1. La llegada #2
La cara de felicidad y el entusiasmo de Karla al decirme esto me hicieron reír. Tomé el celular que, emocionada, puso en mis manos.
—Qué buena onda. Ojalá ahí encuentre algo, porque cada vez veo más difícil poder irme. Mi papá está a nada de llamar a la universidad para cancelar todo y, honestamente, no podría irme sin su apoyo. Aunque, técnicamente, ya soy mayor de edad, ¿no?
Lo dije haciendo carita de “yo no fui”.
—Ay, ajá, amiga. Ya parece que tú, señorita de su casa Natalia López Govea, te vas a salir de casa de tus papis sin su bendición.
El tono de burla de mi amiga me hizo reír a carcajadas. Tiene toda la razón. Adoro a mis papás y nunca les haría algo así.
—Ten tu teléfono, mensa. Cuando llegue a mi casa reviso con calma desde la compu, porque no tengo cuenta y no quiero gastarme tus preciados datos —le contesté, aún riendo.
Esa misma noche, cuando regresé a casa, lo primero que hice, aparte de cenar y platicar un rato con mi mamá, fue registrarme en Facebook y, ya de paso, en Instagram.
Cinco minutos después encontré lo que estoy segura fue una señal de Dios:
«Se rentan cuartos para señoritas universitarias en Bosques de las Lomas».
Lo de ‘señoritas’ me dio risa y tranquilidad al mismo tiempo. Sonaba anticuado, sí, pero también como algo que mi papá podría aceptar sin infartarse.
Inmediatamente llamé y pedí que me enviaran toda la información por correo electrónico. Digo que fue una señal de Dios porque el lugar sonaba perfecto, y cuando mi papá revisó las fotos y habló con la dueña de la casa, finalmente me dio su bendición para irme.
Por supuesto, su reacción estuvo completamente ligada al hecho de que la señora Rosa, la dueña de la casa, tiene sesenta y siete años, es viuda y explicó detalladamente que los cuartos son exclusivamente para mujeres y que están prohibidas las visitas del sexo opuesto. Eso, aunado a que el precio no era exorbitante, lo convenció.
Accedió a pagar íntegramente la renta siempre y cuando yo viera la manera de obtener dinero extra para mis necesidades esenciales y el material de la escuela.
Traducción: voy a tener que conseguir chamba.
Por eso acomodé mi horario de clases para tener las tardes libres y poder trabajar.
Una hora y media después, el taxi me deja en la puerta de una casa blanca, enorme y opulenta, que no alcanzo a ver muy bien porque la barda que la rodea mide fácilmente cuatro metros de alto y está cubierta por una enredadera. Bajo con el cuerpo entumido, la sudadera arrugada y las ruedas de la maleta llenas de mugre. Por un segundo me dan ganas de revisar la dirección otra vez, porque esta casa no parece el tipo de lugar al que una estudiante becada llega con dos maletas y un presupuesto peligrosamente limitado.
Toco el timbre e inmediatamente escucho el típico “¿Quién?” desde la camarita de la entrada.
—Natalia López. Me están esperando hoy. Soy quien va a rentar uno de los cuartos —exclamo un poco más fuerte de lo requerido.
—Claro. En un momento te abren —dice una voz femenina y chillante del otro lado.
No tengo que esperar mucho. La puerta se abre y, frente a mí, con una sonrisa de oreja a oreja, aparece una chica muy guapa, más o menos de mi edad, alta, delgada, tal vez de un metro setenta y cinco o más. El cabello, muy oscuro, por no decir negro, le cae perfectamente planchado hasta la altura de los codos. Su complexión es extremadamente blanca y delicada; esa clase de piel que parece no haber conocido jamás una desvelada, un granito o una mala decisión. Tiene los ojos grandes. Al parecer son oscuros, pero no alcanzo a distinguir bien por la iluminación.
—¡Hola! —exclama emocionada, extendiéndome la mano para saludarme—. Me llamo Denisse Cuén. ¡Bienvenida a la casa de la abuela Rosa!
Me lo dice riendo, sin soltarme la mano.
—Te estábamos esperando. Me imagino que tardaste en llegar por tanto tráfico. Mi abu ya estaba un poco preocupada, pero le dije: “Abu, no te agobies. Seguro está atorada por ahí. No debe tardar”.
Dice todo eso mientras me quita una maleta de la mano sin preguntarme. Luego se asoma hacia la calle, como si quisiera comprobar con sus propios ojos que el tráfico sigue existiendo.
No sé por qué está tan emocionada de verme. Tal vez así sea de eufórica con todo el mundo, pero se ve buena onda.
—Hola, mucho gusto, Denisse. Sí, el tráfico estaba pesadísimo. Tardé como dos horas más de lo planeado. ¿Puedo pasar? —contesto, intentando sonar amable.
