Capítulo 21 El Aroma del Avance
Perspectiva de Stefano
El despertar de esa mañana de martes fue completamente irreal, como si hubiera cruzado una línea invisible hacia otra dimensión.
En mis muchos años viviendo completamente solo en este apartamento del histórico barrio de Trastevere, mis despertares se reducían mecánicamente al sonido estridente de la alarma del reloj, a un silencio sepulcral que rebotaba en las paredes altas y al sabor amargo de un café expreso tomado de pie,
con prisa, antes de correr al hospital.
Pero hoy todo era radicalmente diferente.
Al abrir los ojos en la penumbra de mi habitación, las notas suaves y cálidas de un jazz instrumental se colaban por debajo de la puerta de madera, mezcladas con el aroma denso, envolvente y delicioso a café recién hecho y el olor tostado de la comida casera.
Me levanté de la cama, me coloqué una camiseta negra de algodón que enmarcaba mis pectorales y caminé descalzo, sin hacer ruido, hacia el pasillo de la sala.
La escena que encontré me detuvo en seco, obligándome a contemplarla en silencio.
La luz dorada del sol romano entraba limpia y radiante por el gran ventanal abierto.
La pequeña Esmeralda estaba instalada de forma segura en su portabebés sobre el sillón de cuero, moviendo sus manitas regordetas y balbuceando con alegría, completamente concentrada en un móvil de figuras de tela que Jade había colgado estratégicamente para ella.
Jade estaba inclinada a su lado, vistiendo ropa cómoda y un delantal, con el cabello negro recogido en un moño alto que dejaba al descubierto su nuca pecosa.
Le hablaba a la bebé con esa ternura profunda y protectora que a mí me desarmaba por completo el carácter.
Me acerqué en un silencio absoluto, pero me detuve al escuchar la cadencia exacta de lo que decía.
Ella le hablaba con nostalgia de Canadá, de los abuelos Adolfo y Laura, de la tía hermosa que la cuidaba desde el cielo...
pero en ningún momento de su discurso, ni esa mañana ni los días anteriores, había usado la palabra "papá" para referirse a mí delante de la niña.
Siempre que hablaba de mi presencia, se refería a mí como "Stefano" o simplemente callaba, cambiando de tema de forma abrupta.
Una punzada de pura irritación y posesividad me recorrió el pecho, tensándome los músculos.
Me molestaba profundamente ese distanciamiento verbal.
Esa pequeña es mía ante el mundo. No tendrá mi sangre ni mis genes, pero es mi hija por elección; yo firmé sus papeles de adopción y nacimiento en Canadá, yo la saqué legalmente de Halifax y yo soy el hombre que la sostiene contra el pecho por las noches cuando llora en la oscuridad.
Comprendí en ese instante que ese era el primer muro invisible que debía derribar en este apartamento.
Si lograba que ella me reconociera genuinamente y en voz alta como el verdadero padre de Esmeralda, daríamos un avance definitivo en nuestra relación.
No solo para que la niña creciera con una figura paterna clara en Italia, sino para que ella misma dejara de sentirse excluida, como una intrusa temporal que planea marcharse en unos meses con su maleta de divorcio. No se va a ir de mi lado.
—Huele increíblemente bien aquí —dije, haciendo notar mi presencia con mi barítono profundo mientras salía del pasillo y me acercaba al sofá.
Jade dio un ligero brinco, claramente sorprendida por mi cercanía, y se giró rápido a mirarme. Sus ojos café claros brillaron con una intensidad biológica por una fracción de segundo antes de recuperar su habitual máscara de tranquilidad y distancia médica.
—Buenos días, Stefano. Preparé algo de desayunar ya que hoy no entramos al departamento del hospital hasta la tarde —respondió, dando un paso atrás hacia la mesa del comedor, como marcando de inmediato esa distancia de seguridad y frialdad que yo ya no estaba dispuesto a respetar bajo mi techo.
Me agaché frente al portabebés, ignorando por completo su timidez defensiva.
Esmeralda, al escuchar el timbre de mi voz, giró de inmediato su pequeña cabeza hacia mí y soltó un balbuceo alegre, agitando las piernas bajo la manta.
Le extendí mi dedo índice de cirujano y su manita lo rodeó al instante con una fuerza sorprendente que me llenó el pecho de orgullo.
Sonreí de medio lado, sintiendo ese feroz e irrevocable instinto de protección animal en las entrañas.
—Hola, piccola —le susurré en italiano, modulando la voz pero asegurándome de que Jade escuchara con total claridad cada palabra—. ¿Cómo amaneció la hermosa niña de papá hoy? ¿Estás cuidando bien a mamá por mí?
Miré de reojo a Jade. Vi con total satisfacción cómo se le cortaba la respiración por una fracción de segundo al escucharme reclamar de forma directa mi lugar con la bebé.
Los dedos de sus manos se apretaron con fuerza contra la tela fina de su delantal, denotando su agitación interna.
Dejé que procesara el golpe psicológico, me puse de pie cuan alto soy y la miré con una seriedad absoluta que cortaba el aire de la sala.
Había otra llaga que debíamos sanar hoy mismo antes de ponernos las batas en el Hospital Umberto I.
—Jade —la llamé por su nombre actual, dando un paso firme hacia ella, acortando el espacio—.
Necesitamos hablar seriamente. Ayer por la noche, mientras cenábamos la pasta, mencioné de pasada a tu hermana.
Noté de inmediato cómo te tensaste por completo y cómo esquivaste mi mirada.
Sé perfectamente que te dolió, sé que sientes que estás pisando un terreno sagrado que le pertenecía a ella y que te da un pánico moral inmenso ocupar su lugar físico en esta casa y en mi vida.
Pero quiero que hablemos de la verdadera Jade.
Sin secretos ocultos, sin tensiones absurdas entre nosotros.
Es la única forma real en que tú y yo vamos a poder avanzar en este apartamento como un matrimonio de verdad.
Ella dio un paso atrás de forma instintiva, chocando con suavidad contra el borde de madera de la mesa del comedor. El espejo del pasado se ponía frente a nosotros una vez más con toda su fuerza, pero esta vez, yo no iba a permitir que se rompiera en silencio ni que ella se ocultara detrás del luto.