Capítulo 16 El Cierre de Canadá
El departamento de policía de Halifax estaba sumido en un silencio tenso, roto únicamente por el zumbido monótono de las luces fluorescentes y el tecleo distante de los oficiales de guardia.
Adolfo permanecía sentado frente al escritorio de metal del inspector jefe de homicidios, con la espalda recta y las manos apoyadas con total serenidad sobre la empuñadura de su bastón de madera fina.
No había un solo rastro de sudor en su rostro, ni un ápice de nerviosismo.
Irradiaba la seguridad aplastante de quien sabe perfectamente que el dinero y la influencia pueden mover montañas.
Al otro lado de la mesa, un detective de homicidios revisaba una serie de notas de campo con el ceño fruncido, cruzándose de brazos antes de clavar su mirada en el millonario.
—Señor Adolfo, lamento profundamente importunarlo en un momento tan delicado para su familia —comenzó el oficial, midiendo cada una de sus palabras—.
Pero debido a los protocolos del departamento, nos vemos en la estricta obligación legal de interrogarlo.
Francisco, el esposo de su difunta hija Ámbar, lleva exactamente setenta y dos horas desaparecido.
Nadie en el hospital general de Halifax sabe dónde está, su automóvil particular fue encontrado abandonado cerca del puerto de la ciudad y los vecinos de la zona rural informaron haber visto vehículos extraños merodeando su casa en medio de la noche.
Dado que usted lo amenazó abiertamente por teléfono tras el deceso de su hija, usted es nuestro primer y principal sospechoso de su desaparición.
Adolfo no pestañeó. No había rastro de miedo o duda en sus ojos café claros, solo una dignidad fría, aristocrática y aplastante que hizo que el detective se removiera incómodo en su silla.
Con un movimiento pausado, casi teatral, abrió su maletín de cuero de diseñador y deslizó tres documentos originales sobre el gastado escritorio.
—Inspectores, guarden sus sospechas y sus teorías conspirativas para quienes realmente las merecen —sentenció Adolfo.
Su voz era un susurro gélido que cortó el aire de la oficina—.
Mientras ustedes pretenden armar un caso de homicidio sin bases en mi contra, mi esposa y yo estábamos velando y enterrando a mi hija y a mi nieta recién nacida en la más estricta intimidad de un cementerio privado.
Aquí tienen el acta de defunción oficial de Ámbar, debidamente emitida por la clínica, y el registro legal del entierro de ambas.
Como le manifesté formalmente a la policía el día de ayer, Francisco contestó el teléfono una sola vez.
Fue cuando lo llamé personalmente para informarle que su descuido, su desinterés y sus maltratos psicológicos continuos habían provocado el parto prematuro y la muerte de mi hija.
Le prohibí terminantemente acercarse al luto de mi familia.
Él guardó silencio absoluto y colgó. Desde ese preciso instante, no hemos vuelto a saber absolutamente nada de él.
El inspector jefe tomó los documentos, revisando los sellos notariales y médicos con minuciosidad, pero Adolfo no había terminado de ejecutar su jugada maestra.
Con un movimiento elegante, extrajo un segundo pliego de papeles del maletín: el informe completo, detallado y certificado que el detective privado había reunido días atrás.
—Si realmente quieren una línea de investigación seria y real sobre por qué ese cobarde y miserable se esfumó de la faz de la tierra de la noche a la mañana,
dejen de mirar a un padre destrozado que está enterrando a sus muertas y averigüen las actividades de su amante —escupió Adolfo con un desprecio que heló la sangre de los oficiales—.
Mientras nosotros estábamos en el hospital privado llorando la pérdida de Ámbar, Francisco estaba encerrado con esa mujer en la cama de mi propia hija.
Él le robaba dinero a mi niña de la cuenta comunitaria para mantener los lujos de esa amante.
Registren ese departamento. Interroguen a la mujer.
Busquen en su turbio pasado financiero en la ciudad de Ottawa.
Se darán cuenta de inmediato de que Francisco tenía deudas masivas con el bajo mundo y enemigos peligrosos que nada tienen que ver con mi familia.
El inspector jefe observó las fotografías de alta resolución del desfalco y los datos detallados de la amante de Ottawa, comprendiendo al instante que el caso de desaparición no apuntaba a una venganza familiar de la alta sociedad,
sino a un violento ajuste de cuentas de cobradores ilegales del que Francisco huía desesperadamente.
Mientras la policía de Halifax redirigía de inmediato todas sus patrullas y recursos hacia el departamento de la amante, el expediente de Francisco quedaba sepultado bajo una densa capa de sospechas criminales del bajo mundo.
Nadie volvería a buscarlo jamás en el entorno de Ámbar.
El cierre de Canadá era absoluto, pulcro y definitivo.
* * *