—No manches, pero qué formalidad. ¿Así hablas siempre? Me dijo mi abu que vienes de Aguascalientes, pero no tienes acento. Claro que no tengo idea de cómo hablan allá, pero bueno. Pásale, pásale, que soy una insensata por tenerte aquí afuera con todos tus triques.
Sonrío porque no sé qué otra cosa hacer con tanta información encima. Es irónico que hable de mi acento cuando ella tiene ese tono fresa tan característico que muchas personas detestan. A mí honestamente me da igual. De hecho, me causa mucha gracia escucharla. Tiene muy buena vibra y eso me late.
La entrada de la casa está dividida por un pasillo de piedra y, de cada lado, hay un jardín. De hecho, parece rodearlo todo, aunque no alcanzo a distinguir mucho porque ya está muy oscuro. Hay árboles, arbustos y algunos rosales. Se nota que lo cuidan muy bien.
Denisse no para de hablar mientras caminamos jalando las maletas. Me dice que la casa es de su abuela paterna, que ella no vive aquí —lo cual, curiosamente, me decepciona un poco—, que acaba de regresar de un largo viaje de verano por Europa con su familia y que esa mañana llegó a la ciudad y se vino directo a verla. Es demasiada información en muy poco tiempo, pero no me quejo.
—En un momentito baja mi abu. La dejé en su recámara y supongo que se está poniendo la bata para bajar. Oye, ¿y qué onda? ¿Vas a estudiar en la UIM?
—Sí, Comunicación. De hecho, empiezo el lunes —respondo.
Seguramente ella también entrará a la universidad porque, entre todo lo que me acaba de soltar, entendí que tenemos la misma edad.
—¡Aghhhhh! ¿En serio? ¿Te cae? Qué casualidad. Yo también voy a entrar ahí. Y a la misma carrera. Qué cool.
Lo sabía. Me da gusto que le dé tanta emoción. El grito que se acaba de aventar lo comprueba. Algo me dice que Denisse Cuén será no solo una amiga, sino una persona importante en mi vida. Es una de esas corazonadas que a veces no sé de dónde vienen, pero casi nunca se equivocan.
Todo el piso es de madera y, a mi lado izquierdo, se alcanza a ver una sala enorme. De hecho, hay dos salas de tres piezas cada una, estilo Luis XV, típicas de casa de abuelita. Las mesas de centro se ven muy antiguas y alcanzo a distinguir que tienen grabados en tonos más oscuros. También hay tres vitrinas donde se guardan piezas finas: plata, cristalería y Lladró.
Mi mamá se desmayaría de ver estas cosas porque le encantan. No sé por qué, ya que a mí particularmente no me llaman la atención los adornos ostentosos. De pronto soy demasiado consciente de mi sudadera arrugada, mi cuello adolorido y las ruedas sucias de mi maleta.
Del lado derecho se alcanza a ver un pasillo con un largo tapete persa que, supongo, lleva al área del comedor, aunque no alcanzo a verlo. Al frente hay otro pasillo que pasa a un lado de las escaleras y, me imagino, conduce a otras áreas, incluida la cocina.
Toda la casa se ve vivida, como un hogar. Se siente que alberga recuerdos y momentos especiales. En el vestíbulo hay un mueble alto y varias repisas con una infinidad de fotos familiares. Denisse empieza a indicar quiénes son las personas cuando escucho una voz dulce.
—Natalia, qué gusto que al fin estés con nosotros —dice Rosa, bajando despacio, con una bata color crema y el cabello blanco recogido en un chongo impecable.
No baja con fragilidad, sino con esa calma de quien sabe que toda la casa se mueve a su ritmo. Cuando se acerca para abrazarme, huele a talco y a flores, como si la casa entera hubiera aprendido su perfume.
—Bienvenida a tu nueva casa.
—Gracias. Estoy feliz de haber llegado por fin.
Y es verdad. Aunque también estoy cansada, nerviosa y un poco perdida.
—Denisse, hija, por favor ayuda a Natalia a subir sus cosas al cuarto del fondo y muéstrale el resto de la casa. Aquí las espero para detallar las reglas, porque me imagino que Natalia debe estar cansada.
—Claro que sí, Abu. Vente, Nat —replica Denisse, tomando una de mis maletas.
—Con permiso, señora Rosa —digo, aún medio intimidada, mientras seguimos hacia las escaleras.
—Nada de señora, por favor. Dime solamente Rosa, ¿de acuerdo?
—Okey.
No puedo evitar sentirme tranquila. Tengo miedo, por supuesto, porque al final del día estoy sola en una ciudad enorme que apenas conozco. Pero también me reconforta saber que voy a estar con personas amables y en un lugar tan bello. Solo necesito cambiarme de ropa y darme un baño. Antes de subir el primer escalón, respiro hondo y pienso que tal vez no estoy entrando solamente a una casa, sino a una vida completamente distinta.