personas. Me imagino qué pasa por sus cabezas, de dónde vienen, a dónde van, quién las espera o de qué están huyendo. Mi cabeza hace lo que quiere y les inventa vidas completas: problemas, secretos, decisiones que tomar y finales felices que probablemente ni pidieron.

Otra más de mis rarezas.

O tal vez una virtud.

Me pongo a leer un rato. La casa está tan silenciosa y el sillón es tan cómodo que, sin darme cuenta, me quedo dormida con el libro abierto sobre el pecho.

Me despierto al sentir una presencia bastante cerca.

Abro los ojos.

Y casi grito.

Lo primero que veo son otros ojos, color miel, demasiado cerca de mi cara.

Joseán está parado justo detrás del descansabrazo, con la cabeza inclinada hacia la mía, observándome . El cabello le cae hacia adelante y le tapa un poco el rostro por los lados. Tiene un brazo recargado en el respaldo del sillón, lo cual hace que esté peligrosamente cerca de mi espacio personal.

Por supuesto, me sonríe de esa peculiar manera que está empezando a gustarme.

Qué molesto.

—¿Qué? ¿No te gusta tu cuarto? —me pregunta, levantando las cejas sin dejar de sonreír.

¿Será esto a lo que se refería Denisse cuando dijo que asusta a las huéspedes?

Anotado: sí asusta.

—Sí me gusta. De hecho, me encanta. Solo me puse a leer y me quedé dormida aquí —contesto, parloteando, mientras me escurro hacia abajo para alejar mi cabeza de su mirada y poder sentarme.

Inmediatamente, Joseán se mueve y se sienta a mi lado, a sus anchas, como si hubiera sido invitado. El sillón se hunde un poco de su lado y mi cuerpo, ridículamente, registra ese movimiento como si fuera una amenaza.

Tengo que reconocer que, si ayer se veía bien, hoy lo supera por mucho.

Está vestido todo de negro: camisa con las mangas enrolladas hasta abajo de los codos y pantalón recto de algodón, de esos a los que se les adhieren pelusitas durante el día. No trae zapatos, sino tenis de tela con agujetas.

Y así, sentado con las piernas separadas, un brazo estirado sobre el respaldo y la otra mano descansando en su regazo, mi mente traicionera decide imaginar con demasiada claridad cómo se sentiría sentarme a horcajadas sobre él.

Peor tantito: también imagino mis dedos en su cabello.

Okey.

No.

Eso no.

—¿Qué lees? —me pregunta, tomando el libro con la mano derecha e interrumpiendo los pensamientos inapropiados que pasan por mi cabeza.

—Es una novela de suspenso, pero ya la tienes en la mano, así que puedes corroborarlo tú mismo —replico con sarcasmo.

Joseán observa el libro, lee la portada y luego vuelve a verme.

—Ah, sí puedo ver. Pero es más interesante si tú me lo dices.

—Qué lógica tan peculiar.

—Gracias. Me esfuerzo.

Le arrebato el libro, pero él no parece ofendido. Al contrario, se acomoda mejor, pareciendo que mi irritación es parte del entretenimiento.

—¿Lees mucho? —continúa con la indagación.

—Trato de hacerlo seguido, pero a veces dejo pasar tiempo antes de comprar más libros, porque leo más rápido de lo que se recupera mi bolsillo.

No sé qué fue lo que dije, pero Joseán se me queda viendo como si me hubiera salido un cuerno en la frente.

Luego, sin mayor preámbulo, se empieza a carcajear. No parece una risa cruel, pero igual me arde.

Se me tensa la mandíbula.

No me gusta que se burlen de mí. Mucho menos de algo que sí me importa.

—Me alegra haberle puesto diversión a tu domingo, pero no entiendo de qué te ríes —digo, algo irritada, haciendo el intento de levantarme.

Joseán me toma de la muñeca. No aprieta, pero el gesto basta para detenerme.

—Tranquila, abuelita. Es que en serio no te das cuenta, pero hablas muy cagado.

—Ya me lo habías dicho y sigo sin entender dónde está la gracia —replico, aún molesta.

—¿Bolsillo? Nadie dice bolsillo.

—Mucha gente dice bolsillo.

—No. La gente normal dice cartera, dinero, lana, presupuesto, lo que sea. Tú dices bolsillo como señora que guarda monedas en una bolsita de terciopelo.

—Qué específico.

—Y además dijiste “corroborar”.

—¿Y?

—¿Y? ¿Quién dice corroborar en una conversación casual?

—La gente que sabe usar palabras de más de dos sílabas.

Lo hice reír. Me gusta.

—Ay, mira. También muerde.

—Solo cuando me molestan.

—Interesante dato.

