Capítulo 22 El Hielo se Derrite en Roma
Jade dio un paso atrás, chocando contra el borde de la mesa del comedor, pero no apartó la mirada.
Sus ojos café claro estaban fijos en los míos, cargados de una actitud defensiva y un dolor antiguo que yo estaba decidido a desarmar de una vez por todas.
Di un paso más, acortando la distancia entre los dos, hasta que pude sentir el calor de su respiración agitada golpeando mi pecho.
No iba a dejar que se escondiera detrás del fantasma de su hermana ni de una timidez que ya no le correspondía en este apartamento.
—Escúchame bien, Ámbar —le dije, usando su verdadero nombre en la intimidad de estas cuatro paredes, dejando que mi barítono profundo golpeara con fuerza—.
Tu hermana fue una mujer muy importante para mí.
Ella llegó a mi vida en un momento sumamente vulnerable, y me dio la fuerza para salir adelante, así como yo se la di a ella en el hospital.
Tú ni te imaginas cómo te extrañaba a ti desde Roma.
Hablaba de ti a cada instante de la guardia.
La quise mucho, Jade hacía que mis días se acortaran en urgencias y le colocaba una chispa de alegría única a esta casa.
Pero ella no está ahora aquí. Ella siempre será alguien importante en nuestras vidas.
Nunca se irá de nuestros recuerdos, y yo no quiero que se vaya.
Si yo pretendiera que ella se borrara de la casa, tú te sentirías mal, porque ella es tu otra mitad de sangre.
Ella es parte de nosotros y hay que aprender a vivir con el luto.
Pero una cosa es la memoria de los muertos y otra muy distinta es nuestra realidad viva.
Me incliné ligeramente hacia ella, obligándola a sostener mi mirada gélida que empezaba a arder por la frustración de sus continuas evasivas y su distancia.
—Esmeralda es mi hija —sentencié, clavando cada palabra como un juramento médico—.
Mía. Tiene mi apellido en sus papeles, tiene mi cariño, mi preocupación y mi atención constante.
Soy yo quien la arropa en las noches cuando llora en la penumbra, soy yo quien la arrulla en este salón y soy yo a quien ella llamará papá en el futuro, porque eso es exactamente lo que soy para ella.
La genética de Francisco no va a definir mis sentimientos por esa bebé.
Quiero que te acostumbres de una vez por todas a tratarme como su papá... y como tu verdadero marido.
Jade abrió la boca para protestar, con las facciones tensas, pero no la dejé hablar. Di el último paso, rompiendo cualquier barrera física, hasta que mi pecho rozó el suyo de forma impositiva.
—Soy tu marido, Jade. Tu compañero, y lo seré por siempre porque no habrá ningún divorcio legal entre nosotros.
Vas a tener que acostumbrarte de una vez por todas a mi toque y a mis besos, porque lo seguiré haciendo cada vez que lo desee.
No eres mi esposa por un maldito compromiso legal firmado a toda prisa, ni por un pacto de sombras que sellamos en una clínica de Canadá.
Eres mi esposa porque yo así lo quise desde el momento en que decidí subirte a ese avión.
Y sácate de la cabeza de una vez por todas la idea de que esto es por tu parecido físico con ella.
Sé perfectamente quién eres. Las dos son muy diferentes, Ámbar.
Muy diferentes. Jade era el torbellino impulsivo, pero tú...
tú eres la fuerza silenciosa que sostiene este hogar.
La tomé suavemente de la barbilla con mis dedos largos de cirujano, obligándola a sentir la presión y el calor de mi mano.
Su pulso se aceleró de golpe debajo de mi tacto y vi una chispa de total desconcierto mezclada con una naciente y hermosa rendición en sus ojos café claro.
La farsa conveniente de nuestro matrimonio en el hospital se había quebrado por completo en la intimidad de nuestra cocina; el hielo se estaba deritiendo bajo el sol de Roma, y ella finalmente comprendía que estaba atrapada conmigo para siempre.
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