Detrás de un sueño 1. La llegada
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Detrás de un sueño

Detrás de un sueño

Por Ces IL

© inepub.com

1. La llegada

Sé que estoy soñando cuando me veo de pie sobre un escenario y hay cientos de personas aplaudiendo. Algunas incluso están de pie, gritando y silbando, y sé que todos esos aplausos van dirigidos a mí, aunque no entiendo por qué.

Por supuesto que es un sueño. Detesto ser el centro de atención y sufro de pánico escénico desde que tengo memoria. De niña me quedaba congelada durante los bailables del Día de las Madres y las asambleas escolares. Con el tiempo, mis maestros se dieron por vencidos y dejaron de escogerme para participar en esos eventos, cosa que les agradecí infinitamente. Lo irónico es que estoy a punto de estudiar Comunicación, como si una parte de mí hubiera decidido jugarme una broma de muy mal gusto.

En fin. Creo que debería disfrutar este sueño, porque dudo mucho que algo así me suceda algún día en la vida real. Justo cuando estoy a punto de hablar y dar las gracias por tan merecida ovación, el aplauso se corta de golpe. En su lugar aparece el rechinido de los frenos, el olor encerrado del autobús y el peso muerto de mi brazo dormido.

Claro está: me quedé dormida. Y para colmo, en una posición incómoda, porque me duele el cuello. Levanto el brazo derecho para sobarme la nuca y creo que ya no sé qué me duele más: si el cuello o el maldito brazo por haberme dormido encima de mi pobre extremidad.

De todas formas, me sobo el cuello y me estiro como gato, cuidando de no pegarle a la pobre señora que viene sentada a mi lado. Desde que se subió al autobús y se acomodó en el asiento del pasillo, recargó la cabeza y se quedó completamente dormida con los brazos cruzados sobre su enorme bolsa de mano. Creo que no se ha movido ni un centímetro. Hasta me dan ganas de verificar si sigue respirando. Me inclino apenas, lo suficiente para ver si su pecho sube y baja. Sí respira. Bien. Una responsabilidad menos en mi primer día de independencia.

El autobús avanza lentamente. Al parecer estamos atorados en el tráfico para cruzar la última caseta de cobro antes de llegar a nuestro destino: la Ciudad de México. Le doy un trago a la botellita de agua que compré antes de salir, muevo un poco la cortina para ver por la ventana y confirmo que, en efecto, estamos atorados en una fila interminable de automóviles que esperan su turno para cruzar.

Me acomodo en el asiento por tercera vez en menos de un minuto, como si cambiar de postura pudiera hacer que el autobús avanzara más rápido. Reviso mi celular y ya tengo señal: me han llegado varios mensajes de mi mamá y de Karla. El último de Karla dice: “Mándame ubicación en cuanto llegues, no te me vayas a perder en la capital, provinciana.” Me río sola, porque puedo escuchar su voz burlona incluso a través de la pantalla. Le contesto con una foto borrosa de la ventana y un “sigo viva”, aunque por dentro no estoy tan segura de estarlo.

Recuerdo haber comprado un boleto de primera clase y creo que a los dueños de la línea de autobuses no les explicaron muy bien lo que significa “primera clase”. Habría sido mejor pagar uno de línea ejecutiva, de esos con asientos enormes y reclinables. Al menos ahí habría podido subir los pies y tal vez hasta escoger un asiento para mí sola. Pero como tengo que cuidar mi tan escaso dinero, no me quedó de otra.

La espera me tiene ansiosa. No dejo de pensar en todo lo que tuve que decidir para llegar hasta aquí. Hace cinco horas, aproximadamente, me despedí de mis papás en la terminal de autobuses. El abrazo de mi mamá sigue pegado a mi cuerpo. Ella me acomodó el cabello detrás de la oreja como si todavía fuera una niña, y mi papá fingió revisar que la maleta estuviera bien cerrada, aunque lo vi limpiarse los ojos con el dorso de la mano.

Hace más o menos un año, cuando me postulé para becas en universidades que tuvieran la carrera de Comunicación, jamás imaginé que me aceptarían. Mucho menos en la UIM, la Universidad Internacional Mexicana. Amo la lectura, las historias, el cine y todo lo que hay detrás. No sé si quiero estar frente a una cámara, detrás de una, escribiendo, produciendo o haciendo quién sabe qué cosa. Lo único que tengo claro es que quiero aprender a contar historias, de la forma que sea, aunque aún no sepa cómo hacerlo sin morirme de miedo en el intento.

Mi papá estaba lívido el día que le enseñé la carta de aceptación y la confirmación de la beca. Leyó la carta dos veces: la primera en silencio y la segunda en voz alta, igual que si pronunciar las palabras pudiera hacer que sonaran menos reales. No le había contado que pensaba intentarlo porque, como dicen por ahí, más vale pedir perdón que permiso.

Mis padres juraban que me iba a quedar en Aguascalientes a estudiar en la universidad pública, pero la verdad es que nunca fue mi intención. Me urgía salir de esa ciudad o moriría de aburrimiento. En Aguas sabía exactamente qué calles tomar, qué caras iba a ver y qué respuestas me iban a dar antes de hacer las preguntas. Y eso, en lugar de tranquilizarme, me ahogaba. Si quería estudiar Comunicación en serio, necesitaba una ciudad donde pasaran cosas. Así que seré una provinciana más dentro del mar de gente que es la capital. Espero no perderme.

