Capítulo 12 El Pacto de las Sombras
La burocracia estatal y médica, cuando se maneja con el peso aplastante del dinero y las influencias correctas, puede ser tan rápida y silenciosa como un parpadeo.
Adolfo no vaciló ni un solo segundo. Esa misma noche, utilizando sus conexiones directas en la junta directiva de la clínica privada y aprovechando el luto respetuoso de los médicos forenses que debían su carrera al apellido familiar,
los certificados oficiales fueron alterados en el sistema informático.
En los registros públicos de Halifax se redactó un acta definitiva de defunción: Ámbar de la Santísima Trinidad, veintidós años de edad, fallecida a causa de un choque cardiogénico postparto derivado de una crisis de estrés severo.
Legalmente, la chica tímida y sumisa que agachaba la cabeza ante los gritos en la casa pequeña dejó de existir para siempre.
A la mañana siguiente, el aire en el cementerio privado de la familia era tan intensamente frío que congelaba el aliento en los labios en cuestión de segundos.
La niebla del Atlántico bajaba como un muro blanco sobre las lápidas de granito.
Fue un entierro exprés, estrictamente confidencial, sin prensa, sin coronas de flores ostentosas y sin amigos falsos.
Solo estaban presentes Adolfo, Laura, un Stefano de mirada impenetrable y ella: la mujer que ahora vestía el abrigo de lana oscura y portaba las pertenencias de su hermana muerta.
Ámbar miró el ataúd descender lentamente hacia la tierra helada, sabiendo con una lucidez aterradora que en ese pedazo de madera noble no solo descansaba el cuerpo de su amada gemela, sino también el nombre de la chica inocente que alguna vez había cometido el error de confiar en Francisco.
—Es hora de cerrar el telón —murmuró Stefano a su lado.
Su voz de barítono profundo rompió el silencio del campo santo.
Colocó una mano grande, pesada y protectora sobre el hombro de ella.
Su tacto fue firme, posesivo, como un recordatorio físico de que ahora ella le pertenecía a una nueva y compleja realidad en el viejo continente.
—Llámalo ahora mismo, papá —dijo ella. Su voz ya no flaqueaba, ni tenía rastro de lágrimas. Su mirada café claro se había vuelto idéntica al hielo romano.
Adolfo sacó su teléfono del bolsillo del abrigo y marcó el número personal de Francisco. Esta vez, el cobarde contestó al segundo tono de la línea, probablemente esperando una confrontación verbal o una disculpa sumisa por la mudanza repentina de los días anteriores.
—Francisco —la voz de Adolfo sonó rota, ronca, perfectamente ensayada en su papel de padre destrozado por la tragedia—.
Ámbar... Ámbar entró en un trabajo de parto prematuro e inesperado ayer en la madrugada.
Hubo complicaciones médicas masivas en el quirófano.
Tu esposa murió en la mesa de operaciones, Francisco.
La bebé tampoco lo logró debido a la hipoxia.
Al otro lado de la línea, el silencio que siguió fue sepulcral, espeso. Se escuchó el sonido metálico de algo cayéndose al suelo, seguido de inmediato por la respiración agitada y errática de Francisco. El pánico primario de la culpa moral y legal lo golpeó de lleno en su propia cama.
—¿Qué...? No, no puede ser... —tartamudeó él con la voz desencajada—. Ella estaba bien cuando hablé...
—No te atrevas a acercarte a mi casa, ni a la clínica, ni a los terrenos de mi familia —sentenció Adolfo, transmutando su actuación en una frialdad corporativa que cortaba el aire—.
No supiste cuidarla ni respetarla en vida.
Ya la hemos enterrado en la más estricta intimidad.
Quédate con tu amante en esa pocilga de casa semirrural todo el tiempo que quieras.
Ya no tienes absolutamente nada que buscar en esta provincia.
Legalmente, la separación total de bienes estaba firmada y blindada desde el momento de tu mudanza oculta.
Estás en la calle, Francisco. No vuelvas a pronunciar el nombre de mi hija en tu miserable vida.
Adolfo colgó el teléfono de golpe, sin darle la menor oportunidad de responder o armar una coartada.
Francisco se quedaría en Canadá atrapado en la mentira, creyendo que había ganado su libertad y el desinterés de los suegros, pero la realidad era que se quedaría atrapado en la mediocridad de sus deudas, cargando con el fantasma de una culpa legal.
Mientras tanto, el plano legal en Roma ya estaba completamente listo para recibirla.
Los abogados personales de la familia Caccini habían ingresado el papeleo en el municipio romano, registrando el matrimonio civil con una fecha retroactiva aprovechando la estancia de Jade en Canadá.
Para las autoridades y los directivos del Hospital Umberto I, la doctora Jade simplemente regresaba de su luto familiar en Halifax acompañada por su esposo y la hija recién nacida durante el periodo de vacaciones.
Ámbar, portando ahora de manera oficial el pasaporte legal y vigente de Jade, subió los escalones del jet privado sin mirar atrás ni una sola vez hacia el suelo canadiense.
Stefano caminaba a su lado exacto; alto, dominante, destilando ese aura peligrosa de quien no teme a nada ni a nadie.
Al entrar a la cabina principal de la aeronave, él la guio hacia el asiento de piel más cómodo y tomó a la bebé en sus brazos con un cuidado de filigrana.
El avión encendió los motores y niveló su altura a diez mil metros sobre el Atlántico, apuntando directo hacia Italia.
La historia de Ámbar había terminado en la nieve.
La leyenda y la venganza silenciosa de Jade acababan de comenzar bajo el cielo europeo.
* * *