Detrás de un sueño 2. Primer encuentro #3
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2. Primer encuentro #3

—No pasó a mayores. Se rompió la muñeca y nos metió un susto espantoso, pero se calmó un poco. El problema es que después vino lo de mis amigas.

Denisse baja la mirada hacia su botella de té y juega con la etiqueta.

—Desde secundaria, muchas de mis amigas estaban obsesionadas con él. Iban a mi casa solo para ver si se lo topaban. Al principio me daba risa, luego me empezó a hartar, porque él les seguía el juego. Les ponía apodos, les sonreía, les daba alas. Y el año pasado, en una peda por su cumpleaños, se acostó con mis dos mejores amigas.

Dejo el plato sobre la barra, sin saber qué cara poner.

—¿Las dos?

—Las dos. Al día siguiente, según ellas, las corrió de su cuarto y ni les dirigió la palabra. Yo quedé fatal con ellas. Me dejaron de hablar, hicieron todo un drama y, aunque sé que ellas también decidieron meterse en esa situación, no dejo de sentir que mi hermano se portó horrible. Si no quería nada serio, mínimo pudo no tratarlas como basura después.

No sé qué decirle. Me cae muy bien que me tenga la confianza de contarme semejante cosa, pero no conozco a nadie lo suficiente como para emitir juicio. Siempre es bueno tener las dos versiones antes de opinar, como diría mi abogado padre. Aun así, entiendo que para Denisse debió ser horrible perder amigas por algo que involucraba a su propio hermano.

También me incomoda darme cuenta de que no quiero imaginar a Joseán con dos mujeres. No porque sea una puritana, sino porque me conozco y sé que, si esa imagen se me mete en la cabeza, no voy a poder sacarla fácilmente.

—Entiendo perfecto que estés enojada con él —contesto al fin—. Era tu hermano y eran tus amigas. Obvio te dolió. Pero también, siendo honesta, ellas sabían lo que hacían. No digo que él sea inocente, para nada, pero quizá no toda la culpa era tuya ni toda la historia es tan simple.

Denisse me escucha con atención.

—Y si esas dos hoy no te hablan —continúo—, tal vez es mejor para ti. Porque significa que tampoco cuidaron tu amistad. No tenías por qué cargar tú con algo que hicieron ellos tres.

—Ay, no sé. Tal vez podría ser menos dura con él —admite, suspirando—. Pero me dolió mucho perderlas por eso. Y sí, muy en el fondo sé que quizá no eran tan amigas como yo creía. En fin, Josa tampoco ayuda. Si saco el tema, se molesta y no quiere hablar. La burra no era arisca, Nat. No me gustaría volver a pasar por lo mismo, y no sé por qué, pero en serio me encantaría que fuéramos amigas. Desde que te vi me caíste súper.

Lo dice sonriendo, toma mi mano y me da un apretón cariñoso.

—¿Te digo algo? Yo también sentí lo mismo. Así que olvídalo, ¿sale? Prometo no tomar alcohol cerca de tu hermano.

Se me escapa una carcajada. Denisse hace lo mismo y terminamos dándonos un abrazo.

Minutos después, cuando termino mi baguette, Denisse se despide para irse a su casa. Quedamos en que el lunes por la mañana pasará por mí para ir a la universidad. Lavo los platos, me sirvo un vaso enorme de agua y por fin subo a mi cuarto para desempacar.

No me toma mucho tiempo organizar la ropa en el clóset, guardar los zapatos y poner cada cosa en su lugar. Aprovecho para preparar la tina y darme un baño relajante. Vaya que lo necesitaba. Estoy cansadísima.

Mientras me envuelvo en la toalla, me detengo frente al espejo empañado. Limpio un círculo con la mano para evaluar los daños del día y unas ojeras enormes me devuelven la mirada. El cabello castaño claro me crece sin control y se ve opaco, apagado. En mi última visita al estilista me hicieron unas luces sutiles que con el sol se ven doradas y muy lindas, pero ahorita piden a gritos una visita a la estética, aunque sea para un despunte.

Al bajar la mirada, noto las líneas del traje de baño de mi última bronceada. Cuando estoy así, mis ojos aceituna se aclaran un poco, casi verdes. Es de las pocas cosas de mí que siempre me han gustado. Siempre me he considerado bonita, pero jamás espectacular. Tengo la nariz recta, la boca pequeña y unos cachetes que mi mamá insiste en llamar cara de niña, aunque a mí me desesperen. Soy delgada, pero mis pómulos nunca se marcan como deberían y, para rematar, mido uno cincuenta y siete. Fea no soy, pero sé que solo destaco cuando le echo ganas al asunto. A diario no voy parando el tráfico.

Ya instalada en mi nueva cama, que resulta gloriosamente cómoda, pienso en mandarle mensaje a Karla. Algo tipo: “Acabo de conocer al hombre más guapo y más insoportable del planeta”. Pero la conozco. Me va a pedir foto, nombre completo, signo zodiacal y antecedentes penales. Mejor no. Todavía ni yo sé qué hacer con esta información.

Opto por dejar que el efecto relajante del baño haga lo suyo y me quedo dormida en cuestión de minutos. Más tarde, estiro la mano a tientas para alcanzar el celular en el buró. La pantalla ilumina la habitación: son las tres treinta de la mañana.

Me despierto de golpe por un sueño del que solo conservo destellos borrosos. Recuerdo un escenario, el eco de unos aplausos retumbando en el lugar y, lo más extraño de todo, a Joseán en primera fila, mirándome fijamente con cara de felicidad.