Detrás de tu rostro Capítulo 17 Sincronía de Sangre y Fuego
46%

Capítulo 17 Sincronía de Sangre y Fuego

El Hospital Umberto I era un complejo mecanismo de relojería que, en un pestañeo, podía transformarse en un auténtico campo de batalla.

La tarde transcurría dentro de los márgenes normales del departamento de pediatría cuando el estridente sonido del código rojo rasgó los altavoces de todos los pasillos, desatando el caos absoluto en la central de emergencias.

Un autobús escolar lleno de niños había volcado en una de las autopistas principales a las afueras de Roma debido a la lluvia.

Varios menores venían en camino con lesiones múltiples de gravedad, y el centro médico entero se revolucionó en cuestión de segundos para recibirlos.

Las puertas automáticas de urgencias se abrieron de golpe con un golpe seco, dejando entrar el sonido ensedecedor de las sirenas de las ambulancias y los gritos apresurados de los paramédicos.

Jade sintió una descarga pura de adrenalina correr por sus venas, pero en lugar de paralizarse o dudar, una calma gélida, enfocada e inquebrantable se apoderó de todo su ser.

La timidez y la reserva de la antigua Ámbar quedaron sepultadas para siempre bajo la lona del quirófano y la bata blanca.

—¡Doctora Caccini, este paciente viene muy mal! ¡Pérdida masiva de sangre! —gritó un enfermero de triaje, empujando una camilla a toda velocidad hacia el cubículo de reanimación.

El paciente era un niño de apenas siete años.

Presentaba un traumatismo craneoencefálico severo, una fractura expuesta de fémur que no paraba de sangrar en chorros y un neumotórax a tensión que comprometía seriamente la expansión de sus pulmones.

Venía con un riesgo vital inminente. Jade tomó el pulso del pequeño con dedos firmes de cirujana, ignorando el lodo y la sangre que salpicaban su uniforme.

Su mente se desconectó por completo del ruido ensordecedor del exterior; ya no existía el luto, ni el dolor por su hermana muerta, ni los fantasmas del maltrato de Canadá.

En ese microclima de urgencias, solo importaba el bienestar del pequeño.

—¡Necesito una vía central de inmediato, un tubo de tórax y plasma O negativo en infusión rápida! —ordenó Jade en un italiano perfecto, cortante y con una autoridad que sorprendió al personal de enfermería.

Comenzó a drenar el aire acumulado en el pulmón afectado con una aguja de gran calibre, pero el cuadro clínico se complicó de golpe.

El monitor emitió un pitido errático y el niño entró en paro cardíaco por shock hipovolémico.

Sin pensarlo dos veces, Jade se subió a la camilla, se colocó sobre el cuerpo del pequeño y comenzó a realizar las compresiones torácicas con un ritmo matemático, pero le hacían falta manos.

Las lesiones internas eran demasiadas y el tiempo biológico se agotaba.

—¡Carguen el desfibrilador a cien julios! ¡Necesito ayuda quirúrgica aquí ahora mismo! —gritó, con la frente empapada de sudor y la respiración agitada.

En ese preciso instante de máxima tensión, una presencia enorme, imponente y segura se abrió paso a través de la lona quirúrgica del cubículo.

Era Stefano. No mediaron palabras entre ellos; no eran necesarias.

El cirujano analizó la gravedad de la situación con una sola mirada clínica, se calzó los guantes estériles de un tirón y se colocó al otro lado exacto de la camilla.

A partir de ese segundo, la sala de reanimación presenció un auténtico milagro médico.

Trabajaron juntos, sincronizados al milímetro, moviéndose el uno alrededor del otro como si siempre lo hubieran hecho, en una danza perfecta de bisturís, pinzas, gasas y órdenes precisas.

Stefano ya había compartido cirugías complejas con la verdadera Jade en el pasado, pero trabajar con Ámbar era una experiencia radicalmente diferente, casi mística.

Ella poseía una intuición clínica aplastante, una serenidad asombrosa bajo el fuego cruzado que no requería explicaciones verbales.

Sabía exactamente qué instrumento necesitaba él antes de que abriera la boca para pedirlo, y él sabía perfectamente cómo cubrir sus espaldas cuando la presión arterial del niño caía de forma alarmante.

Aquella sintonía innata y profunda comenzó a inquietar a Stefano en lo más oscuro de su mente de piedra.

Era como si ambos conocieran sus formas de trabajo de memoria, como si sus almas médicas hubieran estado conectadas desde el principio de los tiempos.

Sentía una conexión eléctrica, reconfortante y abrumadora que lo perturbó para bien, descolocando por completo su habitual rigidez e indiferencia.

Tras cuarenta minutos de una batalla feroz y despiadada contra la muerte, el monitor de signos vitales emitió un pitido constante, rítmico, saludable y fuerte.

El corazón del niño volvía a latir por sí solo y sus pulmones se expandían en orden.

Habían salvado su vida en el último segundo.

Jade se bajó de la camilla con las piernas temblorosas por el esfuerzo físico y la respiración agitada, dejándose llevar finalmente por el desfogue de la adrenalina y la inmensa preocupación acumulada.

Se quitó el cubrebocas clínico con una mano torpe que no paraba de temblar.

Stefano dio un paso largo hacia ella. Su pecho subía y bajando con fuerza, atrapado por la misma marea de la reanimación y por la intensa, magnética y peligrosa cercanía física de la mujer que llevaba el rostro de su pasado, pero el fuego innegable de su presente.

Se miraron fijamente a los ojos. En medio de la penumbra del cubículo médico, con el olor a desinfectante flotando en el aire y los latidos rítmicos del monitor de fondo, el espacio entre los dos se redujo a la nada más absoluta.

Buscando desesperadamente un ancla en medio de la tormenta emocional, sus labios se encontraron de golpe en un beso improvisado.

Fue un roce rápido, eléctrico, hambriento y cargado de una verdad devastadora que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar en voz alta en ese hospital.

Stefano se separó con suavidad apenas un segundo después, con la respiración entrecortada y las facciones duras de su rostro ligeramente descompuestas por la sorpresa del impulso.

Para disimular el vuelco que su propio corazón acababa de dar y romper la repentina tensión que flotaba en el aire, carraspeó con fuerza y la miró con un respeto renovado y una formalidad estricta.

—Excelente trabajo clínico, doctora... —dijo Stefano con su barítono profundo, felicitándola por su desempeño con una frialdad repentina antes de dar media vuelta—. Salvó a ese niño de una muerte segura. Nos vemos en el piso de arriba cuando cierre su informe.

Jade se quedó completamente inmóvil junto a la camilla vacía, tocándose los labios tibios con las yemas de los dedos guarnecidos.

El beso había salido de la nada, como una explosión, pero la mentira conveniente de su matrimonio en los pasillos del hospital acababa de fracturarse para siempre bajo el peso de una realidad que ninguno de los dos podía ya controlar.