Capítulo 11 La Pantalla del Teléfono
El olor penetrante a antiséptico, el zumbido de los monitores y las luces fluorescentes de la sala de recuperación envolvían la escena en una atmósfera irreal, casi quirúrgica.
Ámbar sostenía a su hija recién nacida contra su pecho desnudo; la pequeña dormía plácidamente, ajena a la devastación familiar que la rodeaba.
Las lágrimas silenciosas de Ámbar caían una a una sobre la manta de lana rosa de la bebé, mientras Stefano permanecía de pie junto al gran ventanal, inmóvil y frío como una estatua de mármol negro, con la mirada perdida en los copos de nieve que caían con fuerza afuera.
Adolfo y Laura se aferraban de las manos en un rincón oscuro de la habitación, unidos por un luto que les había arrancado el corazón del pecho.
El silencio sepulcral se rompió de golpe. El teléfono celular de Ámbar, arumbado sobre la mesa de noche metálica junto a las gasas y los sueros, comenzó a vibrar con un zumbido sordo e insistente.
Ámbar estiró una mano temblorosa y débil, pensando por un milisegundo que podría ser Francisco respondiendo finalmente a las decenas de llamadas de emergencia que su padre le había hecho al hospital general.
Pero no era una llamada entrante. Era una notificación de alerta en tiempo real de la aplicación de seguridad de su antigua casa semirrural.
El sensor de movimiento de la habitación principal se había activado de manera inusual.
Con los dedos rígidos por el esfuerzo del parto, Ámbar desbloqueó la pantalla táctil y abrió la señal en vivo de la cámara oculta que su padre había instalado semanas atrás.
Al cargarse el video en alta definición, el aire desapareció por completo de sus pulmones y su rostro se tornó de una palidez mortal.
En la pantalla de su teléfono, a todo color y con total nitidez, apareció la cama de matrimonio que ella misma había tendido con cuidado antes de irse al hogar de sus padres.
Francisco estaba allí. No vestía su bata de médico del hospital general ni reflejaba en sus facciones la menor preocupación por su esposa embarazada.
Estaba riéndose a carcajadas, destapando una botella de vino caro mientras metía a su amante de Ottawa en las sábanas limpias.
La mujer llevaba puesto, de forma burlona, uno de los suéteres de lana grises que Ámbar había dejado olvidados en el clóset.
Se besaban, se acariciaban y se mofaban entre risas, disfrutando de la casa completamente vacía.
Por eso Francisco no contestaba el teléfono; no estaba salvando vidas en ninguna emergencia médica del departamento de urgencias, estaba celebrando su impunidad con la otra mujer mientras su esposa daba a luz sola en una clínica y su cuñada yacía en un ataúd frío a pocas calles de distancia.
Un sollozo seco, un sonido agónico, gutural y terrible que parecía venir desde lo más profundo de sus entrañas, escapó de los labios agrietados de Ámbar.
Su cuerpo entero comenzó a temblar bajo las mantas del hospital debido al shock de la adrenalina.
La coincidencia temporal era macabra, perfecta en su crueldad absoluta.
En el mismo instante en que ella lloraba la muerte de su gemela inseparable y abrazaba a su hija recién nacida en la orfandad de su matrimonio, el hombre que le había prometido amor eterno profanaba su hogar con asquerosa indiferencia moral.
—Hija, por Dios, ¿qué pasa? —preguntó Adolfo, alarmado de inmediato por el cambio drástico en las facciones y el pulso de Ámbar.
Stefano reaccionó antes que nadie. Con un paso rápido, felino y dominante, se acercó a la cama médica y le quitó el teléfono de las manos con firmeza para mirar la pantalla encendida.
Sus ojos oscuros, ya cargados de la furia gélida del luto romano, se fijaron en las imágenes en vivo de Francisco y su amante.
La mandíbula del italiano se apretó con tanta fuerza que los músculos de su cuello se tensaron como cables de acero bajo la piel.
Una chispa de pura violencia contenida, un fuego oscuro, cruzó su mirada asesina.
Ámbar miró a Stefano a los ojos y luego desvió la vista hacia su padre.
Limpió las últimas lágrimas de sus ojos pecosos con una rabia ciega que congeló su llanto por completo.
Había terminado de llorar para siempre. El dolor desgarrador por la pérdida de Jade y la humillación insoportable de la traición de Francisco se fusionaron dentro de su mente, creando una determinación fría, letal y matemática.
La inocente y tímida estudiante de medicina de Halifax había muerto definitivamente en esa cama de hospital.
—Necesito un favor muy grande, Stefano... —dijo Ámbar, con una voz extrañamente firme, pausada y desprovista de cualquier rastro de calidez humana—. Y tu ayuda legal, papá. Si Stefano lo acepta.
Stefano bajó el teléfono celular hacia la mesa de noche y la miró fijamente desde su imponente altura, reconociendo en los ojos café claros de Ámbar la misma mirada inquebrantable y peligrosa que solía tener Jade cuando tomaba una decisión irreversible.
—¿Qué deseas que haga, Ámbar? —preguntó el cirujano italiano con su barítono profundo y rudo.
—Quiero que los papeles de defunción internacionales de Jade sean llenados con mi nombre —soltó Ámbar, clavando sus ojos en los de su padre sin pestañear—. Quiero que, ante la ley del mundo, sea Ámbar quien murió hoy en la mesa de partos. Y yo... yo quiero ser Jade.
Adolfo y Laura abrieron los ojos de par en par, impactados y mudos por la magnitud legal de la propuesta, pero Ámbar continuó explicando con una frialdad matemática que asustaba:
—Quiero librarme de una vez por todas de la sombra de Francisco.
No voy a permitir jamás que registre a mi hija con su apellido podrido, ni que tenga ningún derecho legal sobre ella.
El mundo entero sabrá que Ámbar murió en el hospital tras enterarse de la traición de su esposo.
Dejemos que se quede con su amante en esa casa, creyendo que ganó la partida.
Yo renunciaré a mi identidad legal. Viajaré a Italia contigo hoy mismo, Stefano, portando el pasaporte de Jade.
Si aceptas esto... podremos pasar a tu nombre a una hija que no es de tu sangre.
Mi bebé crecerá en Roma, lejos de su podredumbre, bajo el apellido de un hombre de verdad.
Stefano guardó silencio por unos largos segundos, analizando las implicaciones del plan en su mente de cirujano.
La jugada era perfecta. Legalmente, Francisco quedaría sepultado bajo el peso de su propia infamia y perdería cualquier rastro de la inmensa fortuna que creía que obtendría de Ámbar tras su graduación.
Además, para Stefano, proteger a la mujer que llevaba el rostro exacto de su amada Jade y criar a la sobrina de esta como si fuera su propia sangre se convirtió en su nueva, única y feroz misión en la vida.
Una sonrisa gélida, desprovista de piedad, se dibujó en las facciones duras del italiano.
—Acepto el trato, Jade —sentenció Stefano, dándole el nuevo nombre con un respeto absoluto y una firmeza que selló su destino—. A partir de hoy, eres mi mujer ante el mundo. Y nadie volverá a hacerte daño en esta vida.
* * *