Detrás de tu rostro Capítulo 3 Dos Horas de Vuelo
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Capítulo 3 Dos Horas de Vuelo

El voluntariado en las afueras de la ciudad llegó a su fin, pero la presencia de Francisco en la vida de Ámbar no hizo más que expandirse a través de la distancia geográfica.

De regreso a sus respectivas rutinas universitarias, el noviazgo se consolidó bajo una regla implícita que Francisco impuso con una sutileza quirúrgica desde el primer día: el control milimétrico del tiempo ajeno.

Había exactamente dos horas de vuelo directo entre Halifax y Ottawa, una barrera física que Francisco utilizaba de manera constante como la justificación perfecta para exigir videollamadas nocturnas obligatorias y reportes detallados de cada actividad que Ámbar realizaba en la facultad de medicina.

Si ella se demoraba diez minutos en responder un mensaje debido a una práctica de laboratorio, el teléfono vibraba de inmediato con una insistencia rígida.

Al principio, Ámbar intentó convencerse a sí misma de que esa intensidad era sinónimo de un amor profundo, maduro y comprometido.

Se decía que la distancia era dura y que él solo la extrañaba.

Sin embargo, su intuición —ese faro silencioso que nunca le fallaba— seguía encendido en el fondo de su mente, advirtiéndole que detrás de su amabilidad ensayada y sus palabras de aliento se escondía un entramado oscuro de posesividad.

El primer indicio real de alarma ocurrió tres meses después, durante la primera visita oficial de Francisco a Halifax.

Él había insistido, con una pomposidad que intentaba camuflar de caballerosidad, en costear una cena en un restaurante exclusivo en el centro de la ciudad para celebrar que Ámbar había obtenido la nota más alta de su generación en el examen de anatomía patológica.

—Tienes un talento verdaderamente brillante, Ámbar —le dijo Francisco, cruzando las manos sobre la mesa de manteles blancos y mirándola con esa fijeza oscura que a ella siempre la ponía en guardia—.

Cuando termines la carrera, tienes que mudarte a Ottawa conmigo.

Ya he estado revisando minuciosamente las plazas de internado en los mejores hospitales de allá.

Ya lo tengo todo planificado y estructurado para los dos.

No puedes desperdiciar tu potencial médico quedándote en una ciudad tan pequeña e irrelevante como esta.

Ámbar sintió una ligera pero clara opresión en el pecho.

Las palabras se le atoraron en la garganta.

Él ni siquiera le había preguntado qué quería ella, ni había considerado por un segundo que toda su vida, sus raíces y su familia estaban en Halifax.

Daba por sentado que ella simplemente seguiría el guion que él escribía.

—Aún falta mucho para el internado, Francisco —respondió ella con cautela, forzando una sonrisa cortés mientras sostenía la copa de agua—. Además, me gusta mucho mi ciudad. Tiene hospitales excelentes.

—Ottawa es donde están las verdaderas oportunidades y los contactos de alto nivel —sentenció él con un tono de voz extrañamente cortante, que no admitía réplicas ni opiniones contrarias. Sus ojos brillaron con una ambición fría.

En ese preciso momento, el teléfono de Ámbar vibró sobre la mesa, iluminando la pantalla con un mensaje de Jade: ¿Cómo va la cena con el misterioso de Ottawa? Mándame fotos si sobrevives a sus discursos intelectuales.

Ámbar estiró la mano rápidamente para tomar el celular, queriendo ocultarlo, pero Francisco fue más veloz. Con un movimiento ágil, felino y falsamente casual, atrapó el teléfono antes que ella, escudándose en una sonrisa juguetona que no llegaba a reflejarse en sus ojos oscuros.

—¿Quién te escribe con tanta insistencia y confianza a estas horas de la noche?

—preguntó Francisco, clavando la mirada en la pantalla mientras desbloqueaba el aparato con un movimiento rápido del pulgar.

Ámbar no había cambiado su contraseña habitual, por lo que él pudo entrar a la privacidad de sus chats con total facilidad.

