Detrás de tu rostro Capítulo 2 El Intruso en Pediatría
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Capítulo 2 El Intruso en Pediatría

El segundo día del voluntariado comenzó exactamente con el mismo frío mordaz que amenazaba con congelar el aliento, pero para Ámbar el aire se sentía completamente distinto.

Una corriente de anticipación le recorría la espina dorsal.

Cumpliendo el plan trazado la noche anterior, ejecutaron el intercambio en absoluto silencio dentro de la furgoneta, aprovechando que los demás estudiantes aún cabeceaban por el sueño.

Jade se abrochó la chaqueta gris de Ámbar, se subió la capucha y se marchó con paso firme hacia la mesa de clasificación en la entrada principal.

Ámbar, por su parte, con una mezcla de alivio y entusiasmo latiéndole en el pecho, se adentró en la carpa del fondo.

Pediatría era un mundo aparte, un pequeño oasis de calidez en medio del lodo.

El suelo de tierra batida estaba completamente cubierto por lonas plásticas de color azul y el olor penetrante a desinfectante industrial se mezclaba aquí con el de la leche tibia, el polvo de talco y los dulces de cereza que los médicos usaban para calmar a los más pequeños.

A Ámbar no le importaba la cantidad de pacientes ni el cansancio acumulado; atender niños era su verdadera vocación, el motivo real por el cual devoraba los densos libros de anatomía en Halifax.

Disfrutaba la paciencia infinita que requería ganarse la confianza de un niño asustado.

Le encantaba transformar el estetoscopio frío en un "juego de detectives" para escuchar latidos mágicos y ver cómo las miradas de puro terror se convertían en sonrisas cansadas.

El turno avanzó de forma caótica pero profundamente gratificante, entre llantos que lograba apaciguar con voz suave y recetas de antibióticos que explicaba minuciosamente a madres exhaustas.

Faltaba poco menos de una hora para el cierre oficial del campamento cuando el flujo de pacientes disminuyó drásticamente.

El viento afuera parecía haber dado una tregua.

Ámbar estaba agachada, organizando unos frascos de jarabe para la tos en una caja de cartón, cuando la luz de la entrada se atenuó y una sombra alargada se proyectó directamente sobre su mesa de trabajo.

—Parece que por fin los pequeños nos dan un respiro —dijo una voz masculina. Era suave, modulada con una seguridad ensayada que llamó de inmediato su atención.

Ámbar se incorporó despacio y levantó la vista, apartándose un mechón de cabello azabache de la cara.

Frente a ella estaba un joven alto, de complexión delgada pero porte elegante.

Tenía el cabello castaño claro perfectamente peinado, sin un solo mechón fuera de lugar a pesar de la dura jornada, y unos ojos oscuros, casi negros, que la miraban con una fijeza excesiva, analítica.

Llevaba una credencial de plástico colgada al cuello que tintineaba contra el cierre de su abrigo.

—Soy Francisco —se presentó él, dando un paso al frente y extendiendo una mano limpia.

Ámbar la estrechó brevemente. La piel de Francisco estaba extrañamente cálida, pero su agarre fue firme, casi impositivo—.

Vengo de la delegación de la Universidad de Ottawa.

También estoy en tercer año de medicina y me asignaron al módulo de vacunación infantil en el sector B, pero ya terminamos con el inventario de allá y pensé que aquí necesitarían ayuda.

—Ámbar. De la facultad de Halifax —respondió ella de forma escueta.

Al soltar su mano, sintió de inmediato que su habitual timidez social se transformaba en algo mucho más rígido.

Una extraña alerta interna, un zumbido sutil e imperceptible en la boca del estómago, se encendió de golpe.

Su intuición, ese faro silencioso que rara vez le fallaba, dio un parpadeo de advertencia.

No sabía por qué, pero la presencia de ese chico la ponía en guardia.

—Halifax... Una distancia considerable. Hay unas dos horas de vuelo directo entre nuestras ciudades, ¿no?

—comentó Francisco con una sonrisa perfectamente simétrica, apoyándose de manera falsamente casual en el borde de la mesa de madera—.

A mí también me encanta trabajar con niños.

Tienen una pureza que no encuentras en los adultos. Son como un lienzo en blanco.

Pasaron el resto del turno trabajando juntos en las últimas revisiones del día.

Francisco demostró ser sumamente eficiente; hablaba con fluidez, dominaba los términos médicos con precisión y compartía anécdotas ingeniosas sobre sus profesores en Ottawa.

Cualquiera habría dicho que era el compañero ideal.

