Capítulo 8 El Poder de los Sombríos
El silencio en la gran mansión familiar de los padres de Ámbar siempre había sido un refugio de paz, un santuario de techos altos y alfombras gruesas que aislaban el ruido del mundo exterior.
Sin embargo, esa tarde se sentía como la antesala de una tormenta perfecta.
Tres días después de aquella llamada desesperada desde el baño, Adolfo había ido a buscar a Ámbar a la pequeña casa semirrural.
No dejó que empacara mucho; simplemente la tomó del brazo, la subió a su auto de cristales tintados y se la llevó de regreso al hogar de su infancia, argumentando con tono de mando que una mujer en sus últimas semanas de embarazo no pasaría un minuto más en ese aislamiento insalubre.
Francisco ni siquiera se enteró de la mudanza en tiempo real.
Cuando Ámbar lo llamó por teléfono para avisarle de forma escueta que se quedaría con sus padres hasta dar a luz porque el dolor de espalda le impedía estar sola, él aceptó al otro lado de la línea con una voz falsamente aliviada, casi festiva:
—Me parece perfecto, Ámbar. Tengo un volumen de trabajo brutal en el hospital esta semana y así no tendré que perder tiempo preocupándome por ti. Quédate allá todo lo que quieras.
La mentira y el desinterés fluían de su boca con una naturalidad asquerosa.
Esa misma noche, en el despacho privado de Adolfo, las luces estaban bajas, creando una atmósfera de confidencialidad absoluta.
El ambiente olía a madera de caoba, cuero viejo y al tabaco de pipa que su padre solo encendía en momentos de crisis extrema.
Ámbar estaba sentada en un amplio sillón de piel, con las manos entrelazadas firmemente sobre su vientre abultado, sintiendo los movimientos lentos de su bebé.
Detrás de ella, su madre, Laura, le sobaba los hombros con suavidad, intentando infundirle un calor que el cuerpo de Ámbar parecía haber perdido.
Frente a ellas, un hombre de traje oscuro impecable, facciones afiladas y mirada fría dejó una carpeta de cuero negro, pesada y sellada, sobre el escritorio de madera. Era el detective privado más cotizado y discreto de la provincia.
—Señor Adolfo, señora Ámbar... las pruebas son contundentes y no dejan espacio a ninguna duda —dijo el investigador con una voz monocorde, desprovista de empatía, mientras abría el expediente—.
El sujeto no ha estado realizando guardias dobles ni apoyos en el departamento de urgencias del hospital.
Sus horarios de salida son completamente normales, de lunes a viernes.
El detective deslizó una serie de fotografías de alta resolución sobre la mesa iluminada.
Ámbar sintió que el aire desaparecía de sus pulmones de golpe, como si hubiera recibido un impacto físico en el pecho.
Las imágenes eran nítidas, dolorosas. En las primeras tomas se veía a Francisco en un vecindario residencial de clase media a las afueras de Halifax, abrazando y besando con pasión a una mujer de cabello castaño en la entrada de una vivienda.
En otras capturas, entraban juntos a restaurantes exclusivos en el centro de la ciudad y subían a un automóvil sedán de modelo reciente que Francisco había comprado e inscrito en secreto.
—La mujer en cuestión es su exnovia de su ciudad natal, Ottawa —explicó el detective, cruzando las manos sobre las rodillas—.
Terminaron formalmente cuando él se mudó a Halifax para casarse con usted, pero ella se trasladó a esta ciudad hace exactamente dos meses.
Desde el primer día de su llegada, mantienen una aventura sentimental y física activa.
De hecho, tras revisar los movimientos financieros que usted nos autorizó, confirmamos que el sujeto está pagando el alquiler mensual de ese departamento y las cuotas del automóvil con los fondos de la cuenta bancaria comunitaria que ustedes comparten.
Su cuenta de ahorros para el parto ha sido prácticamente vaciada.
A Ámbar se le vino el mundo encima. El impacto emocional fue tan brutal y real que sintió una punzada aguda y ardiente en la parte baja del vientre.
Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos café claros, calientes y amargas, inundando sus mejillas pecosas.
La traición se ramificaba en su mente como un veneno negro que lo teñía todo.
Aquel hombre que había jurado amarla ante el altar de piedra, el futuro padre de la hija que llevaba en el vientre, el estudiante con el que había compartido guardias en el lodo del voluntariado...
todo, absolutamente todo, había sido una fachada meticulosamente planificada.
Él la despreciaba y la insultaba en la casa pequeña mientras usaba el dinero de su esfuerzo y su crédito para mantener los lujos de otra mujer.
Pero la podredumbre era aún más profunda.
El detective carraspeó antes de soltar el último informe.
Francisco seguía creyendo que Ámbar era una estudiante desamparada de clase media, ignorando que la familia de su esposa tenía el poder económico para borrarlo del mapa médico si se lo proponían.
El verdadero motivo de Francisco para casarse con ella nunca fue el amor, ni siquiera la química profesional: arrastraba una deuda masiva, ilegal y peligrosa en Ottawa por apuestas clandestinas y malas decisiones financieras con prestamistas del bajo mundo.
Necesitaba una esposa dócil, una doctora con un futuro brillante e ingresos asegurados cuyo sueldo, historial crediticio y apellido limpio pudiera absorber por completo para limpiar su historial y empezar de cero en una provincia nueva.
—Hija... —murmuró Adolfo. La furia contenida hacía temblar la línea de su mandíbula y su voz sonaba como el rugido sordo de un volcán—.
Puedo hundirlo mañana mismo. Puedo hacer que le revoquen la licencia de inmediato, quitarle el techo, dejarlo en la miseria absoluta.
Solo dime qué quieres hacer y moveré los hilos.
Ámbar se limpió las lágrimas con un movimiento rápido, tosco y brusco. El dolor desgarrador que la había paralizado comenzó a transformarse en una frialdad sólida, una coraza de hielo puro que nunca antes había sentido en sus veintidós años de vida. La timidez se evaporó.
—A escondidas... quiero el divorcio, papá —dijo Ámbar, levantando la mirada.
Sus ojos café claros estaban fijos, decididos y gélidos—.
No quiero que sospeche absolutamente nada.
Vamos a preparar todos los papeles de la separación y la demanda por fraude en absoluto secreto legal.
Él cree que sigo siendo la tonta desamparada que lo espera llorando en la casa pequeña.
Dejemos que lo siga creyendo con total confianza hasta que sea el momento exacto de firmar y dejarlo en la calle.
Esa misma noche, encerrada en el despacho de su padre, Ámbar le texteó los detalles escabrosos a Jade a Roma.
La respuesta de su hermana y de Stefano fue inmediata a través de la pantalla: un bloque de apoyo incondicional y feroz.
Stefano prometió usar sus contactos internacionales para blindar cualquier movimiento legal de Ámbar.
Sin embargo, ninguno de los cuatro seres humanos sabía que el destino ya estaba tejiendo una tragedia mucho más destructiva y sangrienta en las calles empedradas de Roma.
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