El corazón de Ámbar dio un vuelco de puro pánico. Un sudor frío le recorrió la nuca. El secreto de su familia, la existencia de su gemela idéntica y la inmensa fortuna oculta de sus padres pendían de un hilo invisible sobre esa mesa.

—Es solo una compañera de la facultad, estamos revisando unos casos —mintió Ámbar de inmediato, forzando una voz firme, fría y controlada a pesar de que las manos le temblaban bajo la mesa.

Francisco leyó el mensaje de reojo, analizándolo de forma calculadora antes de devolverle el teléfono con una lentitud exasperante, deslizándolo por el mantel como si estuviera evaluando su reacción.

—Esa chica habla con demasiada confianza y vulgaridad contigo —comentó él, limpiándose las comisuras de los labios con la servilleta de lino—.

No me gusta que la gente de tu entorno sea tan entrometida, Ámbar.

Deberías aprender a seleccionar mejor a tus amistades.

Un futuro médico de prestigio necesita un círculo limpio, sin distracciones absurdas ni personas que no aporten nada a tu estatus.

Esa misma noche, tras dejar a Francisco en el lobby de su hotel con una despedida rápida, Ámbar subió al autobús de regreso a casa con el estómago completamente revuelto.

La sensación de haber sido invadida la asfixiaba.

Llegó a la habitación compartida de la universidad, donde Jade la esperaba sentada en medio de la cama, rodeada de apuntes de patología y libros abiertos.

—¿Qué pasó? Tienes cara de haber visto un fantasma en el restaurante —dijo Jade, dejando los libros a un lado al notar la palidez de su hermana.

Ámbar se dejó caer en su propia cama, tapándose la cara con ambas manos mientras exhalaba un suspiro tembloroso.

—Francisco me revisó el teléfono, Jade. Vio tu mensaje de texto.

Jade se puso de pie de un salto, con los ojos café claros encendidos de una indignación instantánea.

—¿Qué hizo qué? ¿Con qué derecho se mete en tus cosas personales? Ámbar, ese tipo es un controlador de manual. Te lo dije desde el campamento en el lodo, no me da buena espina su amabilidad perfecta. Es una fachada.

—Le mentí —susurró Ámbar, destapándose el rostro y mirando al techo con fijeza—.

Le dije que eras solo una compañera de la universidad.

Le repetí exactamente lo mismo que le dije en el campamento: que tengo una hermana, pero que no nos parecemos en nada, que somos totalmente diferentes de cara y de personalidad.

Jade guardó silencio, mirando a su gemela con una mezcla de profunda preocupación y tristeza. El dolor de ver a su inseparable mitad protegiendo un secreto a costa de su propia tranquilidad y felicidad la angustiaba en lo más profundo.

—¿Por qué te haces esto, Ámbar? ¿Por qué sigues alimentando una relación con alguien a quien tienes que ocultarle tu verdadera vida y a tu propia sangre?

—Porque necesito estar segura, Jade —respondió Ámbar, y una chispa de frialdad y madurez a golpes brilló en sus ojos café claros—.

Mi intuición me grita que si él descubre quiénes somos realmente, el apellido de papá, la fortuna familiar y nuestra complicidad absoluta...

lo usará en nuestra contra. Francisco tiene una ambición que me asusta.

Mientras él crea que soy una estudiante promedio, sola, vulnerable y sin una gemela idéntica que me cuide la espalda, yo tendré el control de la situación. El secreto nos protege de él.

Jade suspiró con pesadez, dándose cuenta de que no lograría convencerla de lo contrario.

Se sentó al borde de la cama de su hermana y la abrazó con fuerza, uniendo sus hombros.

Aceptó la desaprobación silenciosa de ese noviazgo, pero respetó el blindaje.

A partir de esa noche, el pacto quedó sellado con fuego entre las dos: Francisco jamás sabría la verdad de su origen.

Así pasaron los meses, con Ámbar gestionando un noviazgo artificial a distancia, mientras la tensión del secreto empezaba a cobrarle factura en el cuerpo con dolores de cabeza y noches de insomnio,

preparándola inconscientemente para el momento en que los caminos de las dos hermanas se separarían por completo con el viaje a Europa.

* * *