Detrás de tu rostro Capítulo 29 El Refugio en el Pecho
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Capítulo 29 El Refugio en el Pecho

La madrugada avanzó a zarpazos lentos, rompiendo nuestro descanso con una crueldad metódica que ponía a prueba nuestros nervios médicos.

La pequeña Esmeralda despertó varias veces en la penumbra de la habitación, quejándose con un llanto débil, ahogado y febril que nos ponía a los dos de pie al mismo tiempo en un resorte perfecto.

Nos turnábamos las tareas en absoluto silencio en medio de las sombras del cuarto: cambiar compresas frías en su frente, revisar la permeabilidad de la vía intravenosa y arrullarla contra el pecho hasta que el termómetro digital volvía a ceder un par de líneas.

En cada uno de esos relevos físicos, la cercanía con Ámbar se volvía más densa, magnética y asfixiante, cargada del aroma limpio al agua helada con la que se había bañado y de la tensión eléctrica que flotaba entre nuestras ropas.

En una de esas oportunidades, tras lograr finalmente que la bebé conciliara un sueño saludable cerca de las cuatro de la mañana, regresé a mi lado exacto de la cama.

Esperé unos minutos en silencio, pero no la sentí llegar a mi lado.

El colchón no se movió lo más mínimo. Me incorporé despacio sobre los codos, con los ojos oscuros ya habituados a las sombras de la habitación.

Al mirar hacia el gran ventanal, la vi de inmediato.

Estaba de pie frente al cristal, con los brazos cruzados firmemente sobre el pecho, abrazándose a sí misma como queriendo contener un frío interno que venía desde el alma.

Miraba fijamente hacia las calles vacías y mojadas de Trastevere, absorta por completo en sus pensamientos, flotando en ese océano de culpa moral y luto familiar que la perseguía desde la tragedia de Canadá.

Me levanté de la cama sin hacer el menor ruido.

Mis pies descalzos no delataron mi avance firme sobre la alfombra rústica.

Ella ni siquiera sintió mi cercanía cuando lo hice.

Me coloqué justo detrás de su silueta robusta, rodeé su cintura con mis brazos fuertes y la abracé firmemente por la espalda, atrayéndola con una inercia impositiva contra mi pecho desnudo.

Escondí mi cara en el hueco cálido de su cuello, respirando la fragancia de su piel limpia.

—¿Qué te pasa, mia principessa? —le pregunté en un susurro ronco, dejando que mi aliento rozara el lóbulo de su oreja.

Su cuerpo entero se tensó por una fracción de segundo bajo mis manos, como si quisiera huir del estímulo, pero luego se derrumbó por completo sobre mí. Ámbar comenzó a llorar en un absoluto silencio, con los hombros sacudiéndose de forma desgarradora bajo mis dedos largos de cirujano.

—Tengo mucho miedo, Stefano... Un miedo atroz de que le pase algo malo a la niña —confesó con la voz completamente rota, ahogando los sollozos contra el cristal—.

No quiero sufrir otra pérdida en mi vida.

Perder a Jade casi me arranca el alma del cuerpo...

No soportaría que la muerte me quitara también a Esmeralda.

De verdad, Stefano, no lo soportaría, me volvería loca.

Mientras hablaba con desespero, deslizó sus manos temblorosas hacia abajo y las colocó directamente sobre las mías, apretando mis dedos grandes contra su vientre con una fuerza desgarradora.

Ahí lo entendí todo con total claridad clínica.

En la penumbra de esa habitación romana, sentí un vuelco salvaje en el pecho que me reajustó la vida para siempre.

Por primera vez en meses de farsa, ella no estaba huyendo de mí, ni marcando distancias de seguridad.

No estaba levantando muros legales ni barreras morales de luto.

Se estaba apoyando con total confianza en mi cuerpo.

Estaba entregándome sus miedos más oscuros y primitivos, aceptando finalmente que yo era el único ancla que necesitaba en este mundo para no ahogarse en su propio dolor.

La abracé con más fuerza aún, pegándola por completo a mi anatomía, queriendo ser el escudo biológico que la protegiera de sus propios fantasmas.

—No tengas miedo nunca más, mia principessa —le dije directo al oído, con un barítono cargado de una autoridad absoluta, gélida y ferozmente protectora—.

Esmeralda posee a sus padres, dos doctores que harían lo imposible y moverían el cielo y la tierra por su salud.

No te va a faltar nada a mi lado. Así que no llores más en la oscuridad.

Sin darle tiempo a replicar ni armar una coartada racional, la cargué por completo entre mis brazos, levantando su cuerpo robusto y de curvas firmes con una inercia natural.

Caminé con paso firme hacia la cama y nos acosté a los dos bajo las sábanas.

La apreté con firmeza a mi costado, envolviéndola por completo con mis piernas y mis brazos fuertes, y ella, lejos de resistirse o protestar por la invasión, soltó un largo suspiro de alivio y se acomodó a la perfección en el hueco de mi pecho,

escondiendo el rostro empapado en la tela de mi playera negra.

Nos quedamos así durante una hora, escuchando la respiración rítmica y saludable de la bebé en la cuna de mimbre.

Con mi mano libre, comencé a trazar figuras invisibles con la yema de mis dedos en la parte baja de su espalda, subiendo y bajando por la tela fina de su pijama, mientras le daba besos cortos, tiernos y posesivos en la sien húmeda. La tormenta estaba por terminar.

* * *