Detrás de tu rostro Capítulo 4 El Vacío de la Mitad
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Capítulo 4 El Vacío de la Mitad

El tiempo en la escuela de medicina no corrió, sino que voló con una velocidad implacable y asfixiante.

Los meses se transformaron en un par de años de estudio intensivo, guardias nocturnas extenuantes en los hospitales de Halifax y una relación a distancia con Francisco que se sostenía a base de mensajes diarios y vuelos de dos horas entre ciudades.

Para el resto del mundo, el noviazgo era el ideal de una pareja de futuros médicos: perfecto, sólido y enfocado.

Francisco seguía planeando el futuro común con una precisión milimétrica, pero para Ámbar, cada videollamada con él dejaba un persistente sabor amargo en la boca.

Su intuición continuaba activa, como un faro intermitente en la oscuridad que le advertía que no bajara la guardia ni un solo segundo.

El blindaje se mantuvo intacto: en dos años enteros, Francisco jamás vio una fotografía de Jade, ni supo que existía una gemela idéntica.

El verdadero quiebre llegó una tarde lluviosa en el campus de la universidad, a solo unos meses de terminar la carrera. Jade llegó corriendo al área de la cafetería, con las mejillas encendidas por el esfuerzo y un folleto arrugado entre las manos que sostenía como si fuera un tesoro.

—¡Ámbar! Dime que ya lo viste en el tablero principal —exclamó Jade, dejándose caer en la silla frente a ella y apartándose el cabello empapado—.

Salió la convocatoria oficial. El voluntariado internacional de especialización médica en Europa.

Seis meses rotando por hospitales de alta complejidad en Italia. ¡Es nuestra oportunidad de oro!

Ámbar miró el folleto brillante. Ir a Europa a estudiar siempre había sido el sueño compartido de ambas desde que iniciaron la carrera. Sin embargo, un peso inmenso y frío le hundió el estómago al instante.

—No lo sé, Jade... Estoy muy indecisa —admitió Ámbar, bajando la mirada hacia sus apuntes—.

Quiero ir, de verdad quiero ir contigo, pero también está Francisco.

Habíamos planeado usar esos exactos meses para buscar plazas de internado juntos aquí en Canadá, asegurar los mejores hospitales de la provincia.

Jade suspiró profundamente. Una sombra de decepción cruzó sus ojos café claro, aunque intentó disimularla de inmediato con una sonrisa comprensiva y madura.

—Entiendo. Es tu novio y tienen planes —dijo Jade en voz baja—. Pero piénsalo. Cuando te decidas, me avisas, ¿sí? Las inscripciones cierran pronto y los cupos son limitados.

Esa misma noche, Ámbar se encerró en su habitación y llamó a Francisco. El corazón le latía con una fuerza inusual contra las costillas. En el fondo, albergaba la pequeña esperanza de que él le dijera que se inscribieran juntos, que cruzaran el océano como una pareja dispuesta a comerse el mundo.

—¿A Europa? —la voz de Francisco sonó extrañamente plana, desprovista de cualquier entusiasmo a través del receptor—.

No, Ámbar. Definitivamente esta vez yo no iré.

No tengo tiempo que perder en campamentos europeos cuando tengo contactos políticos e importantes que asegurar aquí mismo en Ottawa.

Si tú quieres ir, ve, pero arruinarías por completo los planes de internado que ya estructuré para los dos. Tú verás qué es más importante para ti.

La frialdad calculadora de su respuesta dolió, pero también le dio la claridad que necesitaba. Basándose en esa sutil amenaza de ruptura, Ámbar tomó una decisión definitiva. Al día siguiente, buscó a su hermana en la biblioteca de la facultad.

—No voy a ir, Jade —le dijo con la voz rota y los ojos empañados—. Me quedo en Canadá.

Jade la miró en silencio durante un largo rato.

La tristeza la invadió por completo. Sabía que ir sola significaba romper, por primera vez en veinte años, el cordón umbilical invisible que las había mantenido unidas como un solo bloque.

Cuando les comunicaron la decisión a sus padres en la gran casa de Halifax, la reacción fue agridulce.

Adolfo y Laura abrazaron a sus hijas con fuerza; por una parte, sentían el alivio de que Ámbar se quedara cerca para no estar completamente solos, pero por otra, el dolor de ver partir a Jade a un continente desconocido les encogía el corazón.

Las primeras semanas sin Jade fueron un auténtico infierno físico y mental para Ámbar.

Por primera vez en su vida, dormía sola en una habitación donde el silencio aturdía las sienes.

No tenía a quién mirar al despertar, no tenía con quién estudiar de memoria los densos y complejos libros de farmacología, ni con quién hablar en ese lenguaje silencioso de las miradas que solo ellas poseían.

El vacío fue tan devastador que el cuerpo de Ámbar reaccionó de inmediato: comenzó a bajar de peso de forma drástica, la comida le sabía a cartón y la ropa empezó a quedarle holgada.

En Roma, a miles de kilómetros de distancia, a Jade le ocurrió exactamente lo mismo.

El síndrome del espejo roto las atacó con náuseas y debilidad.

En veinte años, era la primera vez que sus almas se separaban.

* * *