Capítulo 19 Las Grietas del Espejo
El agua de la pasta comenzó a hervir con fuerza, soltando densas bocanadas de vapor que empañaban los azulejos rústicos de la cocina.
El sonido crujiente de los tomates cherry al estallar en la sartén con el aceite de oliva hirviendo y el aroma fresco de la albahaca llenaron por completo el espacio, rompiendo la tensión fría y el luto que solían habitar el apartamento desde la tragedia de Canadá.
Stefano seguía completamente inmóvil, apoyado contra la barra de madera, observando con una fijeza peligrosa la agilidad y la naturalidad con la que Jade se ponía a moverse entre las hornillas.
Su mirada ya no era la de un colega médico; era la de un hombre que intentaba descifrar un acertijo cuyas piezas esenciales ya no encajaban en su memoria.
—La última vez que intentamos cenar en este apartamento después de un código rojo —habló Stefano, rompiendo el silencio con una voz pausada, arrastrada, que retumbó en las paredes de la cocina—,
terminamos discutiendo fuertemente porque insististe en que la cocina era una pérdida de tiempo para dos profesionales.
Pedimos pizza fría. Tres veces esa misma semana.
Jade se tensó por una fracción de segundo, sintiendo un vuelco de pánico en el estómago.
La cuchara de madera quedó suspendida en el aire sobre la sartén.
El peso aplastante de la suplantación de identidad le cayó encima como un balde de agua helada.
Recordó de inmediato las palabras exactas de su hermana en aquellas videollamadas nocturnas a Halifax: “Stefano me quiere consentir cocinando, pero yo prefiero pedir comida antes de quemar una olla. No nací para el hogar, hermana”.
Ámbar, en cambio, encontraba en el orden de las recetas y los ingredientes el mismo control y la misma tranquilidad que en el triaje médico.
—La gente cambia con los golpes de la vida, Stefano —respondió ella, dándose la vuelta despacio para mirarlo de frente, sosteniéndole la mirada café claro con una madurez que pretendía ser inquebrantable—.
El luto severo cambia las prioridades de cualquiera.
Perder a mi hermana... pasar por ese infierno de soledad en Canadá me hizo valorar como nunca el calor real de una comida casera.
Ya no quiero más cosas desechables ni rápidas en mi vida.
Ni comida fría, ni contratos falsos, ni apariencias vacías.
Stefano entornó los ojos oscuros, desmenuzando la respuesta en su mente.
El argumento era perfecto, impecable y lógico bajo el trauma de la pérdida familiar, pero su instinto primitivo ya estaba profundamente inquieto.
Había una calidez intrínseca en los movimientos de esta mujer, una suavidad doméstica y protectora que la verdadera Jade jamás poseyó en sus años de relación.
Sin embargo, no dijo nada más para no presionarla.
Se limitó a tomar los platos de la repisa superior y a colocarlos sobre la mesa de madera con gestos mecánicos y precisos.
Cenaron en un silencio denso, espeso, pero extrañamente cómodo.
El hambre acumulada tras el caótico accidente del autobús escolar los mantuvo concentrados en el plato, pero las miradas se cruzaban de reojo de manera inevitable.
El beso en la sala de urgencias seguía flotando en el aire del comedor como una carga eléctrica invisible que hacía vibrar el ambiente.
No había detonado una discusión verbal, pero había dejado una grieta profunda en la farsa de su matrimonio ante el mundo.
Ya no eran simplemente dos socios de conveniencia ocultando un cadáver legal en Canadá; eran un hombre y una mujer compartiendo el mismo techo, el mismo cansancio y el cuidado de una recién nacida.
Al terminar el último bocado, Stefano se puso de pie con un movimiento dominante, recogió los platos vacíos y se giró hacia ella antes de retirarse a su despacho privado.
—Mañana no tenemos guardias asignadas en el departamento por la mañana, pero el director general del hospital quiere revisar personalmente los informes clínicos del accidente de hoy —dijo, deteniéndose a solo unos centímetros de ella.
El calor de su imponente presencia volvió a envolverla por completo—.
Duerme y descansa. Yo me encargaré por completo de Esmeralda si se llega a despertar en la madrugada.
Jade se quedó completamente sola en la penumbra de la cocina, escuchando los pasos pesados del italiano alejarse por el pasillo.
Se miró las manos, desgastadas por el uso continuo de los guantes de látex y el agua caliente.
La mentira legal seguía funcionando a la perfección en los pasillos del hospital y ante los ojos de los directivos, pero dentro de esas cuatro paredes de Trastevere, la línea divisoria entre la falsedad y la realidad se volvía cada vez más delgada e invisible.
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