2. Primer encuentro #2
Estoy segura de que todo el color se me sube a la cara en cuanto me toca. Su mano es cálida y grande, y aunque suene como línea cursi de telenovela, el contacto me deja pensando en cosas que prefiero no mencionar.
—Hola —contesto.
Eso es todo lo que mi cerebro autoriza. Nada de “igualmente”, “mucho gusto también” o cualquier frase que me haga parecer una persona funcional. Solo “hola”. Para mi desgracia, él sonríe como si hubiera notado perfectamente mi colapso interno, me suelta la mano y sigue comiendo galletas con leche condensada.
—¿De dónde eres? —me pregunta, recargándose en la silla.
—De Aguascalientes. ¿Por?
—Hablas raro.
Me lo dice sin dejar de mirarme a los ojos. Su mirada es tan directa que no puedo evitar sentirme expuesta.
—¿Raro? ¿Crees que hablar perfectamente normal, con educación y sin groserías es raro? —replico, fingiendo estar más molesta que nerviosa.
—No. Solo tu acento está muy cagado y hablas como mi abuela.
—Josa, en serio, ya deja de joder —interrumpe Denisse.
—No te apures, Denisse. La verdad es que me tiene sin cuidado lo que piense tu hermano —contesto, con el mayor desinterés que logro fingir.
—Equis. Como quieras, abuelita.
Me lo dice levantando una ceja y regalándome una sonrisa a medias que, desgraciadamente, funciona mejor de lo que debería. Después se pone de pie, deja unas llaves sobre la mesa, supongo que las del coche de Denisse, y se va sin despedirse.
Denisse voltea a verme y pone los ojos en blanco, exasperada, aunque con cierta gracia. Parece que quiere reírse, pero se aguanta.
El tipo estará muy guapo, pero la mala educación y yo no somos compatibles. Si algo me enseñaron en mi casa fue a tratar a los demás con respeto. A las malas caras, buena cara. Y ante un insulto, silencio, salvo que mi mente alcance a procesar una respuesta sarcástica a tiempo.
Hablo como la abuela. Quisiera que él tuviera la mitad del vocabulario que tengo. Seguro no ha leído un solo libro en su vida.
—Nat, en serio, sorry —dice Denisse, visiblemente apenada—. Sé que todo esto estuvo rarísimo. Quiero mucho a mi hermano, pero a veces no lo soporto. Es una larga historia.
—No tienes que explicarme nada —respondo, aunque por supuesto quiero que me explique todo.
—Sí tengo, porque se te quedó viendo clarísimo y conozco esa cara. Será mi hermano, pero sabe que está guapo y lo usa a su favor. Les tira onda a las morras, las ilusiona y luego desaparece. Me choca.
Okey, Denisse no piensa muy bien de su hermano, pero su advertencia no es necesaria. Eso de arrastrarme por alguien no va conmigo. Claro que, siendo honesta, cualquier morra se sentiría soñada si un tipo como él le tirara la onda. En pocos minutos me hizo sentir vulnerable y eso no me encanta admitirlo.
—Gracias por advertirme —le digo—, pero no te preocupes. Vine a estudiar, a hacer amigos y a empezar mi vida. No a complicarla con alguien que ni siquiera conozco.
—Okey, pero igual te voy a contar. Ven, te acompaño para que puedas cenar y, mientras, te explico el contexto.
La cocina es inmensa. Tiene ese toque cálido de la madera, pero con un diseño moderno, hornos empotrados, un refrigerador gigante y más botones de los que sé usar. Me emociona ver que todo está en perfectas condiciones porque, si hay algo que me fascina en esta vida, es cocinar. De pequeña me la pasaba viendo a mi mamá entre ollas y sartenes; aprendí muchísimo observándola, y el resto lo fui descubriendo a prueba y error o en libros de cocina. No soy chef ni gourmet, pero sé defenderme bastante bien.
De inmediato ubico el refrigerador blanco que mencionó Rosa. Es más pequeño que el principal y tiene una nota con mi nombre en el estante superior y otra en el compartimento de la puerta. Los otros tres letreros dicen Adriana, Sandra y Estela. Al menos ya sé cómo se llaman las morras con las que voy a compartir casa.
Cristina me dejó un baguette con carnes frías y verduras que se ve delicioso, así que lo tomo y le pido a Denisse que me indique dónde están los platos, vasos y cubiertos. Agarro un plato de plástico, me sirvo un vaso de jugo y nos sentamos en las sillas altas alrededor de la isla central.
—Oye, Nat, ¿quieres que pase por ti el lunes para ir a la uni? —me pregunta Denisse, balanceando las piernas.
—Ay, pues si no te desvío y no es mucha molestia, me encantaría. Aún tengo que descifrar cómo ir y venir en transporte.
—¿Cuál transporte? ¿En combi? —pregunta, arrugando la nariz como si acabara de mencionar una enfermedad contagiosa.
—Sí, en combi o camión.
—Estás operada del cerebro. Claro que no. Yo te llevo y te traigo. Y si por algo no coinciden nuestros horarios, no falta quién te dé aventón. No está lejos.
Anotado en mi lista de misiones pendientes: un día de estos la voy a subir a una combi para que se dé un baño de humildad. Es más, a ver qué invento, pero Denisse me va a acompañar a algún lado en transporte y en Metro. Por nada del mundo me pierdo la experiencia. Por ahora no me queda de otra más que decirle que sí, porque no va a escuchar razones si le explico que no me importa viajar así y que detesto ser una carga.
—Okey, acepto. ¿Y me ibas a contar el rollo de tu hermano?
—Exacto. Tú come mientras te cuento el desmadre —responde, acomodándose mejor en la silla—. A ver, Josa puede ser lindo y carismático cuando quiere, pero también es súper arrogante. Desde que entró a la universidad se puso raro. Más amargado, más distante. Empezó a salir demasiado, a reprobar materias y a llegar borracho a la casa como si nada.
Le doy un mordisco al baguette mientras ella continúa.
—Mi papá le puso un ultimátum. Le dijo que, si seguía así, lo iba a correr de la casa. Josa, orgulloso como siempre, dijo que mejor se largaba pero que se llevaba a mi mamá, osea no entendí eso. Esa misma noche salió en la moto y se accidentó.
Me quedo con el vaso a medio camino.
—No inventes. Qué horror.