Capítulo 20 El Control del Hielo
El licor en mi vaso de cristal estaba completamente frío, pero no tanto como la furia helada que me había recorrido el cuerpo entero apenas unas horas antes en este mismo salón, cuando ella pronunció con tanta ligereza esa maldita palabra: divorcio.
No quise mostrarlo en el momento. Llevo años entrenando meticulosamente cada músculo de mi rostro para que sea un bloque de piedra inexpresivo, una máscara quirúrgica en las salas de urgencias del Hospital Umberto I, pero por dentro, el impacto de sus palabras me desencajó por completo.
¿Divorcio? Esa palabra no está en mi vocabulario, ni lo estará jamás en esta casa.
Ella cree que este matrimonio es solo un salvavidas temporal, una farsa de la que puede bajarse cuando le plazca.
Se ve a sí misma como una mujer dócil que me usó para escapar de un monstruo en Canadá y que ahora puede simplemente firmar un papel legal, hacer su maleta e irse con la niña a la primera de cambio.
No me conoce. Si piensa por un segundo que la voy a dejar ir después de haber movido el cielo y la tierra, de haber cruzado el océano Atlántico en un jet privado para traerla a mi terreno, está muy equivocada.
Dijo con voz temblorosa que yo debía rehacer mi vida porque soy un hombre joven, guapo y tengo una carrera brillante por delante. Sí, voy a rehacer mi vida. Pienso hacerlo. Pero lo haré con ella. Con la mujer que tengo a solo unos metros, durmiendo en la habitación contigua.
Sé perfectamente que no es la Jade que conocí primero.
Es Ámbar. Pero verla moverse por mi cocina con esa suavidad, ver la devoción casi sagrada con la que amamanta a Esmeralda y la paz profunda que sus manos le devuelven a este apartamento que solía ser un mausoleo vacío ha despertado algo en mis entrañas que no puedo —ni quiero— frenar.
El roce de nuestros labios en la sala de urgencias, en medio de la sangre y la adrenalina del código rojo, no detonó ninguna discusión en ella debido al cansancio extremo, pero a mí me dejó marcado a fuego.
No es un fantasma del pasado lo que busco en este matrimonio; es a ella, a la mujer real que se esconde bajo el nombre de su pasaporte.
Su calidez limpia, su fuerza silenciosa.
La duda moral y el peso del luto me carcomían tanto el pecho que, aprovechando una hora libre en mi despacho del hospital al día siguiente, cerré la puerta con seguro y realicé una llamada privada a Canadá.
Necesitaba hablar con Adolfo. El peso de la culpa ética me estaba aplastando las sienes; yo había sido la pareja de Jade, el hombre que la esperaba con un anillo en Roma,
y sentir que me estaba enamorando perdidamente de su gemela idéntica me parecía una traición corporativa y familiar que podía destruir a mis suegros si se enteraban.
—Adolfo... necesito hablar contigo de hombre a hombre —le dije en cuanto descolgó, con mi barítono profundo sonando mucho más tenso, denso y ronco de lo habitual—. Se trata de ella. De la actual Jade. De Ámbar.
No me guardé nada. Le confesé absolutamente todo, sin anestesia médica.
Le conté cómo me estaba sintiendo cada vez que la veía caminar por el apartamento, la intensidad posesiva de lo que me pasaba por el cuerpo cuando estaba cerca de ella en el hospital y el pánico genuino que sentía de que ellos, como padres que acababan de enterrar a una hija,
me juzgaran o se sintieran morir al ver que la pareja de su hija fallecida ahora miraba con ojos de hombre hambriento a la otra mitad.
Al otro lado de la línea, el silencio de Adolfo fue largo, pesado, interrumpiéndose solo por el sonido del viento de Halifax.
Pero cuando finalmente habló, su voz traía una sabiduría pesada, madura y profundamente reconfortante.
—Stefano, escúchame bien y grábate esto en la cabeza —dijo mi suegro, y sentí cómo un nudo asfixiante en mi pecho cedía un poco—.
Mi esposa y yo no nos vamos a sentir mal por esto.
Al contrario. En el fondo de nuestro luto, sabíamos perfectamente que si entre ustedes dos llegaba a pasar algo real, ella estaría en las mejores manos posibles de este mundo.
Sé perfectamente la clase de hombre que eres, Stefano.
Sé que cuidarías de Ámbar y de la bebé con tu propia vida si fuera necesario, y ver que mi niña encuentra un refugio seguro en ti solo nos da una inmensa paz en medio del dolor. Tienes nuestra bendición.
Un peso enorme que no sabía que arrastraba en la columna se disolvió en el aire del despacho. Pero Adolfo no había terminado de hablar. Su tono adoptó la advertencia estricta de un padre.
—Lo que sí te pido, Stefano, es que recuerdes que mi niña está sumamente herida todavía —añadió con voz severa—.
Su alma está rota en mil pedazos por la traición asquerosa de Francisco y la muerte abrupta de su hermana.
Tenle paciencia infinita. No la presiones ni la obligues a correr.
Y si el día de mañana ustedes dos llegan a reconstruir algo real y tienen sus propios hijos de sangre...
prométeme aquí mismo que nunca, bajo ninguna circunstancia, vas a dejar de lado a Esmeralda.
Ella no tiene la culpa de la podredumbre de donde vino.
Clavé la mirada en los informes médicos que cubrían mi escritorio, apretando el teléfono celular con tanta fuerza que los nudillos se me tornaron blancos.
—Te lo juro por mi honor, Adolfo —respondí, con una firmeza gélida que selló mi destino para siempre—. Esmeralda es mi hija ante la ley del mundo y ante cada latido de mi corazón. Nada ni nadie va a cambiar eso jamás, tengan los hijos que tengan el día de mañana. Ella es una Caccini.
Colgué la llamada internacional y me quedé mirando la pared de mármol del despacho durante varios minutos.
El camino estaba completamente limpio en Canadá.
Los padres me daban su bendición en absoluto secreto.
Ahora solo quedaba la parte más difícil, compleja y quirúrgica de mi vida: derretir el hielo grueso que rodeaba el corazón herido de la nueva Jade y demostrarle, con la fuerza de mis manos, que este matrimonio falso se iba a convertir en la realidad más absoluta de nuestras vidas en Roma.
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