Capítulo 13
Me quedé sentada en el sillón mirando la puerta cerrada después de que Manuel salió.
La casa estaba en silencio. Ese silencio particular de cuando acabás de estar en peligro y el peligro se fue pero no del todo, porque sigue existiendo afuera aunque no puedas verlo.
Fui a la cocina. No porque tuviera hambre ni sed sino porque necesitaba moverme, hacer algo con el cuerpo mientras la cabeza procesaba.
Me paré frente a la ventana.
La mentira de David seguía ahí, dando vueltas. Su padre vivo. Su padre en la comisaría esa misma mañana sin saber que su hijo estaba en la ciudad. Y David apareciéndose en mi puerta con los ojos húmedos y la voz quebrada inventando una muerte para que yo bajara la guardia.
Lo había logrado. Por un segundo lo había logrado.
Sonó el celular.
Número desconocido.
Te salvaste por tu noviecito, el policía. Pero pronto te vas a acordar de que sos mía.
Me quedé mirando la pantalla.
Afuera Manuel seguía revisando la zona. Adentro yo estaba sola con ese mensaje y con la certeza de que esto no había terminado, que no iba a terminar hasta que alguien lo detuviera .
No iba a quedarme sola esperando que eso pasara.
Agarré el celular y les escribí a mis amigos.
No como un pedido de ayuda. Como una decisión.
* * *
Manuel volvió poco después. Se veía cansado de una manera que iba más allá del cansancio físico.
—¿Cómo estás? —le pregunté cuando entró.
—Bien. —Me miró—. ¿Vos?
—Mejor.
Asintió.
—¿Querés darte una ducha? —pregunté—. Te preparo el baño.
Me miró un segundo como si la pregunta lo hubiera tomado por sorpresa. Después asintió.
—No estaría mal.
Le preparé una toalla limpia, le dejé el baño listo y volví a la cocina a empezar con la comida. Había decidido pizzas, algo simple que pudiera hacer con los ojos cerrados y que diera tiempo para hablar.
Estaba amasando cuando escuché sus pasos.
—Eso huele rico.
Levanté la vista. El pelo todavía húmedo, la ropa limpia, el perfume suave. Manuel parecía más tranquilo aunque sus ojos seguían cargando algo.
—Te ves bien —dije sin pensar.
Sonrió apenas.
—Vos también. Aunque no creo que estés durmiendo nada.
Se acercó despacio, con cuidado. Yo no retrocedí pero sentí cómo mi cuerpo se tensaba un segundo antes de relajarse.
—Decime si te incomoda —susurró.
Negué con la cabeza.
Me besó sin apuro, sin urgencia. Como alguien que no quiere quitarme nada sino simplemente estar cerca.
Cerré los ojos. Por un instante el ruido de la cabeza se apagó.
Entonces sonó el timbre.
Abrí los ojos. Manuel se apartó despacio, aunque sin soltarme del todo.
—Deben ser los chicos.
Asentí. Pero antes de que fuera a abrir me tomó de la mano.
—Ori. —Su voz cambió, más seria—. Lo que acaba de pasar… no debería haber pasado. Sos parte de una investigación activa. Sos una víctima del hombre que estoy persiguiendo. No puedo involucrarme, no así, no ahora.
Lo miré.
No estaba enojada. Estaba sorprendida, sí, y había algo que dolía en esa sorpresa.
Pero también había algo más, algo que no esperaba sentir: una especie de alivio extraño.
Porque esa manera de ser de Manuel, esa honestidad incómoda, ese no puedo aunque quiera, era tan diferente a todo lo que David había sido que me desarmó más que el beso mismo.
—Para vos soy solo una víctima entonces. Una carnada para llegar a él.
—No. —Fue directo y sin dudar—. Nunca te usaría de carnada. Me gustás, y mucho. Pero no es el momento.
Lo miré un segundo más. Después asentí.
—Está bien. Abrí la puerta que deben estar todos.
* * *
La cena fue de esas que se sienten necesarias. El ruido del grupo, la pizza, las conversaciones que se cruzan. Cosas normales que hacía semanas no tenía.
Cuando terminamos el silencio cayó solo.
—Tengo que contarles algo. —Miré a todos—.
Llevo semanas sin ir a trabajar. Sin salir.
Sin contestar bien los mensajes. —Las palabras empezaron a salir solas—.
Tuve ataques de pánico. No sabía qué eran, solo sentía que no podía respirar, que todo se encogía, que había un sonido en los oídos que no se iba.
Terminé en el piso de mi habitación más de una vez.
Silencio.
—¿Por qué no nos dijiste? —Lucas se acercó.
—Tenía vergüenza. Creía que estaba exagerando. No quería preocuparlos.
Jessica no dijo nada. Se levantó y me abrazó sin palabras, con esa firmeza suya que siempre significaba acá estoy y no me voy .
Después los demás se acercaron de alguna manera. Una mano, una palabra, esa presencia que no arregla nada pero que sostiene.
Cuando finalmente se fueron, el silencio volvió. Pero esta vez era diferente. Más liviano.
—Yo me quedo —dijo Jessica, agarrando su cartera con una decisión que no admitía discusión.
—Jessi, no es necesario.
—No está a discusión.
La miré. Después me rendí.
—Nunca vas a dejar de ser testaruda, ¿no?
—Es mucho pedirle —dijo Marcos abrazándola antes de irse .
Cuando todos se fueron menos Jessica, Manuel revisó una última vez la zona afuera mientras nosotras limpiábamos.
* * *
Pasó una semana y todo parecía calmo.
Un mes, no había noticias de David, ni un rastro.
