Detrás de tu rostro Capítulo 15 El Teatro de la Guardia
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Capítulo 15 El Teatro de la Guardia

El Hospital Umberto I de Roma se levantaba como un gigante de mármol y cristal en medio del caos y el tráfico de la ciudad antigua.

El aire del primer día de trabajo de Jade olía a café expreso recién destilado, desinfectante industrial barato y a la adrenalina pura que siempre flotaba en los pasillos comunes de urgencias.

Para ella, cruzar esas puertas automáticas de cristal fue una inyección de vida y un regreso a la cordura médica.

Volver a enfundarse en la pulcra bata blanca con su credencial y colgarse el estetoscopio al cuello le devolvió un eje de control que creía haber perdido entre tanta tragedia familiar.

Además, la paz mental en esta ocasión era absoluta: en el segundo piso del complejo hospitalario funcionaba la guardería privada del personal médico.

Ahí, protegida por un riguroso sistema de alta seguridad y al cuidado constante de enfermeras profesionales, dormía la pequeña Esmeralda.

Jade sabía que podía bajar a amamantarla y a verla en cualquier momento libre de su turno de pediatría.

El ejercicio de la medicina, lo que ella tanto amaba en Halifax, volvía a ser su único refugio contra los fantasmas.

Sin embargo, el verdadero desafío de la jornada no estaba en los diagnósticos complejos, sino en el teatro de las apariencias en los pasillos comunes.

—¡Jade, bentornata! —exclamó el doctor Matteo, un veterano pediatra del departamento, abordándola cerca de la concurrida estación de enfermería—.

Nos tomó por sorpresa a todos tu matrimonio civil tan repentino en Canadá y la llegada de la bambina, pero Stefano es un gran hombre y un cirujano implacable.

Aunque... tienes un acento extraño hoy, piccola.

Hablas de una forma un tanto rígida, como si arrastraras las palabras.

Jade forzó una sonrisa perfecta, manteniendo la espalda recta, controlando el pulso y la respiración para no delatarse. Stefano le había enseñado pacientemente a modular las palabras la noche anterior en el apartamento.

—Fueron muchos meses viviendo en Halifax, Matteo —respondió ella en un italiano fluido pero con esa ligera cadencia extranjera y pausada—.

El inglés se me pegó a la lengua tras pasar tanto tiempo hablando con mi familia allá debido a las complicaciones del luto.

Ya me acostumbraré de nuevo al ritmo acelerado de Roma, no te preocupes.

El doctor Matteo asintió con simpatía, convencido por la naturalidad y la tranquilidad de la respuesta, y se alejó hacia los cubículos con su tabla de notas.

Jade soltó lentamente el aire que retenía en los pulmones, justo cuando una sombra imponente, enorme y dominante se proyectó a su lado izquierdo.

Era Stefano. Vestía su uniforme quirúrgico azul que hacía resaltar su imponente complexión física y la anchura de sus hombros.

Sus ojos oscuros la recorrieron con una fijeza analítica, asegurándose de que estuviera bien, antes de que las facciones duras de su rostro adoptaran una expresión inusual de calidez ensayada.

Varios enfermeros, residentes y médicos de guardia los estaban observando de reojo; el hospital entero cotilleaba desde temprano sobre el regreso del frío y distante doctor Caccini convertido en un devoto hombre de familia.

—Amore mio —dijo Stefano. Su barítono profundo fue modulado en un tono suave que a Jade le recorrió la piel.

Con un movimiento fluido, firme y completamente natural, Stefano la tomó por la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo en un abrazo posesivo que pretendía demostrar el cariño legítimo de una pareja de recién casados ante el escrutinio de los pasillos.

Jade sintió un vuelco eléctrico en el estómago.

La cercanía física de ese hombre era abrumadora, una fuerza de la naturaleza.

Al rodearle los hombros con los brazos para sostener el juego de las apariencias ante las miradas curiosas del personal, percibió el calor directo de su piel y el aroma limpio a menta y colonia que desprendía su cuello.

Stefano se inclinó despacio y le plantó un beso tierno en la mejilla, rozándole la piel con una maestría coreográfica.

—¿Cómo va tu primer día en el departamento de pediatría? —preguntó él, mirándola fijamente a los ojos con una intensidad oscura que a Jade le costó sostener sin ruborizarse.

—Muy satisfactorio, Stefano... —respondió ella, forzando una voz dulce y controlada—. Los pacientes y las madres son maravillosos y ya pasé hace una hora a ver a la niña a la guardería del segundo piso. Todo está en perfecto orden.

—Me alegra mucho oírlo, cara. Te veo en el comedor para el almuerzo entonces —concluyó él, rozándole sutilmente los labios con un beso corto, casi imperceptible, antes de soltarla de la cintura y caminar hacia los quirófanos principales con su habitual paso dominante y firme.

Jade se quedó apoyada contra el mostrador de enfermería, con el corazón latiéndole a mil por hora contra las costillas y los dedos de las manos temblando levemente.

Había sido un acto. Una falsedad absoluta montada con maestría para proteger el secreto de la muerte de su hermana y blindar la identidad de la bebé frente a las leyes internacionales.

Todo entre ellos había comenzado como una mentira conveniente en una clínica de Canadá.

Sin embargo, mientras observaba la imponente figura de Stefano desaparecer al fondo del pasillo de mármol, Jade sintió un calor extraño, denso y desconocido instalado en su pecho.

El teatro de las apariencias se había sentido peligrosamente real por unos segundos.

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