Detrás de tu rostro Capítulo 27 La Palabra Sagrada
73%

Capítulo 27 La Palabra Sagrada

Las paredes de la guardería médica parecieron encogerse bajo el peso de la tensión que Stefano emanaba.

Su respiración era fuerte, cortante, y el aura de hostilidad protectora mantenía a las enfermeras a una distancia prudencial.

Jade, sosteniendo el cuerpo tembloroso de Esmeralda contra la camilla, fijó sus ojos café claros en las facciones endurecidas del cirujano.

Sabía que la ira de Stefano no era más que el escudo de un miedo atroz a perder lo que tanto le había costado construir en Roma.

—Stefano, mírame —le ordenó en un susurro firme.

Él levantó la vista de la jeringa pediátrica y la miró. El bloque de hielo de su rostro se había quebrado; sus ojos oscuros reflejaban una cara de preocupación tan profunda y descarnada que no dejaba espacio a ninguna discusión. Estaba aterrado.

—Cálmate, ¿sí? —continuó Jade, suavizando la voz mientras le sostenía la mirada con una ternura infinita—. Nuestra hija estará bien.

Al escuchar la palabra nuestra, el cambio en Stefano fue inmediato.

Sus hombros imponentes bajaron un par de centímetros, la rigidez de su mandíbula cedió y toda la furia defensiva que lo consumía se relajó de golpe.

El reconocimiento explícito de su paternidad, dicho en voz alta en medio del peligro, actuó como el bálsamo que su mente necesitaba.

—Está bien —dijo él, con su barítono recuperando el control profesional.

Asintió despacio y comenzó con su trabajo.

Sus manos grandes y fuertes se movieron con una precisión milimétrica sobre la piel delicada de la bebé.

Cuando la aguja ingresó y la pequeña Esmeralda soltó un llanto agudo y herido por el pinchazo, el corazón de ambos padres de un vuelco, pero Stefano no flaqueó.

Con su mano libre, acarició la cabecita de la niña, conteniéndola con una voz ronca que desbordaba un amor puro y posesivo.

—Ya, mi amor... Papá está aquí. Tranquila, cariño, ya pasará, mi bebé —le arrullaba en un susurro constante, ignorando por completo la presencia de los residentes que observaban desde la puerta.

Con rapidez clínica, Stefano sacó la muestra de sangre y le dejó la vía intravenosa perfectamente puesta para comenzar a ingresarle el medicamento para bajar la fiebre.

No confió los tubos de ensayo a nadie. Él mismo tomó las muestras y caminó con paso dominante hacia los laboratorios del hospital, exigiendo un procesamiento inmediato bajo su sticta supervisión.

Fueron los cuarenta minutos más largos en la vida de Jade.

Se quedó sentada junto a la cuna en la guardería, viendo cómo el fármaco estabilizaba poco a poco la temperatura de Esmeralda, cuya respiración se volvía cada vez más tranquila.

La puerta se abrió con un golpe seco. Stefano entró al cubículo sosteniendo los resultados impresos en la mano.

Jade se puso de pie de un salto, con el alma en un hilo.

Al ver el rostro del italiano, la máscara de piedra ya no estaba; una luz de alivio absoluto suavizaba sus rasgos.

Stefano dejó los papeles sobre la mesa, dio un paso largo y abrazó a su esposa, rodeándola con sus brazos fuertes y suspirando de alivio contra su cabello.

—Estará bien, mia principessa... Estará bien —le dijo, y Jade sintió el latido acelerado de su pecho—. Es solo un virus estacional. La analítica está limpia de bacterias. En un par de días la fiebre habrá desaparecido por completo.

Al escuchar el diagnóstico, la coraza de fortaleza que Jade había mantenido desde que entró corriendo al segundo piso se rompió. Se aferró a él con todas sus fuerzas, hundiendo el rostro en su uniforme quirúrgico azul, y se puso a llorar de alivio puro, dejando salir todo el terror acumulado.

—Ya, mi amor... Ya pasó. Nuestra pequeña estará bien —la consolaba Stefano, estrechándola aún más contra su cuerpo, negándose a soltarla.

—Tenía miedo, Stefano... Mucho miedo —sollozó ella, temblando entre sus brazos. Stefano se separó de ella apenas unos milímetros. Con una delicadeza infinita, comenzó a darle varios besos cortos y húmedos en la frente, en las mejillas y en los labios, buscando tranquilizarla.

* * *