Sin embargo, mientras hablaban de cosas triviales, Ámbar no podía deshacerse de una persistente sensación de incomodidad.

Notó la forma en que él modulaba la voz, adaptando el tono según lo que ella respondía; la manera en que calculaba sus sonrisas una fracción de segundo antes de mostrarlas, y cómo miraba de reojo las pertenencias y los maletines de los médicos del campamento, analizándolo todo.

Francisco irradiaba una amabilidad pulcra que a Ámbar le sabía a impostura, a esa misma hipocresía corporativa y estatus social de la que ella y su hermana siempre huían en las altas esferas de Halifax.

Al dar las seis de la tarde, el megáfono exterior anunció el desalojo de las carpas. Ámbar comenzó a colgarse la mochila con prisa, ansiosa por salir al aire libre.

—Fue un verdadero placer trabajar contigo hoy, Ámbar —dijo Francisco, interceptándola con un paso rápido antes de que ella pudiera cruzar la lona de salida.

Su figura bloqueaba el paso—. Espero que mañana los coordinadores nos dejen en el mismo sector.

Sería una lástima perder la química profesional que logramos construir en tan pocas horas.

—Igualmente, Francisco. Adiós —cortó ella, despidiéndose con un asentimiento rápido y un gesto cortés pero distante.

Caminó a paso veloz por el terreno embarrado hacia la furgoneta.

Jade ya la esperaba allí, sentada en la última fila de asientos, frotándose las manos para entrar en calor.

Ámbar se dejó caer a su lado, sintiendo cómo el corazón le latía un poco más rápido de lo normal, como si hubiera estado huyendo de algo.

—¿Cómo te fue con tus adorados niños? —preguntó Jade de inmediato, notando la rigidez inusual en los hombros de su gemela y la fijeza de su mirada.

Ámbar suspiró hondo, mirando hacia la ventanilla empañada mientras el autobús encendía las luces y avanzaba por el camino de tierra.

—El trabajo con los niños me encantó, fue hermoso —susurró Ámbar, inclinándose hacia Jade para asegurarse de que ninguno de los otros estudiantes que compartían el vehículo pudiera escucharla—.

Pero pasó algo más. Conocí a un voluntario de Ottawa.

Se llama Francisco. Dice que está en nuestro mismo año.

Mañana... si nos dan a elegir los puestos de nuevo, necesito un favor, Jade.

Déjame en pediatría otra vez. Quiero volver a verlo.

Jade la miró con los ojos abiertos de par en par, y una sonrisa pícara y divertida comenzó a dibujarse en su rostro idéntico.

—¿El amor tocó a la puerta en medio del lodo y el frío de Nueva Escocia? —bromeó Jade en voz baja, dándole un codazo—. Claro que sí, hermana. El puesto es tuyo. Pero... ¿por qué tienes esa cara de preocupación? Deberías estar saltando de la felicidad.

Ámbar guardó silencio durante unos largos segundos, recordando la mirada fría y calculadora que había escaneado la carpa de pediatría.

Su intuición seguía arañándole el pecho, exigiéndole que mantuviera una distancia de seguridad, un blindaje impenetrable que incluyera lo más valioso que poseía en el mundo: su familia y su complicidad con Jade.

—Le mentí, Jade —confesó Ámbar, clavando su mirada café claro en los ojos de su hermana—.

Antes de irme, Francisco me preguntó si había venido sola.

Le dije que tenía una hermana en el voluntariado, pero le aseguré que no nos parecemos en nada.

Le dije que solo compartimos el color de pelo y la complexión del cuerpo, pero que de cara somos completamente diferentes. Como el día y la noche.

Jade borró la sonrisa de golpe, confundida por la seriedad y la frialdad en la voz de su gemela.

—¿Por qué le mentiste sobre nosotras? Jamás hemos ocultado que somos gemelas.

—No lo sé con certeza, Jade. Me sentí mal al decírselo, me dolió la mentira, pero...

algo en el diseño de su amabilidad no me da buena espina.

Siento que calcula cada movimiento. No quiero que sepa de ti.

No todavía. Si Francisco va a acercarse a mí, quiero que lo haga creyendo que soy una estudiante promedio, sola, sin saber nada más del resto de mi vida ni de quién es nuestro padre.

Jade, comprendiendo de inmediato la naturaleza profundamente protectora e intuitiva de su otra mitad, dejó de cuestionarla.

Asintió despacio y le apretó la mano con fuerza en señal de apoyo incondicional.

El secreto quedaba sellado entre las dos en la última fila del autobús, bajo la nieve que comenzaba a caer con fuerza sobre Halifax.

* * *