Capítulo 28 La Guardia de la Noche
El resto de la tarde transcurría en un compás de espera tenso, denso pero estrictamente controlado bajo el monitoreo médico.
Ni Jade ni Stefano se separaron un solo segundo del cubículo de aislamiento de la guardería hasta que las luces principales del Hospital Umberto I comenzaron a atenuarse de forma automática, marcando el final oficial de sus extenuantes turnos.
Esmeralda ya dormía profundamente, con la temperatura completamente estabilizada gracias a los fármacos intravenosos, pero el susto biológico había sido demasiado grande para ambos.
El regreso al apartamento de Trastevere se dio bajo un pacto silencioso y absoluto: ninguno de los dos estaba dispuesto a perder de vista a la recién nacida ni por un solo instante.
Al cruzar el umbral de la puerta principal, en lugar de dividirse las tareas como solían hacer al principio, los tres se dirigieron en un bloque compacto hacia la habitación de la pequeña.
Acomodaron a Esmeralda en su cuna de mimbre con un cuidado casi religioso.
Stefano se instaló de inmediato en una silla de madera junto al mueble clínico, cruzando las piernas y clavando sus ojos oscuros en el pecho de la bebé, vigilando de forma obsesiva el ritmo constante y saludable de su respiración.
—Iré a preparar algo rápido y sencillo de comer para los dos —susurró Jade, dándole una última mirada de alivio a su hija antes de salir en silencio hacia la cocina.
Preparó unos emparedados calientes en la plancha de hierro y sirvió dos vasos grandes de agua fresca.
No había energía física para elaborar nada más.
Cuando regresó a la habitación infantil portando la bandeja, compartieron los alimentos en un silencio espeso, casi sagrado, interrumpiendo las mordidas a cada momento para girar la cabeza de forma sincronizada hacia la cuna, asegurándose con la mirada de que la fiebre no regresara a traición.
Al terminar el último bocado, Stefano dejó su plato sobre la mesa de noche metálica y se puso de pie cuan alto era, estirando su imponente anatomía de cirujano.
Su barítono profundo bajó a un susurro rudo que no admitía réplicas ni debates morales.
—Dormiré aquí mismo esta noche —sentenció, mirándola con una fijeza que le recorrió la espina dorsal—. Quiero estar a solo un centímetro de Esmeralda. Por si la temperatura corporal vuelve a subir de golpe en medio de la madrugada.
Jade lo miró fijamente, sintiendo el cansancio acumulado aplastándole los hombros firmes.
Ante la lógica aplastante del especialista médico y el instinto ferozmente protector del padre, no pudo encontrar ninguna razón para decirle que no.
Después de todo lo que había pasado entre ellos en la cocina esa misma mañana, la idea de tener su cuerpo cerca ya no la asustaba en absoluto; la reconfortaba de una manera que la hacía sentir a salvo.
—Está bien —asintió ella en un susurro, suavizando la mirada café claro—. Ve a bañarte primero, yo me encargo de vigilar su pulso mientras tanto.
Stefano asintió levemente con la cabeza y salió de la habitación con pasos completamente silenciosos.
Jade se sentó en la silla de cuero que él había dejado vacía, acariciando con delicadeza los pequeños dedos regordetes de Esmeralda, sintiendo una paz interna que no recordaba haber tenido en meses de asfixia en Canadá.
Unos quince minutos después, la puerta de madera se abrió despacio.
Jade levantó la vista de la cuna y el aire se le atoró por completo en la garganta.
Stefano entraba al cuarto luciendo únicamente un pantalón de chándal gris holgado que descansaba bajo sus caderas y una playera negra de algodón sumamente pegada al cuerpo.
El tejido elástico se amoldaba a la perfección a la anchura colosal de sus hombros, marcando con total nitidez el relieve de sus pectorales y los brazos firmes, venosos y potentes de cirujano.
El cabello oscuro le caía levemente húmedo sobre la frente, desprendiendo un aroma limpio a jabón rústico, agua y menta.
La visión de ese hombre en la penumbra de la habitación hizo que el cuerpo de Jade reaccionara de inmediato, con una vibración eléctrica y caliente que le recorrió el vientre.
La abstinencia forzada de tantos meses de soledad, miedo, insultos y aislamiento psicológico en Canadá finalmente le estaba pasando una factura biológica de golpe a todos sus sentidos.
El calor le subió a las mejillas con tanta violencia que tuvo un miedo real de que Stefano pudiera escuchar los latidos desbocados de su propio corazón contra las costillas.
Se puso de pie de un salto, intentando ocultar de forma torpe la súbita agitación que la dominaba.
—Me toca a mí —consiguió articular con la voz un tanto tensa y rasgada, sin atreverse a mirarlo directamente a los ojos oscuros mientras pasaba a su lado exacto hacia la salida.
Buscó su ropa limpia en el clóset con movimientos rápidos y se encerró de inmediato en el baño, pasando el cerrojo de seguridad.
Apoyó la espalda contra la madera fría, respirando hondo, sintiendo el eco del beso de la mañana y la imponente cercanía física del italiano atrapada en su mente.
Sin pensarlo dos veces, abrió la llave de la ducha y programó el selector en la temperatura más baja disponible.
Necesitaba con urgencia que el agua helada le enfriara la piel ardiendo y le devolviera el control absoluto de su razón.
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