Detrás de tu rostro Capítulo 10 El Vuelo del Ángel Caído
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Capítulo 10 El Vuelo del Ángel Caído

El teléfono en la residencia de la familia de Ámbar en Halifax sonó a las tres de la madrugada con un timbrado estridente y metálico que rasgó el silencio de la casa como una navaja afilada.

Adolfo, que dormía a medias en un sillón de orejas del despacho vigilando el descanso de su hija embarazada, saltó de inmediato sobre el aparato de baquelita para atender la llamada, sintiendo un vuelco premonitorio en el estómago.

Al otro lado de la línea, a miles de kilómetros de distancia, la voz de Stefano no parecía la de un ser humano.

Era un eco monótono, gélido y desprovisto de cualquier matiz de emoción; una coraza de piedra pura que el italiano había levantado a toda prisa para no desmoronarse en el suelo del hospital romano.

—Adolfo... —dijo el barítono profundo, y el millonario canadiense supo que el mundo se había acabado antes de que el hombre continuara—. Hubo un accidente. Una ambulancia en el centro de Roma. Jade... Jade no lo logró. Murió en el acto.

El grito de Adolfo se ahogó en su garganta, transformándose en un gemido sordo y agónico que le crispó los músculos del rostro.

Su esposa Laura, que entraba al despacho en ese preciso momento portando un vaso de agua tibia, vio la expresión de terror absoluto en el rostro de su marido; sus manos perdieron la fuerza y el cristal se estrelló contra el suelo de madera, esparciendo fragmentos brillantes y agua por la habitación.

En la planta alta, encerrada en la penumbra de su habitación de la infancia, Ámbar se sentó en la cama de golpe, con el cuerpo empapado en sudor frío.

No había escuchado el teléfono del piso de abajo, pero un dolor agudo, punzante, abrasador y de una violencia animal le había perforado el útero en ese exacto segundo.

Se llevó las manos al vientre abultado, quedándose sin aire, con los ojos abiertos en la oscuridad.

La conexión invisible y biológica con su gemela se había cortado de golpe, dejando un vacío negro y frío que le succionó el alma.

Supo, con la certeza absoluta de la sangre y el instinto, que su otra mitad ya no respiraba en este mundo.

—Organizaré todo acá en Roma de inmediato para traerla de vuelta, Stefano —consiguió articular Adolfo con la voz rota por el llanto, mientras sostenía a su esposa de los hombros para evitar que cayera de rodillas—. ¿Puedes viajar con ella? No quiero que mi niña regrese sola en ese avión.

—Claro —respondió Stefano, y sus palabras sonaron como una sentencia definitiva—. No dejaré a Jade sola. Nunca más.

El inmenso poder económico e internacional de Adolfo se desplegó en menos de una hora para agilizar las repatriaciones, los visados especiales y los permisos consulares en la embajada de Italia.

Mientras tanto, en la mansión de Halifax, el shock emocional masivo y el dolor desgarrador por la pérdida de su hermana gemela desencadenaron lo inevitable en el cuerpo de Ámbar: entró en un trabajo de parto prematuro, seco y sumamente violento.

Las contracciones eran ráfagas de fuego implacable que la hacían doblarse sobre las sábanas blancas de la clínica privada hacia donde su padre la trasladó de emergencia en medio de la madrugada.

Apenas unas horas después, cuando el alba plomiza y helada comenzaba a romper el horizonte de Nueva Escocia, un jet privado con matrícula europea aterrizó en la pista del aeropuerto de Halifax.

De la aeronave descendió Stefano. El hombre imponente y dominante lucía completamente derrotado; llevaba la ropa arrugada y aún manchada por la lluvia de Roma, y sus ojos oscuros estaban inyectados en sangre.

Caminaba con paso firme, custodiando con celo feroz el féretro de madera noble que contenía el cuerpo de su amada.

En la suite médica del hospital, ajena al movimiento exterior y desgarrada por un llanto primitivo, Ámbar pujaba con las últimas fuerzas biológicas que le quedaban en el cuerpo, aferrándose a las barandillas metálicas de la camilla mientras gritaba el nombre de su hermana muerta.

En un último esfuerzo sobrehumano que le desgarró la garganta, el llanto agudo y estridente de una recién nacida inundó la sala de partos.

Era una hermosa niña, sana, fuerte y de cabello oscuro, ajena por completo a la inmensa tragedia que envolvía su llegada al mundo.

Nadie de la familia se había podido comunicar con Francisco durante todas esas horas de agonía.

Su teléfono personal daba apagado una y otra vez.

Mientras trasladaban a Ámbar a la sala de recuperación con su bebé en brazos, la pesada puerta de madera se abrió despacio.

Entraron Adolfo, con el rostro envejecido diez años en una sola noche; Laura, destrozada emocionalmente, y un Stefano de mirada letal, hombros rígidos y mandíbula apretada.

No hicieron falta las palabras entre ellos.

Los cuatro se fundieron en un abrazo asfixiante, un bloque de dolor puro donde las lágrimas calientes de Ámbar se mezclaron con el silencio sepulcral del italiano que acababa de perder su futuro.

Al cargar a la bebé por primera vez entre sus brazos grandes de cirujano, Stefano sintió una amargura punzante sabiendo de quién venía la semilla, pero al mirar sus facciones perfectas, idénticas a las de las gemelas en su infancia, un feroz e irrevocable instinto de protección nació en su pecho.

Esa niña sería su lazo vivo con el pasado. Su nueva misión