Detrás de tu rostro Capítulo 24 La Anatomía de la Diferencia
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Capítulo 24 La Anatomía de la Diferencia

Escucharla llorar de esa manera tan desgarradora, rota por una culpa moral impuesta por ella misma, fue mi límite absoluto de paciencia.

No aguanté más su distancia ficticia. Di dos pasos largos, arrinconándola por completo contra la encimera de la cocina, anulando cualquier espacio de huida.

La tomé firmemente de la cara con mis manos grandes, obligándola a levantar la cabeza hacia mí, y con mis pulgares comencé a limpiar con delicadeza los restos de lágrimas calientes que seguían manchando sus mejillas.

Su piel estaba ardiendo, su respiración agitada golpeaba de lleno mi pecho desnudo.

—No le estás robando absolutamente nada a tu hermana, Ámbar.

Nada —le dije. Mi barítono profundo vibraba con una intensidad oscura que hizo que dejara de sollozar por la sorpresa del tono—.

Sí, se parecen físicamente ante el ojo descuidado de un extraño.

Sí, comparten la misma silueta y la misma estatura.

¿Pero quieres que te diga la verdad clínica?

Tú tienes unas motas claras y doradas en el iris de los ojos, ella no las tenía.

Tú tienes tres pecas pequeñas en la frente, ella no las tenía en su piel.

A ella le importaba un demonio la cocina, a ti te apasiona y te da paz.

A ella no le gustaba amarrarse el pelo porque le molestaba, a ti te encanta andar por la casa con ese moño alto.

Tus besos... tus besos son tiernos, dulces y adictivos.

Los de ella eran un torbellino, no eran así.

Ahora mírame y dime si realmente se parecen.

¿Por qué demonios no lo aceptas? Son radicalmente diferentes en muchos sentidos, Ámbar.

Tu carácter es mucho más dócil, cálido y protector que el de ella.

¿Tener hijos? Claro que los tendré en el futuro, pero los tendré con mi única esposa.

Solo con ella. Y mi esposa real eres tú.

Un maldito nombre modificado en un pasaporte de Canadá no cambia la esencia de la persona que eres.

¿Quieres más pruebas físicas de que te veo a ti y solo a ti?

Cuando trabajas bajo presión y piensas un diagnóstico, te muerdes el labio inferior; ella mordía un lápiz con nerviosismo.

Hay demasiadas diferencias sutiles que solo una persona a la que realmente le interesas se fijaría con este celo.

Y yo... yo estoy profundamente interesado en ti.

En la mujer de carne y hueso, no en el nombre legal que llevas para el hospital.

Siendo Ámbar o siendo Jade, eres la misma persona magnética para mí.

Su pulso se disparó por las nubes debajo de mis dedos largos.

Pude ver con total claridad cómo la muralla de culpa que había construido meticulosamente durante semanas comenzaba a desmoronarse ante la evidencia científica de que yo la conocía a ella mejor de lo que ella misma se conocía.

Me incliné un poco más, reduciendo el espacio a la nada, asegurándome de que mi mirada gélida quemara cada una de sus dudas.

—Esmeralda es mi hija —sentencié, y mi voz bajó a un susurro peligroso, ronco y posesivo—.

Nunca más en tu vida vuelvas a decir que no lo es ante mí, porque ella es de mi propiedad y de mi cuidado.

Y tú eres mi esposa ante mi corazón. La única esposa que tendré en mi vida, y la única con la que tendré hijos el día de mañana en esta ciudad.

Terminé de decírselo y, antes de que pudiera formular una sola excusa legal o moral más, acorté la distancia y la besé.

No fue un beso robado para los pasillos, ni un juego fingido para los directivos del Hospital Umberto I.

Fue un beso cargado de una ternura infinita, lento, profundo, posesivo, demostrándole con el movimiento firme de mis labios todo lo que ella me importaba.

Quería que sintiera el peso real de mi promesa, que entendiera de una vez por todas que el teatro se había terminado entre nosotros y que la farsa ahora se convertía en la verdad más absoluta de nuestras vidas en Roma.

* * *