2. Primer encuentro
Una vez que llegamos a la recámara que será mi hogar durante los próximos cuatro años, espero, Denisse me ayuda a sacar mis cosas de baño mientras me cuenta que este cuarto es el más grande de todos y el que tiene el mejor baño. Luego me deja sola un momento para acomodarme y aprovecha para hacer una llamada en el pasillo.
Entro rápido al baño para refrescarme y tengo que admitir que Denisse tiene razón. Está increíble. La decoración es clásica, en tonos beige y dorado, y hay una tina de hidromasaje que me hace preguntarme qué clase de vidas viven las personas que tienen algo así dentro de su casa. Yo jamás he tenido una tina normal, mucho menos una que parece diseñada para resolver crisis existenciales.
La recámara también es cómoda y espaciosa. La cama es matrimonial, el colchón es firme, como me gusta, y el edredón blanco se siente tan suave que paso la mano sobre la tela para comprobar que no sea parte del cansancio o de mi imaginación. Las paredes están pintadas en un tono claro, cercano al amarillo; frente a la cama hay una cómoda de madera con una pantalla que supongo es de treinta y dos pulgadas y un reproductor de DVD bastante retro. Las cortinas son de tela color azul pálido y el clóset es un sueño hecho realidad, de esos en los que puedes entrar, con espacio para guardar zapatos, cajones de diferentes tamaños y más repisas de las que voy a necesitar, porque no tengo tanta ropa que digamos.
Quince minutos después bajo para hablar con Rosa, que ya me espera en el comedor, frente a una larga mesa de madera y una taza de café. Denisse está sentada a su lado, tomando una botellita de té verde.
—Siéntate, por favor, Natalia —me indica Rosa, señalando la silla frente a ella.
Me siento frente a ella e intento poner atención, aunque el cansancio ya empieza a instalarse en todos mis músculos.
—Solamente quiero recordarte las reglas básicas de la casa —dice Rosa, con una seriedad amable que me hace enderezarme un poco—. Puedes utilizar las áreas comunes durante el día y hasta las once de la noche. Si usas algo, lo regresas a su lugar. Vas a tener llave de tu cuarto y nadie va a entrar cuando esté cerrado. Si quieres que la señora del aseo limpie, lo dejas abierto cuando salgas y ella lo cierra al terminar.
Asiento con la cabeza, tratando de grabarme todo.
—En la cocina hay un refrigerador blanco para las huéspedes. Cada una tiene su estante. No puedes invitar amigos ni novios a la casa, ni siquiera al jardín. Tus amigas sí pueden venir, máximo dos a la vez, y pueden estar en tu cuarto o en el jardín siempre y cuando se vayan antes de las once. Si sales o llegas muy tarde, solo te pido que no hagas ruido. Las otras tres chicas llegan en dos semanas y ya las conocerás.
La ardilla que corre dentro de mi cabeza queda exhausta después de semejante explicación. Me pregunto si tendrá las reglas por escrito en algún lado, porque ya se me olvidó la mitad de lo que dijo. Lo que sí me queda claro es que, mientras no altere la paz dentro de la casa, afuera puedo hacer prácticamente lo que quiera.
—Perfecto. Entiendo todo muy bien. Muchas gracias de nuevo —contesto, esperando sonar más tranquila de lo que me siento.
—Sé que apenas llegas y no tienes nada de mandado, así que, si tienes hambre, puedes pedirle lo que gustes de cenar y desayunar a Cristina. Ella es la señora que me cocina y me acompaña diariamente. Usualmente se va a las siete, pero hoy le pedí que se quedara hasta que llegaras.
En serio, Rosa parece un amor. Además, es muy distinguida. Aunque ya es mayor, es muy guapa y aparenta menos años. No alcanzo a verle bien el cabello porque lo trae recogido en un chongo, pero se nota que lo tiene lacio y oscuro como Denisse, con algunos matices grises. Aun con pijama y bata de algodón color crema, se ve elegante.
—¡Abu! —interrumpe Denisse, con tono acusatorio—. Me acaba de llegar un mensaje sospechoso avisándome que van a traer mi coche aquí. Dime, por favor, que no le escondiste la moto a Josa en tu casa.
—Yo no le escondí nada a tu hermano. La estacionó aquí antes de que te fueras de viaje y yo lo dejé —contesta Rosa, indignada.
—Abu, Josa le juró y perjuró a mi mamá que la había vendido. Lo va a ahorcar.
—Tu mamá tiene que entender que su hijo es un hombre y, si quiere andar en moto, aunque no nos guste, lo puede hacer. Además, si no confían en él, ¿cómo quieren que les haga caso después? Hasta parece que no lo conocen.
Rosa suspira, y por la forma en que Denisse pone los ojos en blanco, entiendo que no es la primera vez que tienen esta conversación.
—Ese es el problema, Abu. Más bien la que no lo conoce eres tú. Un día se va a matar en esa cosa. ¿Qué no has visto cómo maneja?
Me siento como audiencia de un espectáculo privado al que definitivamente no estoy invitada, así que tomo mi taza con ambas manos y me pongo de pie.
—Con permiso. Voy a terminar de desempacar.
Las dos me observan como si levantarme de la mesa no fuera lo que esperaban.