Me cruzo de brazos y trato de mirarlo con toda la dignidad que puedo reunir usando pants, pantuflas de conejo y el cabello recién planchado, pero, ya medio aplastado por la siesta. No es mi momento más imponente, la verdad.

—No te estoy dando datos. Te estoy advirtiendo.

—Anotado —dice, levantando las manos en falsa rendición—. Pero perdón, en serio. Es que me da risa. Tienes un arsenal de palabras domingueras.

Levanta mi libro como tratando de fortalecer su opinión.

—Seguro de ahí viene todo.

Intento seguir enojada, pero su sonrisa me arruina el plan. Reconozco que a veces hablo diferente. También sé que leo más que la mayoría de las personas de mi edad y que se me pegan palabras que luego salen solitas, sin pedir permiso.

—Pues sí —le contesto, arrebatándole el libro y aprovechando el movimiento para ponerme de pie—. Palabras domingueras o no, no está padre que te burles de mí.

—No me burlo.

—Te estabas carcajeando.

—Eso fue una reacción involuntaria.

—Claro. Como respirar.

—Algo así.

—Qué conveniente.

—Solo me río porque en ti suena algo lindo —contesta, poniéndose de pie también—. Así que mejor tómalo como un cumplido.

Tengo que voltear hacia arriba para encontrar sus ojos. En serio es muy alto. Creo que ni siquiera le llego a la barbilla.

No tenía idea de que mis piernas podían traicionarme así, solo porque alguien invade mi espacio sin tocarme del todo.

Llevamos ahí cinco minutos hablando tonterías y para mí han pasado horas.

No entiendo por qué no me muevo.

Joseán da un paso hacia mí.

Demasiado cerca.

El aire cambia.

Me quedo quieta, con el libro apretado contra el pecho. Ya no es una novela de suspenso ahora es escudo. Él baja la cabeza hasta quedar cerca de mi oído. Me da la impresión que va a darme un beso en la mejilla. Pero no me toca.

Solo se queda ahí, a centímetros.

—Por cierto —susurra— lindas tus pantuflas, Nat.

Se me congela el alma.

Nat.

Nat.

¿Quién le dio autorización de llamarme así?

Y peor: ¿por qué me gustó?

Con una media sonrisa, se da la vuelta y va a recibir a su abuela, que justo está abriendo la puerta de la casa.

En cuanto él se aleja, subo las escaleras casi corriendo, como si la casa se estuviera incendiando. Llego a mi cuarto, cierro la puerta y me recargo en ella, lamentando la hora en que se me ocurrió ponerme las pantuflas de peluche.

Sí.

Esas que son unos conejitos. Con Orejas. Porque obviamente que tenían que tener orejas.

Ojalá el piso de madera desarrollara, en ese preciso instante, la capacidad de tragarse personas.

Y ahora aquí estoy, otra vez en mi cama, intentando leer un capítulo más para poder dormirme. Mañana tengo que levantarme temprano y llegar al primer día de clases con cara de persona funcional, no de alguien que pasó la noche pensando en el nieto de su casera.

Pero, por más que leo la misma página tres veces, mi cabeza no entra en el libro. No dejo de pensar en las palabras de Joseán.

¡Ah, para cumplidos los suyos!

No sé si sentirme halagada u ofendida. Creo que ambas. Lo cual, es súper injusto.

Lo peor del caso es que no puedo dejar de pensar en su respiración tan cerca de mi oído. En cómo mi cuerpo reaccionó antes que mi cerebro. La piel se me puso chinita y una parte de mí se inclinó hacia él, aunque yo no moviera un solo músculo.

Eso me preocupa de sobremanera. Sí, de sobremanera. Que Joseán se burle si quiere.

No dejo de preguntarme si ese encuentro fue deliberado.

¿Por qué llegó antes que todos?

¿Acaso quería toparse conmigo?

Qué ridícula. El mundo no gira alrededor de mis pantuflas de conejo.

Mi cuerpo, que al parecer no recibió el memo de Denisse, no me deja en paz. Denisse me lo advirtió. Sé que no puedo perder la cabeza por un wey que ni conozco, por más bien que huela.

Llevo dos días aquí y ya ando fantaseando con el nieto de mi casera.

O sea, no.

No, no, no, Natalia.

No te confundas.

Prefiero pensar que mañana voy a conocer, o de perdida ver, algunos especímenes del sexo opuesto. Tal vez, mi cerebro solo necesita variedad estadística. Sí, yo creo que eso es. Todo es atribuible —sí, atribuible— a que tengo dieciocho años y las hormonas andan a todo lo que dan.

Tiene que ser eso. Claro.

Eso y nada más.

Mi cerebro y yo estamos completamente de acuerdo. Mi cuerpo, por desgracia, no fue convocado a la reunión.