Capítulo 23 El Reflejo Roto
Mis palabras, lejos de calmar su agitación, actuaron como el detonante implacable de una presa contenida durante semanas de luto y miedo.
Jade se soltó de mi agarre con un movimiento brusco, dando dos pasos hacia atrás hasta chocar de espaldas contra la encimera rústica de la cocina.
Sus manos temblaban visiblemente y los ojos café claro, idénticos a los que alguna vez me miraron con picardía romana, ahora se desbordaban en lágrimas calientes que rodaban sin control por sus mejillas pecosas.
—¡No puedo, Stefano! —gritó en un susurro ahogado, cuidando instintivamente de no despertar a la bebé en el sofá, pero con una fuerza interna que me golpeó directo en el pecho—.
¡Cada maldito rincón de este apartamento me recuerda que estoy invadiendo algo que no me pertenece!
Es de Jade. Todo esto era originalmente de ella.
Yo soy la extraña aquí. La intrusa que está usurpando su identidad ante el mundo, viviendo en su apartamento, durmiendo bajo su techo...
Me casé con el novio de mi hermana fallecida, Stefano.
¡Me casé con el hombre que ella amaba y con el que quería pasar su vida!
Intenté dar un paso largo hacia ella para sostenerla entre mis brazos, para callar su pánico moral con el calor de mi cuerpo, pero me detuvo levantando una mano temblorosa, con las palmas extendidas, tiritando de dolor puro.
—¡No puedo! ¡No me pidas que me acostumbre porque moralmente no puedo!
—continuó, y su voz se quebró por completo, dejando salir a la Ámbar herida, rota y maltratada de Canadá—.
Tú estás actuando así conmigo únicamente porque me parezco a ella.
Dices que somos diferentes para convencerte, pero estás así porque físicamente somos iguales.
Compartimos la misma cara, los mismos ojos, las mismas pecas, los mismos gestos...
Por eso estás así. Porque en mí no me ves a mí, Stefano.
No ves a Ámbar. ¡Ves a Jade a través de mí como un fantasma!
Y yo lo sé perfectamente. Sé que es así aunque intentes negarlo para limpiar tu culpa.
Cada una de sus palabras caía en el silencio de la cocina con el peso aplastante de una sentencia de muerte. Me mantuve firme en mi sitio, absorbiendo su dolor y su llanto, sintiendo cómo mi propia mandíbula se tensaba hasta doler bajo la piel.
—No puedo hacer mención de que eres mi esposo en los pasillos del hospital porque legalmente no lo eres —sollozó, tapándose la cara con las manos, aplastada por la culpa moral que la carcomía por dentro—.
Eres el esposo de Jade. El compañero de Jade.
Y no quiero... de verdad no quiero que Esmeralda se encariñe contigo de esa manera.
Me duele profundamente decírtelo, pero no quiero que se acostumbre a tu presencia porque yo quiero que tú rehagas tu vida de verdad.
Quiero que tengas tus propios hijos de sangre, tus propios bebés de tu propia herencia, y que lo hagas libre, sin la sombra de mi hermana persiguiéndote a cada instante.
Se quedó allí, encogida contra el mueble de madera de la cocina, llorando con el cuerpo entero, desgarrada por una contradicción interna que la estaba matando en vida.
Yo la miraba en un silencio absoluto, con el barítono bloqueado en mi garganta por la intensidad del momento.
Detrás de toda su furia defensiva, detrás de sus excusas legales y del escudo del luto familiar, supe la verdad absoluta con mi instinto de hombre.
Lo leí en la forma en que apretaba los puños y en cómo miraba este apartamento.
Ella no huía de mí porque me despreciara o le diera asco.
Huía porque, en el fondo más oscuro, secreto y negado de su alma, ella deseaba con todas sus fuerzas ser Jade.
Deseaba que este matrimonio fuera real, deseaba que yo fuera su esposo de verdad y deseaba quedarse en Roma para siempre conmigo, entregada a mis manos.
* * *