Detrás de tu rostro Capítulo 18 La Calidez de la Costumbre
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Capítulo 18 La Calidez de la Costumbre

La jornada en el Hospital Umberto I se extendió por horas interminables tras lograr la estabilidad del primer pequeño.

El flujo constante de heridos derivados del caótico accidente del autobús escolar mantuvo a todo el personal médico al límite absoluto de sus capacidades físicas y mentales.

Para cuando la noche cayó finalmente sobre las cúpulas de Roma, tiñendo el cielo de un azul oscuro, denso y frío, tanto Jade como Stefano estaban completamente exhaustos.

A ella le dolía cada músculo de la espalda por la tensión acumulada en los cubículos de reanimación, pero su primer pensamiento, el único motor real que le quedaba en el cuerpo, la impulsó a subir de inmediato al segundo nivel del complejo, en dirección a la guardería del personal.

Al cruzar la pesada puerta de madera clara del área infantil, Jade se detuvo en seco, conteniendo el aliento.

La luz ambiental estaba atenuada, creando una atmósfera de paz y silencio que contrastaba drásticamente con el caos que habían vivido abajo.

En una de las esquinas de la estancia, de espaldas a la entrada, la enorme y robusta silueta de Stefano rompía la simetría del lugar.

El imponente cirujano, que hacía menos de una hora dictaba órdenes implacables a los residentes, sostenía a la pequeña Esmeralda contra su amplio pecho.

La mecía con una delicadeza asombrosa, casi inverosímil para el tamaño de sus manos, mientras le hablaba en un susurro ronco, apenas perceptible.

—Vamos a buscar a mamá, sí... mi linda piccola... —le decía en su italiano natal, con una ternura infinita que reservaba únicamente para la intimidad de esas cuatro paredes.

Jade sonrió, sintiendo una calidez limpia y profunda expandirse en su pecho. Se apoyó en el marco de la puerta durante unos segundos, contemplándolos antes de hacerse notar con voz suave, rompiendo el hechizo.

—No tienen ninguna necesidad de buscarme... aquí estoy —dijo ella, avanzando a pasos cortos y cansados mientras estiraba los brazos hacia la niña.

Stefano se giró despacio sobre sus talones.

Al verla, sus ojos oscuros recobraron por un instante esa fijeza analítica que lo caracterizaba, pero la tensión rígida de su mandíbula se relajó visiblemente.

Sin decir una sola palabra, le entregó a la bebé con un movimiento fluido y seguro.

Al recibir el peso de Esmeralda, Jade sintió cómo la niña se acomodaba al instante en el hueco de su cuello, buscando su calor con pequeños balbuceos dormidos.

El regreso hacia la salida del hospital y el trayecto en el automóvil se dieron de una forma extraña, casi automática, como si estuvieran suspendidos en el tiempo.

Llevados por la inercia de la fatiga extrema, al bajar del vehículo Stefano se colocó a su lado y, con un gesto natural, posesivo y protector, extendió su mano grande para guiarla por el pasillo del edificio, apoyando la palma firmemente en la parte baja de la espalda de Jade.

A través de la tela de la chaqueta médica, el calor directo de la mano de Stefano traspasó las capas de ropa, enviando una vibración eléctrica directa por la columna de Jade.

Ninguno de los dos mencionó el roce de labios de la sala de urgencias; el cansancio físico y el peso de su pacto secreto eran tan grandes que el beso pareció quedar congelado en el aire.

Actuaban como un engranaje perfecto que simplemente funcionaba por costumbre.

Cuando por fin llegaron al apartamento en el histórico barrio de Trastevere, el silencio acogedor de la casa los envolvió de inmediato.

Jade se dirigió directamente a la habitación infantil para acomodar todas las cosas de la pequeña, cambiándole la ropa y dejándola instalada en su cuna de mimbre, profundamente dormida tras el largo día en el hospital.

Al salir de nuevo al pasillo, sintió el rugido sutil de su propio estómago.

El hambre acumulada los estaba consumiendo a los dos.

Jade caminó con paso decidido hacia la cocina rústica, abrió el refrigerador y comenzó a revisar minuciosamente los ingredientes disponibles: unas pastas frescas, albahaca, tomates cherry y un poco de queso parmesano.

Sin pensarlo dos veces, se recogió el cabello negro en un moño alto, se lavó las manos y comenzó a encender las hornillas de la estufa de hierro.

Stefano, que se había quitado la chaqueta médica y observaba la escena apoyado con los brazos cruzados en la barra de madera de la cocina, la miró con el entrecejo fruncido. Una clara expresión de sorpresa y desconcierto se dibujó en sus facciones duras esculpidas en piedra.

—¿Vas a cocinar tú? —preguntó él, con su barítono profundo delatando una extrañeza que encendió las alarmas de Jade.

Jade volteó a verlo, sosteniendo una olla con agua, confundida por el tono de la pregunta.

—Sí, claro. Ambos tenemos hambre y es sumamente tarde para salir. No tardaré más de quince minutos en armar algo sencillo pero caliente.

Stefano guardó absoluto silencio, cerrando un poco los ojos mientras la analizaba con una fijeza renovada.

El detalle la había tomado por sorpresa de manera contundente.

La verdadera Jade odiaba profundamente la cocina; la consideraba una pérdida de tiempo sin sentido.

Siempre que salían tarde de una extenuante guardia o estaban cansados, ella deseaba fervientemente que pidieran comida a domicilio o cenaran cualquier bocadillo rápido en el camino para no ensuciar.

En cambio, la Jade actual, la mujer que tenía enfrente, buscaba la cocina como un espacio de desconexión y disfrutaba genuinamente el proceso de preparar la comida para los dos.

Era un cambio minúsculo para el resto del mundo, pero para la mente analítica de Stefano, fue un recordatorio silencioso y punzante de que el fantasma de su pasado se estaba desvanecido frente a una nueva realidad hogareña,

cálida y extrañamente adictiva que Ámbar estaba construyendo con sus propias manos en Trastevere.

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