Capítulo 26 El Escudo de la Sangre
El Hospital Umberto I los recibió esa tarde con su habitual torrente de pasos apresurados, murmullos densos y el tintineo constante de las bandejas metálicas en los pasillos de mármol.
Sin embargo, la dinámica interna entre ellos era completamente diferente.
Cruzaron las puertas automáticas de cristal juntos, caminando como una verdadera familia consolidada.
Stefano iba al frente, imponente y soberbio, cargando con una naturalidad asombrosa el portabebés donde Esmeralda dormía plácidamente.
Jade caminaba a su lado exacto, con la espalda recta, los hombros relajados y una seguridad nueva y brillante reflejada en sus ojos café claros.
La farsa se había disuelto; ahora caminaban sobre terreno firme.
Subieron directamente en el ascensor hacia el segundo nivel para dejar a la pequeña en la guardería del personal médico.
Antes de entregar el portabebés a la enfermera de turno, Stefano se inclinó sobre la cuna acristalada, acomodándole los pliegues de la manta rosa con una delicadeza extrema que solo sus dos mujeres conocían.
—Mamá y papá irán a trabajar ahora, mia piccola. En unas horas pasaremos a verte, ¿está bien? —le susurró con su barítono profundo, sellando una promesa que Jade guardó en lo más profundo de su corazón como un tesoro.
Ambos se dirigieron hacia el distribuidor central para comenzar sus respectivos turnos en las diferentes áreas del complejo.
Justo antes de que las puertas metálicas del ascensor se abrieran para separarlos, Stefano se giró hacia ella con un movimiento fluido.
La tomó suavemente de la cintura, acortando la distancia en medio de un pasillo semivacío, ajeno a las miradas.
—Cuídate mucho, mia principessa —le dijo, regalándole un beso robado y profundo en los labios, seguido de un guiño de ojo cargado de una complicidad electrizante.
Fue un instante efímero, un oasis de calidez.
Apenas las puertas del ascensor se abrieron en su planta, la mirada de Stefano cambió de golpe, de forma radical.
Como si se colocara una máscara de acero balístico, su rostro adoptó de inmediato esa faceta de hombre frío, distante, calculador e implacable por la que era tan temido y respetado en todo el hospital.
Se marchó hacia los quirófanos principales con su andar dominante, dejando atrás al esposo devoto para volver a ser el cirujano cirujano gélido.
Por su parte, Jade se sumergió de lleno en su rutina del departamento de pediatría.
El flujo de pacientes marchaba en orden y con total normalidad durante las primeras horas.
Su primera tarea de la tarde fue revisar minuciosamente al pequeño herido del caótico accidente del autobús escolar del día anterior; al verificar los monitores de signos vitales y la saturación, confirmó con un inmenso alivio que el niño estaba completamente estable,
respondiendo al tratamiento y fuera de cualquier peligro vital.
Los padres, con lágrimas de gratitud en los ojos, se acercaron a ella para llenarla de bendiciones y agradecimientos.
La calma, sin embargo, duró muy poco en el Umberto I.
A mitad de la tarde, el teléfono celular de Jade comenzó a vibrar con un patrón de alerta continuo en el bolsillo de su bata.
Al contestar, la voz visiblemente preocupada y alterada de la encargada de la guardería encendió todas sus alarmas maternas: Esmeralda había levantado una fiebre súbita, agresiva y muy alta.
Jade no lo pensó dos veces. Dejó las notas médicas sobre el mostrador y corrió a toda velocidad hacia las escaleras de emergencia en dirección al segundo piso, con el corazón golpeándole las costillas como un tambor desbocado.
Al cruzar la puerta de la estancia infantil, se topó con una escena que la detuvo en seco.
Stefano ya estaba allí. Su enorme y robusta silueta dominaba por completo el centro de la sala médica de la guardería, luciendo imponente mientras dictaba órdenes de forma tajante y autoritaria al personal de enfermería.
Estaba averiguando minuciosamente qué había pasado, ya que la niña estaba ardiendo en fiebre, marcando casi cuarenta grados en el termómetro digital.
Con su mentalidad médica y su instinto ferozmente protector, Stefano ya se había adelantado al desastre, mandando a realizar de inmediato todos los exámenes de laboratorio y analíticas de sangre posibles.
—Necesitamos una vía periférica y analgésicos intravenosos ya mismo —ordenó Stefano con la mandíbula apretada, los ojos oscuros fijos en la bebé, que lloraba con un quejido débil, ahogado y desgarrador.
Ahora venía la parte más difícil, invasiva y dolorosa para cualquier padre: contener firmemente el pequeño cuerpo de la recién nacida para poder sacarle una muestra de sangre de la vena.
Jade se acercó a la mesa clínica con los ojos empañados por una angustia terrible, pero obligando a sus manos de doctora a mantener la firmeza.
Se inclinó sobre la camilla y sostuvo con total delicadeza el cuerpo de Esmeralda, hablándole al oído en un susurro constante para intentar calmar su llanto, mientras Stefano preparaba con dedos rápidos la aguja pediátrica.
En ese momento de tensión, una enfermera experimentada del área se acercó cautelosamente a la camilla.
—Doctor Caccini, si me lo permite, yo realizaré la punción. Sé perfectamente que es sumamente difícil pinchar a su propio familiar... —ofreció la mujer con amabilidad.
Stefano se giró hacia ella de golpe, dedicándole una mirada tan letal, fría y cargada de una violencia territorial que la enfermera dio un paso atrás por puro instinto de supervivencia.
Su instinto de protección animal se había desbordado por completo ante el dolor de la bebé.
No iba a permitir que nadie más tocara a su sangre.
—De mi hija nos encargamos mi mujer y yo —sentenció Stefano con una voz ronca, enojada, profunda y peligrosamente protectora que retumbó en las cuatro paredes de la habitación—. ¡Nadie más la toca! ¿Entendieron?
El personal de la guardería asintió en un absoluto y respetuoso silencio.
Jade miró a Stefano a través de la cortina de sus lágrimas, sintiendo un calor inmenso e indestructible instalarse en su pecho en medio de la angustia.
Ya no quedaba espacio para las dudas morales ni los fantasmas del pasado; ese hombre era, en toda la extensión de la palabra, el verdadero padre de su hija.
* * *