Detrás de ti Capítulo 12
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Capítulo 12

Desde lo de las cámaras, mi casa dejó de ser mi casa.

No de golpe. Fue gradual, como todas las cosas que te van cambiando sin pedirte permiso.

Primero dejé de abrir las ventanas. Después dejé de encender las luces del pasillo de noche porque la oscuridad me parecía más segura que la luz que podía verse desde afuera. Después dejé de sentarme en el sillón que daba a la ventana de la calle.

Achiqué el mundo hasta que cupiera en los rincones donde me sentía menos expuesta.

El trabajo fue lo primero que cedió. Un día me levanté para ir y no pude.

No fue una decisión, fue que mi cuerpo simplemente no cooperó.

Le mandé un mensaje a la directora diciendo que estaba enferma.

Al día siguiente hice lo mismo. A la semana siguiente ya tenía una historia más elaborada sobre una angina que no existía.

Jessica me escribía todos los días. Respondía con frases cortas, neutras. Todo bien. Después hablamos. Estoy ocupada. Mentía con una facilidad que me asustaba. El miedo también enseña eso.

Una tarde quise salir a comprar. Me puse el abrigo, agarré las llaves, llegué hasta la puerta.

Y no pude abrirla.

Me quedé parada frente a esa puerta un minuto largo, con las llaves en la mano, sintiendo que el aire del otro lado era demasiado para manejarlo. Que la vereda, la cuadra, el mundo fuera de esas paredes eran demasiado.

Volví al sillón.

Más tarde quise pedir delivery. Abrí la aplicación, elegí, llegué hasta el botón de confirmar.

Un desconocido tocando mi puerta. Un número que no conocía. Alguien del otro lado al que tendría que abrir.

Cerré la aplicación.

Comí lo que había en la alacena.

La música, que siempre había sido mi refugio, se volvió difícil. Ponía algo y a los cinco minutos lo cambiaba. Ponía otra cosa y tampoco. Como si ninguna canción pudiera encontrar el lugar correcto dentro de mí.

Hasta que una tarde, sin buscarlo, apareció Control de Zoe Wees.

La escuché un momento sin prestarle atención. Después empecé a prestarle atención. Después no pude dejar de hacerlo.

I've lost control again.

Algo en esa frase me atravesó de una manera que no esperaba.

Porque era eso. Exactamente eso. Había perdido el control de mí misma sin darme cuenta de cuándo había empezado a perderlo.

Lo había puesto en manos de David, en sus humores, en sus miedos, en su manera de ver el mundo, y ahora que él no estaba seguía sin tenerlo porque el miedo que él había dejado lo ocupaba todo.

La presión en el pecho llegó sin aviso.

Primero leve, como algo que se aprieta desde adentro. Después más fuerte. El aire que entraba no alcanzaba, como si los pulmones se hubieran olvidado de cuánto espacio tenían. Un sonido agudo apareció en mis oídos, constante, sin origen claro.

Las paredes del cuarto se encogieron .

No de verdad. Pero así lo sentí.

Me senté en el piso sin haberlo decidido. Después me acurruqué sobre mí misma, las rodillas contra el pecho, la cabeza abajo, intentando encontrar algún punto fijo en el que anclarme mientras todo lo demás se achicaba.

No sabía qué me estaba pasando. Solo sabía que no podía parar y que no podía respirar bien y que el sonido en los oídos no se iba y que la canción seguía sonando desde algún lugar lejano.

I've lost control again.

Me quedé en el piso hasta que pasó.

No sé cuánto tiempo fue. Cuando me incorporé la canción había terminado y el cuarto tenía el mismo tamaño de siempre y el aire volvía a entrar como debía.

Me quedé sentada un momento más, apoyada contra la cama, mirando la nada.

Eso pasaba. Y no le había dicho a nadie.

* * *

Los días siguieron. Iguales y distintos al mismo tiempo.

David seguía ahí afuera. Algunas noches cuando miraba por la ventana lo veía frente a la casa. No siempre. Pero suficiente.

Sé que sos vos , pensaba sin abrir la ventana. Déjame en paz.

Una tarde estaba parada frente al espejo grande de la habitación.

Me miré.

Había algo diferente que tardé un momento en ubicar. La ropa me quedaba diferente. La clavícula más marcada. La cara más angosta.

Cuándo había pasado eso. Cuándo había dejado de notar que mi cuerpo estaba cambiando mientras yo estaba ocupada sobreviviendo el día.

Sonó el celular.

Número desconocido. Un mensaje.

Te ves muy hermosa con ese pijama.

Me quedé inmóvil.

Estaba mirándome en el espejo. Me estaba mirando en el espejo. En tiempo real, ahora mismo, mientras yo estaba parada acá con la ropa que me quedaba más grande y la cara que no era del todo mía.

Me estaba mirando.

—¡Déjame en paz! —El grito salió solo, cargado de todo lo que había estado guardando, la rabia y el miedo y el agotamiento mezclados en algo que no sabía cómo contener.

Otro mensaje.

Llorando sos todavía más hermosa. Dan ganas de abrazarte.

No me había dado cuenta de que estaba llorando hasta que lo leí.

* * *

Esa noche llegó la playlist de mis amigos.

Sin texto. Solo un link y una descripción: Para cuando no tengas ganas de hablar.

La abrí con las manos todavía temblorosas.

Life Goes On de BTS primero. Esa canción suave que no empuja, solo acompaña. Después Axel. Después más BTS. La última, Respira de Luis Fonsi, con esa voz que prometía que el dolor no era eterno.

No lloré enseguida. Me quedé quieta, escuchando, dejando que cada canción dijera lo que yo no podía decir en voz alta.

No estás sola. Te vemos. Estamos acá .

Por primera vez en semanas, me permití respirar un poco más profundo.

