Detrás de tu rostro Capítulo 5 La Cara del Mafioso
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Capítulo 5 La Cara del Mafioso

Con el paso de los días, las semanas y los meses, el implacable instinto de supervivencia médico las obligó a adaptarse a la nueva realidad.

La tecnología se convirtió en su único salvavidas.

Hablaban todos los días sin falta a través de videollamadas, desafiando la gran diferencia horaria entre Canadá e Italia.

Se contaban todo, absolutamente todo. El día a día en los hospitales de Roma se volvió el tema favorito de las charlas.

Hasta que una tarde de primavera, la pantalla del teléfono de Ámbar se iluminó con un mensaje de texto de Jade que rompió la monotonía: Hermana, tienes que llamarme ya. Conocí a alguien.

Ámbar marcó de inmediato, sintiendo una chispa de emoción. La voz de Jade al otro lado de la línea sonaba acelerada, llena de una luz y una vitalidad que no le escuchaba desde que se había ido de Canadá.

—Es un doctor italiano, Ámbar —decía Jade, riendo con timidez—.

Es sumamente guapo, pero es enorme, de verdad, una mole de hombre.

Yo soy una pinza de depilar al lado de él.

Trabaja en el Hospital Umberto I conmigo.

Le comenté de ti, le dije que somos gemelas idénticas y que te extraño horrores.

Así que, prepárate, uno de estos días te haré una videollamada con él para que se conozcan y podamos interactuar los tres.

No pasaron muchos días para que la promesa se cumpliera.

Ámbar estaba sentada en su escritorio de Halifax, rodeada de apuntes de pediatría, cuando entró la videollamada esperada.

Al conectarse, la cámara enfocó primero a Jade, que sonreía como nunca antes la había visto, y luego se desvió hacia el hombre que estaba sentado a su lado en la terraza de un café romano.

Ámbar se quedó sin aliento por un segundo entero.

El hombre era imponente, magnético de una forma casi intimidante.

Tenía el cabello oscuro cortado con precisión militar, unas facciones duras que parecían esculpidas en piedra, una mandíbula cuadrada y marcada, y unos ojos oscuros que analizaban el entorno con una frialdad peligrosa.

Irradiaba un aura de poder innato, de control absoluto, de pertenecer a una esfera donde los hombres no piden permiso para actuar.

Sin embargo, al ver el rostro idéntico de la hermana de su amada a través de la pantalla, una sonrisa leve pero genuina suavizó de golpe sus rasgos duros.

Su voz fue un barítono profundo que retumbó en la bocina del teléfono con un eco vibrante.

—Un placer, Ámbar. Jade me ha hablado mucho de ti.

Ámbar, fiel a su estilo directo y sin filtros cuando estaba en confianza con su hermana, entornó los ojos café claro y soltó una carcajada nerviosa que rompió el hielo.

—Vaya... Tienes pura cara de mafioso, Stefano. ¿No eres de la mafia, verdad?

Jade ahogó un grito de sorpresa por el atrevimiento sin límites de su hermana, pero Stefano, lejos de molestarse o fruncir el ceño, soltó una carcajada profunda, un sonido ronco y masculino que demostraba que muy pocas personas se atrevían a hablarle con esa audacia.

—Tranquila, piccola —respondió Stefano, mirándola fijamente a través de la cámara con un respeto instantáneo—. Yo ayudo a la gente, no la mato. Mi trabajo es salvar vidas en el departamento de urgencias, te lo aseguro.

A partir de ese día, una rutina perfecta nació entre los tres.

Las semanas y los meses siguientes avanzaron con videollamadas constantes que acortaban la distancia del Atlántico.

La relación entre Ámbar y Stefano se volvió increíblemente buena; congeniaban de maravilla como amigos intelectuales.

Stefano respetaba la inteligencia médica y la agudeza de Ámbar, y ella admiraba la seguridad arrolladora del italiano, que demostraba ser un amor de paciencia con sus pacientes pero un bloque de hielo impenetrable con el resto de las personas.

En esas charlas, Ámbar solía comentarles a ambos sobre su noviazgo con Francisco, intentando convencerse a sí misma —y a ellos— de que todo marchaba sobre ruedas.

Sin embargo, una noche en la que Francisco se había mostrado especialmente cortante e indiferente por mensaje de texto, Ámbar se quedó hablando a solas con Jade tras despedir a Stefano de la llamada.

—Jade... sigo sintiendo algo raro en el pecho —confesó Ámbar, abrazando sus rodillas en la cama—.

Francisco se va a graduar pronto en Ottawa y habla de venir definitivamente a Halifax, pero...

hay algo en mí que no me deja avanzar con alegría.

Siento una pesadez constante. Todavía no quiero que Francisco te conozca, ni a ti ni a Stefano.

Mi intuición me dice que lo mantenga al margen de mi verdadera familia y de mis lazos más puros.

No sé qué espero descubrir, pero mi instinto no se equivoca.

Al otro lado de la pantalla, en su habitación de Roma, Jade la miró con absoluta seriedad. Conocía a su gemela mejor que nadie en el mundo y respetaba ese sexto sentido.

—Si tu intuición te lo dice con tanta fuerza, no lo hagas y quédate tranquila, hermana —sentenció Jade con firmeza—. No le digas nada sobre mí ni sobre el estatus de papá. Mantén el secreto el tiempo que sea necesario. Algún día llegará el momento en que todo se aclare.

Jade terminó su carrera médica en Italia, obteniendo la especialización y quedándose a trabajar rodeada del éxito profesional y del amor ferozmente protector de Stefano.

Por su parte, Ámbar se graduaba con honores en Canadá.

Fue exactamente el día de la cena de celebración de su graduación en Halifax, en un restaurante elegante y reservado que sus padres habían elegido para evitar las miradas indiscretas, cuando Francisco se arrodilló frente a ella.

Con una sortija brillante en la mano y una sonrisa perfecta que pretendía ser el colofón de un cuento de hadas, le pidió que se casaran.

Anunció, además, que ya había gestionado con éxito su traslado definitivo a la ciudad de Ámbar para trabajar en el mismo complejo hospitalario, asegurando que en Ottawa ya no había nada que lo atara.

Ámbar, conmovida por el gesto y queriendo enterrar sus dudas de una vez por todas, aceptó.

Estaba convencida de que, finalmente, era muy feliz.

* * *