Capítulo 30 El Renacer de las Sombras )
En la penumbra de la habitación, el llanto de Esmeralda finalmente se había apagado por completo, dejando un silencio denso, espeso y cargado de una electricidad estática entre nosotros.
Sentados sobre las sábanas de la cama, el calor de la ducha helada que ella se había dado minutos antes ya no servía como escudo protector.
Ámbar se acomodó aún más a mi cuerpo, buscando de forma instintiva mi protección física contra la noche, y levantó la cabeza despacio para mirarme fijamente a los ojos.
En sus ojos café claros vi una rendición absoluta, una entrega biológica que no admitía más barreras.
Con la voz empañada y áspera por el llanto reciente, me dio las gracias en un susurro por estar ahí con ellas...
y para ellas. No respondí con palabras. La besé.
Esa era la única respuesta real y contundente que le podía dar en ese momento de mi vida.
La atraje más a mi anatomía con mis brazos fuertes, necesitando con urgencia sentir su calor directo contra mi pecho.
Ese contacto directo, sin distancias de seguridad, comenzó a despertar partes de mi cuerpo que el frío del agua de su ducha había intentado aplacar en vano.
El beso fue subiendo de nivel con una rapidez quirúrgica, volviéndose más profundo, más hambriento, perdiendo cualquier rastro de la farsa hospitalaria que manteníamos ante los directivos.
Ella, respondiendo a la misma corriente eléctrica que nos calcinaba, comenzó a acariciarme el pecho y los brazos firmes; sus pequeñas manos, temblorosas pero decididas, llegaban hasta mi ombligo y subían de nuevo por la tela de mi playera, haciéndome jadear contra sus labios tibios.
Inyectado de adrenalina en ese punto de la madrugada, encontré que mi camiseta negra estorbaba demasiado para mis propósitos.
Deslicé mis manos grandes y cálidas por debajo del dobladillo de su pijama y, por primera vez en todos estos meses de luto y distancia, toqué su piel viva, suave y encendida.
Recorrí con la yema de mis dedos toda su espalda, sintiendo el inicio de sus senos y el costado firme de sus nalgas en un roce firme que la hizo soltar un gemido ahogado contra mi boca.
A través de la tela de mi pantalón de chándal gris, podía sentir el calor abrasador que emanaba de su centro, y un olor dulce, limpio y puramente femenino que inundó el espacio me hizo comprender, con mi instinto de hombre, que estaba completamente excitada.
Estaba entregada a mí. Me detuve apenas un milímetro, con los labios rozando el lóbulo de su oído pecoso, reuniendo la poca cordura médica que me quedaba para darle una última oportunidad biológica de retroceder.
—Si quieres parar esto... páralo ahora mismo, Ámbar —le dije entre besos cortos en el cuello, con mi barítono transformado en un susurro ronco, pesado y entrecortado—. Porque no me puedo contener más, mi princesa. De verdad no puedo.
—No lo hagas... No te detengas —me dijo ella, mirándome en la oscuridad con una fijeza letal que eliminó cualquier duda o fantasma de mi mente.
Y fue ahí donde me saqué la camiseta negra de un solo tirón rudo, la arrojé al suelo de madera y retiré suavemente la tela de su pijama en la penumbra.
La vi en todo su esplendor bajo la tenue luz dorada que entraba por las rendijas de la ventana.
Sus senos perfectos, firmes y expuestos ante mis ojos de cirujano, tiritaban levemente; solo la cubría la fina tela de su intimidad.
El luto familiar y el pasado de Canadá quedaron sepultados para siempre en ese piso de Trastevere.
Nos entregamos el uno al otro con una pasión feroz, salvaje, sellando un pacto de carne y fuego que transformó nuestra farsa legal en la verdad más absoluta e irrevocable de nuestras vidas.
Cuando la luz del amanecer romano entró finalmente por las rendijas del ventanal, tiñendo el cuarto de un tono dorado y cálido, me desperté antes de que el sol terminara de salir por completo sobre las cúpulas.
Ámbar dormía profundamente con la cabeza apoyada directamente en mi pecho, completamente protegida por la anchura de mis brazos y el peso de las sábanas.
Miré de reojo hacia la cuna de mimbre: Esmeralda respiraba de forma rítmica, con la temperatura corporal en perfecto orden.
El peligro biológico había pasado en todos los frentes de la casa.
Me incliné despacio y le di un beso corto en la sien a mi esposa.
Hoy era, afortunadamente, nuestro día libre de guardias.
—Hoy empezaremos a cambiar este lugar por completo, mia principessa —le susurré al oído cuando la vi abrir los ojos perezosamente y sonreírme con ternura—. Pintaremos las paredes y cambiaremos los muebles antiguos. Este apartamento ya no es un refugio temporal de Canadá. Es nuestro verdadero hogar.
* * *