David seguía ahí afuera. Su presencia seguía rondando.

Pero esa noche, al menos por un rato, el miedo no fue lo único que me acompañó.

* * *

Al otro día me levanté temprano.

Puse música desde el principio. No la playlist tranquila de la noche anterior sino algo diferente, algo con más movimiento, Tusa de los altoparlantes, después cuarteto que me había contagiado Cande hace años y que nunca había terminado de admitir que me gustaba, después el BTS más movido que tenía guardado.

Limpié la casa cantando bajito, a veces no tan bajito.

Esta vez no limpié por miedo. Limpié porque era mi casa y quería que se sintiera así.

Cambié las cosas de lugar. Reorganicé los libros por autor como siempre había querido tenerlos. Abrí las ventanas aunque solo fuera un rato, solo para que entrara el aire y la luz y recordarme que el mundo de afuera no era completamente hostil.

Cuando terminé me tiré en la cama y miré el techo.

—Vas a estar bien, Oriana —me dije en voz alta.

Era la primera vez en semanas que me hablaba a mí misma sin que fuera para reprocharme algo.

Sonó el timbre.

Me quedé quieta un momento. La música seguía sonando desde el living.

Otro timbre.

Me levanté despacio. En el camino hacia la puerta algo cambió en el aire, algo que no supe nombrar pero que mi cuerpo registró antes que mi cabeza. Una tensión nueva. Un reconocimiento que llegó antes de que hubiera información para justificarlo.

Puse la mano en el picaporte.

Respiré. Abrí.

Ahí estaba.

Camisa negra, ajustada al cuerpo. Jeans oscuros. El pelo apenas revuelto. Sus ojos marrones seguían siendo tan atrapantes como siempre. La barba empezaba a marcarle el rostro.

Nadie diría que estaba frente a un asesino, alguien capaz de romper una vida desde adentro. Yo sí lo sabía.

—¿Qué haces acá David?  — Me mostré segura aunque por dentro era un torbellino de miedo. Pero no me podía permitir que se viera el terror.

—Tranquila, sólo quería estar cerca de alguien que me entienda.

—¿Qué debo entenderte?

—Papá falleció anoche. Estoy yendo a su funeral. Vos me entendes Oriana, ambos vivimos esto con nuestras madres. — Su voz sonaba con una angustia sincera.

—Lo lamento.

—¿Podrías acompañarme? No quiero ir sólo.

—Te voy a pedir que te vayas. No iré a ningún lado con vos.

Quise cerrar la puerta, pero David la detuvo.

—Vamos Ori… sabes que quieres estar conmigo.  — Volvió a sonar el controlador. El terror se hacía más fuerte.

—No. Por favor, andate.  — Sostuve entre mis manos el botón antipánico, aún insegura de si apretarlo o no .

—Te vas a arrepentir de rechazarme así Oriana.

Me miró y sus ojos ya no me atrapaban, me aterraba.

No apreté el botón. Solo escribí un mensaje.

Yo: Manu, él vino a verme. No creo que se haya ido aún. Ayúdame. Manuel: Estoy cerca. Tranquila.

Apenas dos minutos después, alguien tocó el timbre.

Me sobresalté. No sabía si abrir la puerta. El miedo se apoderó de mí. Sostuve el picaporte con la mano temblando.

—Ori, soy yo.

La calma volvió de golpe. Abrí la puerta y me abalancé a los brazos de Manuel.

—Qué bueno que estás acá… —dije con la voz quebrada—. Tuve mucho miedo. Me tiembla todo.

—Tranquila.

Me abrazó más fuerte, conteniendome.

—Ya estoy acá. No te va a hacer nada. Estoy con vos.

Sollocé entre sus brazos. Era increíble lo segura que me sentía con Manuel. No porque fuera policía. Me sentía así porque él sabía cómo sostenerme.

—¿Cómo llegaste tan rápido? —pregunté por fin.

—Justo estaba viniendo para acá. Como dijiste que querías ir al parque, pensé en pasar a buscarte. Por seguridad.

“Qué alivio” pensé.

—Ahora voy a cumplir con mi deber. Esperame acá, cerrá todo por unos minutos. Voy a revisar la zona por si sigue cerca.

Se veía distinto cuando hablaba así. Más firme. Más seguro. Y, de alguna manera, más hermoso.

—De paso voy a pedir que empiecen a patrullar el barrio. No se nos puede escapar.

—Esperá —dije—. Él dijo que su papá falleció anoche y que iba al funeral. No sé qué tan cierto sea… pero quizás esa información sirva para buscarlo.

Manuel me miró con seriedad.

—No. Su padre estuvo esta mañana en la comisaría. Lo llamamos para declarar. No tenía idea de que su hijo estaba en la ciudad, y mucho menos de todo lo demás.

Sentí cómo algo se me aflojaba por dentro de una manera que no era alivio sino otra cosa. Algo más parecido a la náusea.

Había usado a su padre. Había inventado su muerte sabiendo exactamente lo que eso significaba para mí, que había perdido a mamá, que ese dolor era el más concreto y permanente que conocía.

Lo había usado como palanca para moverme, para hacerme sentir lástima, para lograr que bajara la guardia en el único momento en que había logrado mantenerla en alto.

No era solo una mentira. Era la mentira más calculada que había dicho hasta ahora.

Y eso me dijo más sobre quién era David que cualquier otra cosa.

—¿Cómo puede alguien mentir con algo así?

—Tranquila. Personas como él siempre buscan desequilibrar a sus víctimas. Manipulan, generan culpa, lástima… lo que sea necesario para controlarlas. —Hizo una pausa—. Me alegro de que no hayas ido con él.

—¿Era una trampa?

—Seguro.

Apoyó suavemente su mano en mi hombro y salió.