Finalmente, después de casi una hora de espera, logramos cruzar la caseta. Entramos por el Estado de México y observo por la ventana los edificios apilados, las casas amontonadas, varios centros comerciales y las múltiples fábricas que rodean la zona.

El contraste de una cuadra a otra me impresiona. Hay un choque de clases, desorden y poca limpieza que, aunque sé que no define a toda la ciudad, sí parece ser el común denominador al entrar por aquí.

Comienza a llover y el tráfico empeora. Parece no tener fin hasta que por fin llegamos al entronque que nos llevará a la Terminal del Norte. Claro que tiene que pasar una hora y media adicional antes de que entremos al andén.

Estoy tan desesperada por llegar que, en lugar de contar ovejas, me pongo a contar cuántos taxis veo en el camino.

La neta, pierdo la cuenta.

Me urge bajar, estirar los pies e ir al baño. El del autobús de plano me dio un buen de asco, así que, en cuanto me entreguen la maleta, voy directo a buscar el más cercano.

La terminal está atiborrada y no tiene nada de especial. Es un galerón enorme lleno de locales comerciales y taquillas. Eso sí, las tiendas venden de todo: abarrotes, curiosidades, revistas, audífonos, cargadores y cualquier cosa que puedas necesitar en una emergencia. Huele a café recalentado, fritanga y piso recién trapeado. Por las bocinas anuncian salidas que apenas se entienden, y todo el mundo parece tener más prisa que yo.

Justo en medio del pasillo por el que entro veo la taquilla de taxis autorizados. La fila para comprar boleto es una verdadera grosería, pero como no pienso salirme de aquí a buscar uno en la calle, tendré que formarme. Veo el precio en la pantalla y hago una resta mental dolorosísima. Adiós a dos comidas decentes esta semana. Intenté pedir uno por aplicación, pero era peor.

Menos mal que fui al baño.

Bien me lo advirtieron mis papás.

Que me cuidara, que no me subiera a taxis de la calle, que si los Uber, que no usara aplicaciones dudosas. Todo el numerito. Pensar en mi papá me recuerda que tengo que avisarle que llegué sana y salva. De inmediato empiezo a debatir si llamarle o mandarle mensaje.

La segunda opción suena mejor.

Si le llamo me va a inundar de preguntas y advertencias.

Termino de escribir el mensaje y ya estoy a dos personas de mi turno. En serio, estoy muerta de cansancio y aún tengo que aventarme todo el camino hasta el poniente de la ciudad.

Por fin, boleto en mano, espero mi turno para subir al taxi. Otros veinte minutos de espera y ya estoy a bordo, rumbo a Bosques de las Lomas.

Conforme avanzamos, la vista de la ciudad se torna más interesante. Ha dejado de llover justo antes de salir de la terminal y se escucha el roce de los automóviles sobre el pavimento mojado. El cielo se está despejando, pero sigue lleno de nubes. Algunos rayos de sol se asoman entre ellas, creando matices rojos y naranjas.

Por un instante, entre el cielo naranja y el reflejo de los coches sobre el pavimento mojado, la ciudad no parece tan intimidante. Casi parece estar dándome la bienvenida.

Falta poco para que oscurezca, así que supongo que la puesta de sol me tocará a bordo de este taxi.

Me pregunto si el cielo siempre se ve así de lindo o si solo sucede cuando llueve. Yo creo que no, porque me han dicho que usualmente la contaminación es fuerte y no deja ver mucho.

El taxista me informa que vamos por Circuito Interior y de ahí subiremos por Reforma para llegar a mi destino.

—Gracias —contesto a secas.

No tengo ganas de entablar conversación con este señor y, además, no tengo idea de las calles por las que navegamos. Prefiero admirar y digerir todo lo que voy viendo en silencio, porque seguro el trayecto será largo.

En este momento vamos a vuelta de rueda.

Definitivamente, lo más difícil que enfrenté al tomar la decisión de venir aquí fue encontrar un lugar donde vivir. Desgraciadamente, en México es difícil encontrar vivienda para estudiantes porque muy pocas universidades cuentan con ese servicio. Los pocos lugares que encontré en internet, o aquellos que me sugirió la universidad, estaban carísimos. Otros quedaban súper lejos y la única opción aparentemente viable era buscar gente ofreciendo compartir depa.

Por supuesto, esa última sugerencia fue un rotundo no cuando se la propuse a mis papás.

Por un segundo creí que tal vez podría convencer a mi mamá y que ella, a su vez, trabajaría el tema con mi papá, pero fue inútil. Ya frustrada y enojada por no tener ni siquiera un pariente lejano viviendo aquí, se me ocurrió revisar clasificados en línea, como me sugirió Karla, mi mejor amiga.

—Nat, ya sé dónde seguro vas a encontrar algo —me dijo una tarde, mega emocionada—. En Facebook Marketplace hay un madral de cosas. Seguro también hay cuartos o lugares para estudiantes.

Soy rara. Casi nunca uso redes sociales, así que ni siquiera se me había ocurrido.