—No, aguanta —exclama Denisse—. No subas todavía. Deja que llegue mi hermano con mi coche. Sirve que te lo presento, para que cuando te lo encuentres aquí sepas quién es. Le encanta venir a darle lata a mi Abu y a veces aparece por la casa como si viviera aquí, aunque se supone que no debe andar molestando a las huéspedes.
La explicación no me deja muy tranquila. Hace unos minutos Rosa me acaba de decir que no pueden entrar hombres a la casa, pero quiero imaginar que la regla no aplica para la familia. Sonrío fingiendo que esa información no acaba de empeorar mi nivel de comodidad.
—No debe tardar —agrega Denisse, haciendo una mueca—. Seguro primero va a asaltar la cocina y ya después se digna a saludar.
—Denisse, deja de expresarte así de tu hermano. ¿Qué va a pensar Natalia? —replica Rosa.
—Pues la verdad, Abu, es que Josa es un perfecto patán. Así sabe a qué se atiene.
—¿Qué yo qué, Nisi?
La voz viene desde la puerta de la cocina. Intento reaccionar con normalidad, pero me cuesta trabajo ver cualquier otra cosa que no sea al hombre recargado en el marco, con un paquete de galletas Marías abierto en una mano y una galleta a medio camino de la boca.
Rosa sonríe de oreja a oreja, como si la persona más preciada de su vida acabara de aparecer. Denisse, en cambio, ni siquiera voltea a verlo. Primero, porque seguramente sabe lo que le espera después de su comentario. Segundo, porque a la que está observando es a mí, y creo saber por qué.
Su hermano es el tipo más guapo que he visto en mi vida.
Es alto, más que Denisse, y seguramente ronda el metro ochenta y cinco. Tiene el cabello tan oscuro que inmediatamente me recuerda las plumas de un cuervo, ligeramente largo en la parte de atrás y desordenado sobre la frente, como si se pasara los dedos por ahí todo el tiempo. Es muy blanco, igual que ella, pero sus facciones son más duras: nariz recta, pómulos marcados, mandíbula definida y unos ojos color miel que parecen demasiado expresivos para alguien que acaba de entrar comiendo galletas con la boca llena. No se ha rasurado en varios días y eso lo hace verse mayor, más descuidado y, para mi desgracia, mucho más atractivo.
El impacto me dura hasta que recuerdo mis pants grises, mi camiseta morada, mis chanclas de pata de gallo y el chongo mal hecho que traigo en la cabeza. Nunca me ha importado demasiado andar desarreglada, pero en este preciso instante me arrepiento de no haberme dado un baño rápido antes de bajar.
—Qué onda, Abuela. Te extrañé muchísimo —dice él, todavía masticando—. Vine a rescatar mi moto antes de que la guacamaya de mi hermana arme un drama con mi mamá.
Se despega del marco de la puerta y se acerca a Rosa para darle un abrazo fuerte.
—Ángel, yo también te extrañé mucho, hijo. Y no le digas guacamaya a tu hermana, por favor. ¿Qué va a pensar mi nueva huésped? ¿Te quedas a cenar?
Excelente. Ahora soy parte de la conversación.
—No puedo, Abu. Voy a ver a mi papá. Al parecer quiere hablar conmigo a solas y eso amerita invitarme unos “drinks” en uno de sus tugurios elegantes —responde, haciendo comillas en el aire con los dedos.
Al terminar, toma otra galleta y le pone leche condensada encima como si estuviera en su casa, cosa que técnicamente no sé si es cierta o no. Denisse hace una mueca de asco.
—Josa, no manches. ¿Qué no puedes agarrar un plato o de perdida una servilleta?
—No lo necesito. ¿Qué no ves que no he tirado ni una morona?
—De verdad eres imposible.
—Y tú eres exagerada.
—Además, sería muy amable de tu parte que dejaras de intimidar a Natalia con la mirada —le suelta Denisse, cruzándose de brazos.
Siento que la cara se me incendia. Si alguien se estaba comiendo a alguien con los ojos, era yo, pero eso no pienso decirlo ni aunque mi vida dependa de ello.
—No empieces, Nisi —contesta él, perdiendo un poco la sonrisa—. No tienes que proteger a todas las personas que conoces de mí.
—Cuando dejes de comportarte como idiota, dejo de hacerlo.
—Ni siquiera la conoces.
—Me cayó bien.
—Llevas dos horas de conocerla.
—Y aun así me cayó mejor que tú en veintitrés años.
Rosa suspira con paciencia de santa agotada.
—De verdad no entiendo por qué ustedes dos no pueden estar más de cinco minutos en el mismo lugar sin pelearse. Además, están haciendo sentir a Natalia bastante incómoda.
—No, no se preocupe —digo rápido, aunque sí estoy incómoda, nerviosa y demasiado consciente de la presencia de su nieto demasiado cerca de mí.
—Natalia, este muchachito, que a veces es un poco maleducado pero bien intencionado, es mi nieto —dice Rosa, ignorando mi intento de mentir por educación—. José Ángel, Natalia. Natalia, José Ángel.
José Ángel.
Ahora entiendo por qué Denisse le dice Josa. No me gusta el apodo, por cierto.
Él se acerca, toma la silla que está a mi lado y se sienta entre Denisse y yo. En los pocos segundos que tarda en hacerlo, no deja de verme. Ya sentado, me despliega una sonrisa de niño a punto de hacer una travesura, y para acabarla de amolar, descubro que tiene hoyuelos.
—Mucho gusto —me dice, extendiendo la mano.