Capítulo 13 La Ruina de Francisco El Sobre Negro
En la pequeña casa semirrural a las afueras de Halifax, el olor rancio a vino barato, tabaco y encierro flotaba en el aire estancado de la sala de estar.
Francisco estaba sentado a la mesa de madera del comedor, con el cabello castaño completamente revuelto, la camisa arrugada y los ojos fijos en un punto muerto del espacio.
Su amante dormía plácidamente en la habitación contigua, ajena a la pesadilla que había comenzado a materializarse.
La llamada lapidaria de Adolfo de la mañana anterior lo había dejado en un estado de parálisis mental, pero esa parálisis se transformó en un terror absoluto cuando, hace apenas una hora, un mensajero uniformado llamó con fuerza a la puerta principal y le entregó un sobre de cuero negro, pesado,
sellado con lacre y sin ningún remitente visible.
Con las manos temblorosas debido a la abstinencia y los nervios, Francisco rompió el sello de lacre.
Lo primero que cayó sobre la madera de la mesa fue una copia fiel y oficial del acta de defunción de Ámbar.
Causa del deceso: Choque cardiogénico por crisis de estrés severo durante el parto prematuro.
Debajo del acta médica, había una nota corta, manuscrita con la caligrafía afilada y firme de Adolfo que decía: “Tu crueldad y tus maltratos mataron a mi hija en esa mesa. Aquí tienes las pruebas físicas de tu infamia. La dirección general del hospital ya tiene una copia exacta en su escritorio.
Estás acabado, Francisco”.
El resto del contenido del sobre negro era una serie de fotografías de alta resolución tomadas por el detective privado.
Francisco sintió que el suelo de la casa se abría bajo sus pies, provocándole un vértigo insoportable.
Ahí estaba él, retratado desde múltiples ángulos, abrazando a su exnovia en la entrada del vecindario, saliendo de restaurantes caros y subiendo al automóvil que había comprado en secreto.
Francisco se llevó las manos a la cabeza, hundiéndose los dedos en el cráneo, ahogando un grito de pura desesperación y rabia.
Él nunca, ni por un solo segundo en sus dos años de noviazgo, sospechó que los padres de Ámbar poseían ese nivel de recursos económicos ni la capacidad de rastrearlo en las sombras como a una rata de alcantarilla.
Para su mente calculadora, Ámbar era solo una estudiante brillante de bajo perfil, tímida, solitaria y maleable; la presa perfecta para limpiar sus masivas deudas de Ottawa mediante el control de su futuro sueldo y crédito médico.
—No, no, no... Esto no puede estar pasando... —sollozó Francisco. El sudor helado le empapaba el cuello de la camisa.
Al mirar de nuevo las fotos del desfalco, comprendió en toda su magnitud la velocidad de su propia ruina.
Si el comité de ética del hospital general de Halifax recibía esas pruebas contundentes de violencia psicológica doméstica y desvío ilegal de fondos financieros comunes, su residencia médica en la provincia sería revocada de forma fulminante y definitiva.
Ningún hospital de prestigio del país volvería a aceptar su matrícula.
No tenía dinero propio, no tenía carrera profesional que lo respaldara, y ahora cargaba con la sospecha moral de haber provocado, con sus agresiones verbales, la muerte prematura de su esposa e hija.
Estaba maldito, atrapado en la misma miseria económica de la que tanto había intentado escapar mediante el engaño.
Pero lo que Francisco ignoraba en su encierro era que el sobre negro no era el final de su castigo; era solo el primer eslabón de una cadena que se cerraba con fuerza en torno a su cuello desde el otro lado del mundo.