Detrás de tu rostro Capítulo 25 El Nuevo Reino -
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Capítulo 25 El Nuevo Reino -

—Mia principessa —le susurré en mi idioma natal, dejando que las palabras rozaran sus labios tibios, aún húmedos por el beso—.

Así te llamaré desde hoy en la más estricta intimidad de este apartamento.

No vas a escuchar ese otro nombre de mi boca cuando estemos a solas.

No quiero que sientas ni por un segundo que estás usurpando un lugar que es tuyo por derecho propio de amor. Eres mi princesa, Ámbar. Solo mía.

Ella me miró con los ojos café claros muy abiertos, asimilando el peso y la seriedad de mi declaración.

Su respiración se había normalizado poco a poco, pero la calidez de su piel seguía quemándome los dedos.

Deslicé mis manos despacio desde su rostro hacia sus hombros firmes, manteniéndola pegada a mi cuerpo, sintiendo que finalmente el grueso hielo de la culpa entre los dos se estaba resquebrajando por completo.

—Si de verdad quieres, vendemos este apartamento mañana mismo —le propuse, mirando de reojo las paredes altas que alguna vez decoré pensando en otra vida muy distinta—.

Buscaremos otra casa grande, en la zona que tú elijas de Roma.

Un lugar desde cero, para que te sientas completamente cómoda, libre y dejes atrás definitivamente los fantasmas del pasado.

Jade sacudió la cabeza despacio, mirándome con una suavidad y una entrega que me desarmó por completo el pecho.

—No... —me respondió con voz queda pero sumamente decidida—. No quiero que vendas esta casa, Stefano. Es cómoda, es hermosa y me gusta mucho estar aquí contigo.

Una sonrisa de medio lado, la primera en mucho tiempo que nacía desde la paz real y no desde la ironía protectora, se dibujó en mi rostro. La pegué un poco más a mi cuerpo, sintiendo cómo sus curvas robustas se amoldaban a la perfección contra mi pecho.

—Está bien, cara —le dije, suavizando mi barítono—.

Entonces la arreglaremos juntos. Compraremos muebles nuevos, quitaremos lo antiguo y la pintaremos con los colores cálidos que a ti te gusten para que sientas que es tu territorio.

Porque esta casa es oficialmente tuya, Jade.

Y yo soy tu esposo. Esta es nuestra familia. Nuestra. De nadie más en este mundo.

Terminé de sellar el juramento volviendo a inclinarme para besarla.

Pero esta vez, el beso no fue una iniciativa solo mía.

Jade soltó un leve suspiro entre mis labios y me rodeó el cuello con sus brazos fuertes, aferrándose a mí con una fuerza que me tomó por sorpresa.

Sus dedos se enredaron en mi cabello oscuro mientras me atraía más hacia su cuerpo, pegando sus curvas contra mi uniforme médico.

La timidez y la culpa moral que la habían mantenido estática durante semanas se esfumaron por completo, reemplazadas por una necesidad hambrienta, mutua y eléctrica.

No queríamos soltarnos por nada. El beso se volvió profundo, adictivo, un reclamo silencioso de dos almas que habían encontrado su salvavidas en medio del luto.

Queriendo seguir besándonos por horas en la cocina, olvidamos por completo el reloj, el turno y el hospital.

Sin embargo, desde el sofá de la sala, un pequeño carraspeo seguido de un balbuceo exigente interrumpió la atmósfera densa.

Esmeralda había terminado de jugar con su móvil de tela y comenzaba a agitar las piernas con fuerza, solicitando atención alimentaria de inmediato.

Jade se separó de mis labios a regañadientes, con las mejillas encendidas por el rubor y una sonrisa hermosa que me devolvió la vida entera.

—Alguien tiene mucha hambre de nuevo —susurró ella, acomodándose el moño alto con manos ligeramente temblorosas pero llenas de una felicidad nueva.