Manuel se iba por las noches a descansar, pero de madrugada estaba ahí en casa, acompañándome a Jessica y a mí.
No era una relación con nombre todavía. Pero había algo que se estaba construyendo en esos momentos pequeños, el mate compartido a las siete de la mañana antes de que él se fuera, una canción que los dos conocían y que ninguno de los dos comentaba pero que los dos tarareaban, la manera en que él me miraba cuando creía que no lo estaba mirando.
No lo nombrábamos. Pero estaba ahí.
Y por ahora eso era suficiente.
Una noche, cuando todos estábamos en casa, sentí que algo andaba mal.
—Quizás se fue y no piensa volver. Se habrá cansado de perseguirte sabiendo que no estás sóla.
—No creo, Román. David no es así. Algo trama.
—No deberías pensar así. Sé positiva también. Al menos podemos seguir un poco con nuestras vidas y seguir juntándonos aunque sea acá en tu casa. — Dijo Ludmi.
—Sé que es un poco tedioso siempre venir acá.
—No te preocupes, tampoco es que salgamos mucho.
Todos nos echamos a reír.
Me gustaba compartir esos momentos con mis amigos, pero algo en mi decía que debía disfrutar aquel día aún más.
No sabía por qué.
Lo sabría dos horas después.
Marcos: Hubo un accidente de auto. Vengan al hospital.
Jessica: ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Estan bien?
Marcos: Fue un auto que se dió a la fuga, pasó en rojo y chocó al auto donde iban Ludmi, Cande y Lucas.
—Manu, hay que ir al hospital.
Salimos de inmediato. Marcos no había querido decirnos más. “Tienen que venir” dijo solamente.
Al llegar al hospital nos encontramos a Marcos, Adrían y Román afuera.
—¿Qué pasó? ¿Dónde están los chicos?
Sus miradas estaban tristes. Habían llorado.
Los miré uno por uno. Marcos con los ojos rojos mirando el piso. Adrián con las manos en los bolsillos sin saber dónde ponerlas. Román con la espalda contra la pared como si necesitara algo que lo sostuviera.
Ninguno habló enseguida.
Y en ese silencio, antes de que alguien dijera una sola palabra, algo en mí ya lo supo. Ese saber que no viene de la cabeza sino de un lugar más profundo y más cruel, ese saber que el cuerpo procesa antes de que uno esté listo para procesarlo.
Quise que alguien hablara. Y al mismo tiempo quise que nadie lo hiciera nunca .
—Marcos. ¿Qué paso? — Sabía la respuesta, o eso creía.
—Cande está en quirófano, están intentando salvarla…— Román rompió en llanto, él y Cande estaban intentando tener algo más que una amistad.
Jessi lo abrazó.
—¿Ludmila y Lucas? ¿Ellos cómo están? — Me animé a preguntar.
—Ellos… —Adrián no pudo continuar.
El silencio dijo todo. pero necesitaba escucharlo en voz alta.
—Ellos fallecieron en el acto —dijo Marcos, sin rodeos.
Todos los recuerdos con Ludmila pasaron por mi mente; sentí como se rompió algo dentro. No podía estar pasando esto justo ahora.
Jessica se acercó y me abrazó; ambas compartimos el mismo dolor.
—No puede ser… No Ludmi. — Eché a llorar sin poder parar. —Y Lucas… no…
Desde ese día, el miedo dejó de ser lo peor. Ahora también tenía culpa por seguir viva.
—¿Estás bien? —Manuel me tendió el mate y yo estaba ida.
—Sí… creo… —Tomé un sorbo. —No; en realidad no.
—¿Qué pensás? —Me preocupa esta tranquilidad.
—Creo que entiendo. —Pasaron dos meses del accidente, tres desde que no sabemos nada de David.
Odio pensar “al menos David no apareció”.
—Entiendo. Pero es mejor no quedarnos ahí.
Además, es probable que él no esté cerca.
Los muchachos dijeron que algunos testigos lo vieron en Córdoba otra vez.
—Sí, lo sé. Pero me sorprende que después de su amenaza simplemente se haya ido.
Algo no me cierra. —Ya lo sabremos. Mientras tanto, dame el mate que no es micrófono. —Ja… perdón.
Era lindo compartir aquellos momentos; al menos así podíamos conocernos ya no sólo como amigos, sino con la intención de ser algo más.
—¿Qué me decís si mañana vamos al cine? Quiero salir.
—¿Estás segura?
—Si. Jessi querrá salir con Marcos también.
Jessi llegó justo. Ella había ido al hospital para saber el parte médico de Cande.
—¿Cómo está Cande? ¿Alguna mejoría?
Jessica negó con la cabeza.
Cande seguía en coma.
—Están pensando en desconectarla. —¿Qué? No… no pueden. —Su familia cree que así lo hubiera querido. Los médicos dicen que ya no hay más que esperar.
Al día siguiente recibimos el peor de los mensajes.
Cuando nos avisaron que Cande había fallecido estábamos en casa. Jessica llamó a Marcos con la voz quebrada, le dijo que íbamos. Colgó y nos miramos un segundo sin decir nada.
No había nada que decir.
Tomamos un taxi.
Avanzamos apenas unas cuadras. De pronto, el auto frenó de golpe.
—¿Qué pasa? —preguntó Jessica.
El taxista no respondió. Bajó del auto.
Un hombre se acercó y subió en su lugar. Lo supe en ese instante, por el modo y por aquel aroma de perfume mezclado con tabaco.
Miré a Jessica. Ella también lo entendía.
—Tranquilas —dijo una voz conocida desde el asiento delantero.
Mi cuerpo se heló. David giró apenas la cabeza y sonrió.
—Te dije que todo tenía su tiempo.