Detrás de tu rostro Capítulo 7 El Frío en la Casa Pequeña
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Capítulo 7 El Frío en la Casa Pequeña

El invierno regresó a Nueva Escocia con una ferocidad implacable que congeló las carreteras.

En la pequeña casa semirrural, el viento del norte golpeaba los cristales de las ventanas con un chirrido constante y agudo que crispaba los nervios desgastados de Ámbar.

Ella ya se encontraba en las últimas semanas de gestación.

Su vientre, abultado, pesado y bajo, le cobraba una factura física muy alta: la espalda le dolía constantemente por la presión, los tobillos se le hinchaban al menor esfuerzo y el cansancio extremo la obligaba a pasar los días recluida entre esas cuatro paredes húmedas.

Estaba sola. Completamente sola durante días enteros.

Francisco salía muy temprano, antes de que el débil sol invernal lograra romper la línea del horizonte, y regresaba bien entrada la madrugada, oliendo al frío de la calle.

Al principio, se escudaba de forma mecánica en las extenuantes guardias del hospital general, pero desde hacía algunos meses, su comportamiento había cruzado la línea de la mera indiferencia para transformarse en algo mucho más oscuro y perverso.

Se había vuelto distante, de una frialdad que congelaba el aire de la habitación apenas cruzaba la puerta principal.

Las agresiones verbales, antes sutiles y disfrazadas de consejos, ahora eran directas, crueles y humillantes.

—Mírate, estás gorda, descuidada, das asco —le soltó una noche sin anestesia, mirándola con profundo desprecio mientras ella intentaba acomodar su pesado cuerpo en el sillón de la sala—. Das lástima, Ámbar. No sé en qué demonios estaba pensando cuando me casé con una mujer tan patética como tú.

Ámbar no lograba comprender el motivo real de su cambio tan repentino y brutal.

Aquel estudiante brillante que había jurado amarla y protegerla en la pequeña capilla de piedra se había desvanecido por completo, dejando en su lugar a un ser hostil que la trataba con una crueldad meticulosa.

Una noche de tormenta, tras soportar una nueva oleada de insultos porque la cena no estaba lo suficientemente caliente según sus estándares, Ámbar se encerró en el baño.

Abrió la llave del agua de la tina al máximo para amortiguar el sonido de sus sollozos y, con las manos temblando de impotencia, marcó el código internacional de Roma.

La pantalla se iluminó y el rostro de Jade apareció de inmediato al otro lado del océano.

Al ver las lágrimas calientes correr por las mejillas de su gemela y notar la palidez de su rostro, los ojos de Jade se encendieron de una furia y un dolor salvajes.

Stefano apareció detrás de ella a los pocos segundos, alertado por el tono de la llamada.

Su imponente figura se recortó contra la luz de la estancia romana y su mandíbula cuadrada se apretó con tanta fuerza que los músculos de su cuello se tensaron como cables de acero al notar el estado de Ámbar.

—No más, Ámbar. Esto se acabó —le dijo Jade con una firmeza desgarradora, pegando el rostro a la cámara—.

Tienes que divorciarte de ese miserable de inmediato.

Un hijo no te va a atar a un monstruo. No tienes por qué soportar esa violencia ni un minuto más.

Tienes una familia que te ama y un padre que tiene los recursos económicos y los contactos para destruirlo si es necesario. Sal de esa casa ya mismo.

Las palabras de su hermana le quedaron dando vueltas en la cabeza durante toda la madrugada, martilleando contra sus sienes con el ritmo del viento exterior, mientras escuchaba los pasos pesados e indiferentes de Francisco en la habitación contigua.

Su intuición, la misma que había intentado blindar durante años, finalmente despertó de su letargo y le dio una orden clara y rotunda: era hora de actuar.

Al día siguiente, aprovechando que Francisco había avisado textualmente que no regresaría hasta la madrugada por "asuntos del departamento", Ámbar tomó el teléfono y llamó a su padre.

Adolfo no tardó ni treinta minutos en recorrer la carretera helada y llegar a la pequeña casa semirrural.

Al cruzar el umbral, ver las condiciones de abandono en las que vivía su única hija presente y notar el profundo deterioro emocional en su rostro apagado, el sutil velo de amabilidad del experimentado hombre de negocios se rompió por completo.

El poder real que la familia se esmeraba tanto en ocultar para evitar la hipocresía social emergió con una fuerza aterradora.

—Esto se termina hoy mismo, mi niña —sentenció Adolfo, envolviéndola en un abrazo con un cuidado infinito, como si temiera romperla—.

Francisco no tiene la menor idea de con quién se metió.

Él cree que estás sola e indefensa en esta provincia, pero no tiene idea de quién soy yo ni del alcance de mi mano.

Voy a contratar al mejor detective privado del país de inmediato.

Vamos a averiguar con total precisión qué es exactamente lo que hace ese infeliz cuando dice que está trabajando en el hospital.

Ámbar asintió en silencio, limpiándose las lágrimas de las mejillas con el puño de su suéter. El juego de control de Francisco estaba por llegar a su fin, pero ella aún no sospechaba la magnitud de la podredumbre moral que el detective privado estaba a punto de desenterrar bajo la nieve de Halifax.