Detrás de tu rostro Capítulo 14 El Pacto en la Penumbra
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Capítulo 14 El Pacto en la Penumbra

La noche romana se colaba en el apartamento a través de los grandes ventanales de madera abiertos, trayendo consigo el eco lejano del río Tíber, el murmullo de los adoquines húmedos y el aroma fresco a piedra antigua y albahaca.

Jade —como ahora debía llamarse a sí misma de manera irrevocable— se tomó unos segundos para contemplar a la pequeña en la cuna de mimbre.

Tras amamantarla con una paciencia infinita, la bebé finalmente se había quedado profundamente dormida; sus mejillas lucían sonrosadas y su respiración era tan suave que apenas movía los pliegues de la manta de lana rosa.

Con un cuidado minucioso, casi religioso, la acomodó de lado, le acarició con la yema del dedo el sedoso cabello oscuro y caminó en silencio, cuidando de no hacer ruido, hacia la sala de estar.

Ahí estaba Stefano. Permanecía sentado en un amplio sillón de cuero oscuro, con los ojos fijos en una copa de licor ámbar que sostenía entre sus dedos largos de cirujano.

La luz tenue de la lámpara de pie esculpía las facciones duras de su rostro, acentuando la tensión rígida en su mandíbula cuadrada.

Ya no llevaba la bata blanca del hospital, sino una playera oscura que enmarcaba sus hombros imponentes, pero su presencia seguía siendo igual de magnética, imponente y gélida.

Jade se acercó despacio, sintiendo el crujido sutil del suelo, y se sentó en el sofá frente a él. Respiró hondo, sintiendo el peso acumulado de los últimos días aplastándole el pecho, y rompió el silencio con una voz suave pero cargada de una madurez dolorosa que pretendía ocultar su vulnerabilidad.

—Lo siento, Stefano... —comenzó ella, clavando sus ojos café claros en las facciones duras del italiano—.

Lo siento mucho por haberte incluido en todo este entramado de sombras.

Tú también estás sufriendo el luto y la pérdida de mi hermana, y sé perfectamente que el tenerme aquí, en tu apartamento, ver mi rostro idéntico a cada instante, solo revive tu dolor y tu luto a cada segundo que pasa.

Perdóname. Solo te pido que me des unos meses para adaptarme a todo aquí en Roma.

Al trabajo en el hospital, a la rutina de urgencias...

Gracias a ti y a las horas que pasamos hablando por videollamada en el pasado, manejo un poco el idioma, así que confío en que podré salir adelante pronto.

Después de estos meses de transición, nos divorciamos legalmente.

Te dejaré libre para que puedas rehacer tu vida.

Eres un hombre joven, guapo y tienes una carrera brillante por delante.

No quiero atarte a un matrimonio falso ni a una paternidad que no te corresponde cargar por obligación.

Cuando firmemos el divorcio, te liberaré de toda responsabilidad legal con mi hija.

Se llamará Esmeralda... en honor a mi hermana.

Ella será mi único motor para seguir respirando.

Stefano dejó la copa de licor sobre la mesa de centro con un golpe seco que retumbó en las paredes de la estancia.

Se inclinó hacia adelante de golpe, apoyando los codos en las rodillas.

Su imponente figura parecía absorber toda la luz de la habitación, acorralándola con la fijeza analítica de su mirada oscura.

—¿Terminaste de hablar? —preguntó él. Su barítono profundo golpeó el espacio con un tono frío pero extrañamente posesivo—.

Tú no eres Jade, lo sé perfectamente. Pero llevas su sangre y el rostro exacto de la mujer que juré proteger ante el mundo.

No te voy a dejar sola en un país extraño, ni a ti ni a la niña.

No me hables de divorcios absurdos cuando la tinta de tus nuevos documentos de identidad apenas se está secando en el registro.

Nos mantendremos juntos en este apartamento hasta que este juego esté completamente cerrado y blindado. No hay marcha atrás.

Jade asintió despacio, tragando saliva, aceptando la tregua temporal con él, pero las facciones de su rostro se volvieron duras, desprovistas de cualquier rastro de la timidez del pasado. La venganza comenzaba a suplantar al miedo.

—Mientras tanto... quiero que Francisco pierda cualquier derecho legal sobre lo que es mío —sentenció ella, y una chispa de pura letalidad congeló sus ojos café claros—.

No se va a quedar con un solo centavo de mi vida, ni de mi esfuerzo en la facultad.

Mañana mismo mandaré una documentación legal redactada hacia Canadá.

Mi padre se encargará personalmente de ingresarla al sistema judicial.

Serán documentos oficiales con mi firma original como Ámbar, pero con fecha de hace varios meses, estipulando que de mis bienes y de mi patrimonio no le corresponde absolutamente nada a él, que todo es propiedad de mi papá bajo un acuerdo prenupcial modificado con retroactividad.

Además, incluiré una denuncia penal formal por robo y desfalco financiero.

El detective privado dejó registrado minuciosamente el historial de cómo Francisco sacó dinero de nuestra cuenta conjunta para transferirlo a cuentas de terceros y mantener los lujos de su amante.

Lo voy a hundir desde aquí, Stefano. Lo voy a dejar en la miseria absoluta.

Lo que Jade no sabía en ese momento de la noche era que el destino ya estaba acelerando la destrucción física de Francisco en Halifax de una forma mucho más rastrera y peligrosa.

Esa misma tarde, en la pequeña casa semirrural de Canadá, la amante de Francisco había terminado de leer con horror los papeles que el detective privado había dejado en el sobre negro de lacre.

Al descubrir que Ámbar supuestamente había muerto en el parto y que la acaudalada familia que la respaldaba tenía el poder económico absoluto para destruirlo judicialmente, la mujer entró en un pánico primario.

Comprendió de inmediato que Francisco ya no era su boleto de salida hacia una vida de lujos, sino un barco hundiéndose a toda velocidad en el océano.

Peor aún, ella misma arrastraba una deuda considerable con los mismos cobradores y prestamistas ilegales de Ottawa que perseguían a Francisco por sus apuestas clandestinas.

Sin dudarlo un solo segundo, movida por un puro instinto de supervivencia egoísta, la amante tomó su teléfono y marcó el número de los deudores mafiosos en Ottawa.

—Tengo lo que ustedes quieren —dijo la mujer con voz temblorosa pero decidida—.

Sé exactamente dónde está escondido Francisco.

Está viviendo en una casa pequeña a las afueras de Halifax y trabaja en el departamento del hospital general de la ciudad.

Les doy la ubicación exacta y los horarios del mapa ahora mismo, a cambio de que a mí me condonen por completo la deuda de apuestas que tengo con ustedes. ¿Tenemos un trato?

Al otro lado de la línea telefónica, una voz áspera, ronca y cargada de una violencia fría aceptó el intercambio de inmediato.

Francisco no solo enfrentaría la ruina legal, penal y profesional que Jade le enviaba desde Europa; ahora, los hombres más peligrosos del bajo mundo de Ottawa ya estaban armándose para viajar a Halifax a saldar las cuentas de sangre y dinero pendientes. Su tiempo se había agotado.

* * *