Detrás de tu rostro
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CAPÍTULO 1 El Espejo de Azabache
El frío de Nueva Escocia calaba hasta los huesos aquella madrugada.
Era un frío húmedo, típico del Atlántico, que parecía filtrarse a través de la carrocería metálica de la furgoneta de voluntarios.
Sin embargo, dentro del vehículo, el ambiente era denso, casi asfixiante, debido a una calefacción que funcionaba al máximo y al vaho condensado de más de veinte estudiantes de medicina apretujados en los asientos de tela desgastada.
Ámbar se limpió el sudor de la palma de la mano contra el muslo de su pantalón vaquero.
Su corazón latía con un ritmo acelerado, no por miedo, sino por esa anticipación eléctrica que siempre la dominaba antes de un despliegue clínico.
Con el puño de su suéter gris, frotó el cristal de la ventanilla, deshaciendo la capa de vapor para mirar hacia el exterior.
El paisaje rural de las afueras de Halifax pasaba a toda velocidad como una cinta borrosa: árboles de ramas desnudas y ennegrecidas por el invierno, parches de nieve sucia acumulada en las cunetas y carteles descoloridos que anunciaban la cercanía del campamento médico comunitario.
A su lado, rompiendo la tensión del viaje, Jade tarareaba una canción pop sin ritmo mientras revisaba por quinta vez las olivas de su estetoscopio.
Ámbar se giró a mirarla y, como cada mañana de su vida, sintió esa extraña sensación de estar mirándose en un espejo tridimensional.
Eran idénticas. El mismo cabello negro azabache que les caía en ondas pesadas y brillantes sobre los hombros, la misma estatura exacta de un metro sesenta y cinco, y las mismas pecas sutiles salpicando el puente de la nariz.
Sus ojos, de un café claro, tenían esa peculiaridad familiar de cambiar de tono según la luz, adoptando destellos dorados bajo el sol o volviéndose oscuros como la madera cuando el cielo se nublaba.
Su complexión era robusta, de curvas firmes y hombros estables; una estructura física que las hacía lucir fuertes, como un bloque indivisible.
Sin embargo, para cualquiera que las mirara de lejos en esa furgoneta, solo parecían dos estudiantes universitarias promedio, vestidas con ropa cómoda y mochilas desgastadas por el uso.
Nadie en ese autobús de voluntarios sospechaba que el apellido de su padre, Adolfo, figuraba en los directorios de las corporaciones más influyentes y acaudaladas de Halifax.
A ellas les gustaba así. Habían aprendido desde adolescentes que la riqueza extrema atraía a la hipocresía social y a los interesados.
Ellas prefieren la crudeza de la verdad, ganarse el respeto en los pasillos de la facultad por su intelecto y no por los ceros en la cuenta bancaria de su familia.
—¿Estás lista para el caos, gemela? —preguntó Jade, guardando finalmente el aparato en su mochila de lona. Sus ojos brillaban con esa energía inagotable y chispeante que siempre la caracterizaba, una vitalidad que a menudo contrastaba con la naturaleza más reservada y analítica de Ámbar.
—Nací lista —respondió Ámbar, forzando una sonrisa tímida mientras acomodaba el cuello de su suéter—.
El tercer año de medicina nos ha triturado el cerebro con farmacología y semiología, se supone que estamos preparadas para esto.
O al menos eso quiero creer. Aunque... sigo pensando que es una injusticia que los coordinadores nos dividan en sectores diferentes.
—Es un voluntariado masivo, Ámbar. Hay cientos de personas de comunidades rurales esperando atención —dijo Jade, dándole un suave empujón con el hombro—.
Si nos quedamos juntas, terminaremos hablando nuestro propio idioma de señas, compartiendo diagnósticos con la mirada y no ayudaremos a nadie.
Un poco de distancia nos vendrá bien para variar.
Solo serán unas horas, no te vas a morir por no tenerme al lado.
El vehículo frenó de golpe con un quejido metálico y estridente que hizo vibrar el suelo. Habían llegado. Frente a ellas se levantaba una gran estructura de lona y madera contrachapada, erigida a toda prisa en medio de un campo baldío donde el viento soplaba sin ningún obstáculo.
Al bajarse de la furgoneta, el impacto del aire helado les cortó la respiración.
