Detrás de tu rostro Capítulo 9 Sirenas en Roma
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Capítulo 9 Sirenas en Roma

La noche en Roma era un lienzo negro y hostil, cerrado por una lluvia torrencial que golpeaba con furia el asfalto antiguo y los monumentos de la Vía del Corso.

El agua corría en ríos por las cunetas, reflejando las luces parpadeantes de la ciudad.

Dentro de la cabina de la ambulancia de emergencias, el sonido rítmico y acelerado del limpiaparabrisas era un metrónomo molesto que competía con el aullido ensordecedor y constante de la sirena de código rojo.

El aire en el interior olía a humedad, plástico quemado, látex y al café cargado que los paramédicos habían tomado de pie antes de salir a toda prisa por una alerta de traumatismo múltiple en el centro histórico.

En la parte trasera del vehículo médico, Jade revisaba con movimientos mecánicos y profesionales el monitor de signos vitales, asegurando los viales de medicamentos mientras la ambulancia sorteaba las curvas y las calles empedradas a gran velocidad, dando tumbos violentos.

A su lado, Stefano se mantenía perfectamente firme.

Su imponente complexión física absorbía los vaivenes del vehículo sin inmutarse lo más mínimo, como una roca en medio del oleaje.

Su rostro, habitualmente gélido, distante y dominante con el resto del mundo, se suavizó por un breve segundo al mirar a Jade.

Ella estaba visiblemente exhausta tras una jornada ininterrumpida de doce horas en urgencias, pero sus ojos café claros seguían encendidos con esa vocación inquebrantable de salvar vidas que compartía con su gemela en Canadá.

—En cuanto terminemos de estabilizar a este paciente y cerremos la guardia, nos iremos a casa, piccola —dijo Stefano.

Su voz de barítono profundo e imponente resonó por encima del estruendo del motor y la lluvia—.

He estado revisando minuciosamente los horarios de los vuelos privados a Canadá para las próximas semanas.

En cuanto la situación legal de Ámbar esté lista y dé a luz a la bebé, viajaremos de inmediato a Halifax.

Nos la traeremos a Italia con nosotros, a ella y a la niña.

Nadie volverá a tocar ni a humillar a tu hermana, te lo prometo por mi vida.

Jade le dedicó una sonrisa llena de gratitud, sintiendo un calor inmenso en el centro del pecho ante la naturaleza ferozmente protectora de su hombre.

Stefano lo sabía todo sobre ellas y no le importaba el dinero ni el esfuerzo; con su enorme influencia médica en Roma, ya estaba moviendo hilos legales para asegurarles un refugio impenetrable en el barrio de Trastevere.

—Gracias, Stefano. De verdad, no sé qué haría en este mundo sin ti... —murmuró Jade, estirando su mano enguantada para tocar la de él.

Fue el último segundo de paz de sus vidas.

El impacto fue un estallido brutal, un rugido ensordecedor de metal retorciéndose con violencia y vidrio templado estallando en mil pedazos que volaron como metralla dentro de la cabina.

Un camión de carga pesada que viajaba a exceso de velocidad por el pavimento mojado se había saltado un semáforo en rojo en una intersección ciega, embistiendo el costado lateral derecho de la ambulancia con la fuerza devastadora de un meteorito.

El vehículo médico volcó sobre el asfalto de la avenida, dando tres vueltas de campana violentas en medio de la lluvia torrencial antes de estrellarse de techo contra un antiguo muro de piedra de la época romana.

El sonido final del choque fue un crujido seco, seguido de inmediato por un silencio sepulcral, espeso y aterrador, roto únicamente por el siseo del radiador roto y el goteo constante de la gasolina mezclándose con el agua de la tormenta en el suelo.

Dentro de la carrocería destrozada y volcada, el tiempo pareció detenerse por completo.

Stefano reaccionó varios minutos después.

El golpe brutal contra el mamparo de metal lo había dejado inconsciente por un breve instante.

Sintió un líquido espeso, caliente y viscoso correr por su frente, cegándole el ojo izquierdo: era sangre, pero sus heridas físicas eran leves en comparación con el dolor agudo y asfixiante que le perforó el pecho al recuperar la lucidez y recordar dónde estaba y con quién.

—¿Jade? —su voz salió como un hilo ronco, quebrada, ahogada por el humo denso del motor y el polvo químico de los airbags activados.

Consiguió desabrocharse el cinturón de seguridad con dedos torpes y cayó pesadamente sobre el techo abollado de la ambulancia.

Se arrastró entre los fierros retorcidos y los cristales rotos, ignorando por completo el dolor punzante de sus costillas fracturadas.

El piloto de la ambulancia yacía inmóvil en la cabina delantera, con el cuello roto, muerto en el acto por el colapso del chasis.

Stefano extendió una mano temblorosa hacia el área del pasajero trasero, donde el cuerpo de Jade estaba atrapado y aplastado bajo una pesada viga de acero del refuerzo médico.

Su hermoso cabello negro azabache estaba empapado de lluvia y sangre.

Stefano le tomó la muñeca con desespero salvaje.

Buscó el pulso en su cuello, en sus manos, colocó su oído ensangrentado directamente contra el pecho de la mujer que amaba con cada fibra de su ser.

Nada. El pulso estaba completamente frío, estático. El impacto directo del camión contra su costado de la ambulancia había apagado su vida en el mismo instante del choque, sin darle tiempo a sufrir.

Un grito desgarrador, salvaje, primitivo y cargado de una furia animal escapó de la garganta de Stefano, perdiéndose en el ruido impersonal de la tormenta romana.

El hombre tierno, detallista y cálido que Jade había logrado construir con paciencia se extinguió en ese piso de metal húmedo.

El Stefano que emergió de los restos del accidente era un ser completamente diferente: frío, dominante, desprovisto de piedad y poseído por una oscuridad gélida.

Cuando los equipos de rescate de los bomberos llegaron al lugar media hora después, rompiendo las puertas traseras con pinzas hidráulicas, encontraron al reputado doctor Caccini abrazando con fuerza simiesca el cuerpo sin vida de su prometida, negándose a soltarla, con la mirada fija,

vacía y muerta en el horizonte lluvioso de Roma.

En el hospital, tras ser atendido de urgencia por sus cortes superficiales y vendado de las costillas, Stefano se puso de pie, rechazando los sedantes.

El dolor absoluto lo había petrificado, convirtiéndolo en una estatua de mármol.

Sacó su teléfono personal del bolsillo de su abrigo manchado y, con dedos rígidos y gélidos, marcó el código internacional de Canadá.

Debía llamar a sus suegros. Debía contener el aliento para soltar la noticia que destruiría a la familia al otro lado del océano, mientras en Halifax, la otra mitad exacta de Jade comenzaba a sentir los primeros dolores de parto prematuro,

provocados por una conexión invisible de sangre que desafiaba a la propia muerte.

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