Capítulo 31 Cimientos Nuevos )
Entre besos perezosos, caricias compartidas y roces lentos sobre las sábanas doradas por el sol de la mañana, nos obligamos finalmente a levantarnos de la cama.
El apartamento de Trastevere ya no se sentía frío, hostil ni ajeno en ninguna de sus esquinas; el aire traía una ligereza nueva que nos permitía respirar sin el peso de la culpa moral.
Preparamos el desayuno juntos, moviéndonos por el espacio de la cocina rústica en un juego constante de roces de caderas, manos que se encontraban sobre la cafetera y miradas cómplices que hacían que cualquier tarea sencilla tardara el doble del tiempo normal.
Esmeralda, completamente recuperada del virus estacional y sentada de forma segura en su portabebés sobre la barra, nos observaba agitando las manos regordetas y balbuceando con fuerza, como si celebrara el drástico cambio de atmósfera en su hogar.
Apenas terminamos de recoger la mesa de madera, la tomé firmemente de la cintura y la miré con total fijeza.
Las cosas iban a cambiar desde hoy bajo mi dirección.
—Comenzaremos por nuestra propia habitación —le sentencié, atrayéndola hacia mí hasta que su vientre rozó el mío—.
Ahí es donde remodelaremos primero, quitando cualquier rastro del pasado.
Ahora que ya compartimos esa cama de verdad, no quiero pasar un solo día más sin tenerte entre mis brazos firmes al dormir.
Ese espacio tiene que ser puramente nuestro, un santuario sin recuerdos ajenos.
Jade sonrió, con las mejillas encendidas por el rubor de la noche anterior pero con los ojos café claros llenos de una determinación brillante y madura.
Así pasamos el resto del día libre. Nos despojamos por completo de las preocupaciones del Hospital Umberto I y nos concentramos en desmontar el viejo decorado.
Pusimos música de jazz suave de fondo y pasamos las horas entre risas compartidas, manchas de pintura blanca imprevistas en la nariz y juegos físicos que terminaban inevitablemente en abrazos apretados y besos hambrientos a mitad del pasillo.
Desarmamos los muebles antiguos de madera oscura con herramientas y preparamos las superficies de las paredes para recibir los nuevos colores cálidos que ella misma había elegido meticulosamente.
Aún quedaba muchísimo trabajo físico por remodelar en el resto del apartamento, pero ya no había ninguna prisa ni ansiedad.
Sentía que, de la misma manera exacta en la que íbamos avanzando paso a paso en nuestra relación de carne, borrando las culpas morales y los miedos biológicos de Canadá, también íbamos avanzando en la reconstrucción física de la estructura de la casa.
Estábamos construyendo nuestro propio reino familiar sobre las cenizas de lo que fue.
El inmenso esfuerzo físico de la jornada de pintura nos pasó factura temprano en los músculos.
Para cuando el cielo antiguo de Roma comenzó a teñirse de un violeta oscuro y denso, el cansancio nos venció de una forma hermosa y pacífica.
Decidimos descansar temprano para recuperar fuerzas para el turno clínico del día siguiente.
Establecimos de inmediato una nueva rutina de protección doméstica: nos bañaríamos por turnos estrictos.
Mientras uno de los dos se quedaba en la habitación remodelada cuidando, alimentando y entreteniendo a la bebé, el otro disfrutaba de una ducha de agua caliente para quitarse por completo el rastro del polvo, el sudor y la pintura de las manos.
Me metí al baño primero, dejando a Ámbar cantándole bajito en inglés a Esmeralda en el moisés de la sala.
Bajo el chorro de agua caliente que me relajaba los hombros de cirujano, sonreí para mis adentros con un orgullo posesivo.
La farsa conveniente de las apariencias se había evaporado por completo bajo mi techo.
Ya no había vuelta atrás en el plano legal ni emocional; el hombre frío y distante del hospital tenía finalmente una familia real y de carne a la cual proteger con garras y dientes, y el apartamento de Trastevere ya era, de forma oficial y absoluta, el hogar de los Caccini.