El lugar ya era un hervidero de actividad humana: una fila interminable de pacientes tiritando bajo el viento invernal, coordinadores gritando órdenes con megáfonos y médicos locales corriendo de un lado a otro con bandejas de instrumental estéril.
El aire del campamento tenía un olor particular, una mezcla de tierra húmeda, desinfectante barato de hospital y el aroma quemado del café de filtro que se distribuía en vasos de cartón.
La separación entre las hermanas fue inmediata y brutal, como un tirón violento en un músculo tenso. Un coordinador con una lista arrugada en la mano y cara de pocos amigos las abordó apenas pisaron el suelo de tierra.
—¿Las gemelas de Halifax? —preguntó el hombre sin siquiera mirarlas a la cara, con la vista fija en sus papeles—.
Bien. No quiero que confundan a los pacientes.
Tú, la de la chaqueta oscura, a la zona de clasificación y triaje en la entrada principal.
Tú, la del suéter gris, a la carpa del fondo, pediatría.
Múvanse, ya estamos retrasados por diez minutos.
Ámbar sintió un vacío repentino en el estómago, una punzada de frío que no tenía nada que ver con el clima de Nueva Escocia, cuando la mano de Jade se soltó de la suya.
Su hermana le guiñó un ojo con complicidad y le dedicó una última sonrisa antes de desaparecer entre la multitud en dirección a la lona azul del fondo.
Ámbar, por su parte, fue empujada por el flujo de personas hacia la mesa de triaje de la entrada, donde el viento soplaba con fuerza, colándose con un silbido agudo por las costuras mal cosidas de la carpa principal.
El resto del día se convirtió en un borrón confuso de adrenalina, diagnósticos rápidos y cansancio físico.
De allá para acá. Ámbar no tuvo tiempo ni de pensar, ni de extrañar.
Sus manos, protegidas por guantes de látex que se enfriaban al tacto en cuestión de segundos, tomaban presiones arteriales, revisaban reflejos pupilares y anotaban síntomas febriles en hojas de triaje que el viento intentaba arrancar constantemente de su tabla de apoyo.
Pacientes de todo tipo pasaban frente a su puesto: ancianos con tos crónica y manos agrietadas por el trabajo de la tierra, agricultores con heridas mal curadas que apestaban a infección y madres exhaustas con la mirada perdida.
Era un ritmo caótico, despiadado, sin pausas para respirar, donde cada segundo contaba para decidir quién requería atención médica inmediata y quién podía esperar en la fila.
Para cuando el sol comenzó a ocultarse en el horizonte, tiñendo el cielo de un tono gris plomizo y amenazante, a Ámbar le temblaban las piernas debido a las horas que había pasado de pie.
Tenía los dedos de las manos entumecidos y los ojos secos por la falta de sueño, pero en el centro del pecho sentía esa calidez limpia y reconfortante que solo da el trabajo médico bien hecho.
El primer día de su verdadero contacto con el mundo real había pasado volando.
Con el cuerpo molido, buscó a Jade en el punto de encuentro acordado junto a la furgoneta. Su hermana ya estaba allí, sentada en el primer escalón del vehículo, con la punta de la nariz roja por el frío pero con una sonrisa enorme que le iluminaba el rostro.
—Trabajar separadas es horrible —se quejó Ámbar, dejándose caer con pesadez en el asiento del autobús que las llevaría de regreso al hostal de voluntarios—. Siento que me falta un brazo, Jade. Pasé todo el día mirando de reojo la carpa de pediatría.
—Lo sé, a mí me pasó lo mismo al principio —asintió Jade, recostando la cabeza con confianza en el hombro de su hermana mientras el autobús encendía el motor—.
Pero mañana es otro día. Y se me ocurrió una idea.
Podemos cambiar de puesto. El coordinador general ni siquiera nos mira a la cara cuando nos habla, para él solo somos el mismo número de matrícula.
Mañana tú te pones mi chaqueta, vas a la carpa del fondo y yo me quedo en la entrada principal haciendo el triaje.
Ámbar cerró los ojos, arrullada por el ronroneo monótono del motor del vehículo y el calor artificial de la calefacción.
Mañana sería su turno con los niños, el área de la medicina que realmente le apasionaba y despertaba su instinto más puro.
Se durmió con una sonrisa en los labios, sin sospechar que ese simple intercambio de puestos, esa travesura inocente entre dos hermanas idénticas, cambiaría el rumbo de su vida y de su identidad para siempre.